Mi gobierno es peor que el tuyo

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Ahora que la histeria con respecto a mi columna original acerca de Brasil se ha apagado, permíteme añadir algunos comentarios y reflexiones sobre esto y lo que dio lugar a las reacciones.

Repasando. Había escrito alabando las múltiples características gloriosas de Brasil y, especialmente, la manera en que la civilización ha logrado prosperar gracias a ciertas libertades que no tenemos en los Estados Unidos: la libertad de pasar a los hijos propiedades enteras y la aparente ausencia de un aparato de seguridad policial y del complejo industrial-militar que nos reprime cada día en esta tierra (antaño) de la libertad.

Muchos brasileños estaban horrorizados por lo que, les parecía, mi comparación favorable de Brasil con respecto a EE.UU. ¿Acaso no sé qué su país está dirigido por una malvada dictadura socialista que estrangula la vida de las empresas cada día? ¿No tengo ni idea de las burocracias embrutecedoras que hacen así imposible abrir y dirigir un negocio?

Una cosa que todos los que escribieron cartas repitieron una y otra vez: si piensas que tú lo tienes mal, deberías experimentar nuestras asquerosas vidas y entonces conocerás el significado de despotismo.

También detecte en todas aquellas cartas una especie de idealización de los Estados Unidos que a menudo encontramos en el extranjero. Sin importar todo lo que nuestro Gobierno trata de hundir nuestra reputación como el país donde prospera la libertad, a mucha gente de todo el mundo aún le gusta imaginar que tenemos derechos constitucionales plenos y una empresa sin restricciones de la que ellos no gozan.

Como estadounidenses, deberíamos resistirnos a esta adulación. Es un ejercicio interesante viajar al extranjero y descubrir, contemplar, que, de alguna manera, la gente que vive bajo el socialismo democrático experimenta elementos de libertad de nuestro sistema estadounidense actual (¿Fascismo democrático?) nos niega. Para mí, esta es la razón de más peso para viajar. Conseguir perspectiva.

Pero todo esto plantea una pregunta interesante. ¿Por qué tendemos a ser más críticos con nuestros propios Gobiernos que con los de otros países?

En cierto modo, estoy de acuerdo con Noam Chomsky (soy un fan ocasional pero no un devoto), al que se le pregunto una vez por que critica tanto al Gobierno de los Estados Unidos pero no tiene mucho que decir sobre el mal de los otros Gobiernos del mundo.

Parafraseo su respuesta. Primero, sabe más de su Gobierno que de otros, así que se encuentra en mejor posición para informar de manera precisa, su criticismo hacia el Gobierno estadounidense puede tener alguna influencia, mientras que no la tendría en las políticas de Afganistán o Corea del Norte. Tercero, ya que es un ciudadano estadounidense, tiene una obligación especial e incluso moral de objetar cuando el Gobierno que le roba usa ese dinero para asesinar y oprimir a la gente del extranjero.

Podría haber tenido otras razones también, pero esas parecen razonables. Podría añadir que todos nosotros tenemos una tendencia a creer que el Gobierno que mejor conocemos es, con probabilidad, el peor. Por ejemplo, mucha gente puede contar duras historias sobre la corrupción, favoritismos y brutalidad de nuestros Gobiernos locales. Conocemos a sus víctimas de primera mano. Lo hemos visto de cerca y estamos horrorizados.

Nuestras cabezas deberían decirnos que, si es así de malo a nivel local, es seguramente peor a nivel automático e inimaginablemente malo a nivel estatal. Sin embargo, la mayoría de nosotros no tenemos experiencia directa con lo estatal, así que sus estragos nos resultan más abstractas.

No ayuda que los números puros con que juegan los Estados estén más allá de la compresión humana. El funcionario local que roba cien mil euros es un criminal, pero ¿Cómo se llama cuando una agencia de Estados unidos pierde dos mil millones de euros en préstamos? Cuanto más grande es el número, más abstracto es con respecto a a nuestra experiencia

Doy por hecho que todos los Gobiernos de todas partes son parásitos, abusan del poder, roban, son bastiones corruptos de hipocresía, de causar estragos y duplicidad. No es un accidente de la historia sino, más bien un resultado de una realidad estructural fundamental: el Gobierno opera según normas diferentes al resto de nosotros.

Si robamos, hacemos mal y todo el mundo lo sabe, pero el Gobierno hace la misma cosa y afirma que está manteniendo el orden social, y nos acusa de no ser patriotas si discrepamos. Y solo es el principio. El Gobierno nos castiga por hacer cosas –fraude, robo, asesinato, secuestro, falsificación- que el hace legalmente todos los días.

Esta no es una característica del mal Gobierno. El derecho legal a violar las leyes que ejerce contra la población es la característica definitoria del Gobierno. Cuánto mas centralizado este el Estado, menos control tenemos sobre él y más escandalosas son las inmoralidades, la eficiencia, la corrupción y las mentiras.

Iría más allá que Thomas Jefferson, que dijo que el Gobierno que mejor gobierna es el que menos gobierna. De hecho, el Gobierno que gobierna no es, en absoluto, el mejor.

Volviendo a Brasil, la diferencia entre el Gobierno de allí y el de aquí no es una cuestión de tipo sino de grado. Así es también para todos los Gobiernos en cualquier tiempo y lugar, que es por lo que podemos leer sobre el ascenso y la caída del imperio Romano y encontrar muchos paralelismos con nuestro propio tiempo. Medir el nivel de maldad puede ser extremadamente delicado. Chomsky tiene razón aquí: si deseamos censurar la maldad en la política, nuestra obligación primaria es centrarnos en el Estado que mejor conocemos, que es el nuestro propio. En este sentido, mis críticas son acertadas, desde su punto de vista y tengo razón desde el mío.

Al mismo tiempo, la tarea de la libertad es más que odiar y censurar el Estado. La otra cara de la moneda es desarrollar un amor genuino a la libertad, lo que implica un amor a su característica más espectacular y que más sirve a la gente: el comercio.

El comercio mantiene el mundo ordenado y racional y libre. Nos da un guía y ratifica nuestros esfuerzos. Ilumina la imaginación y define sus límites. Alimenta el mundo, sostiene y constituye la civilización y desata lo mejor del espíritu humano. Nos mantiene conectados materialmente y enlazados con nuestros hermanos y hermanas al otro lado del globo. Hace posibles, en nuestro propio tiempo, bellos mundos que nunca podríamos soñar por nosotros mismos.

Donde quiera que hay libertad, hay comercio. Y este comercio rompe las barreras que el Estado erige entre la gente. EL comercio ignora las fronteras, une a la gente a la que el Estado gustaría ver separada. Siempre tiende hacia el servicio de las necesidades humanas más que a prioridades cívicas.  Sin algo de libertad, sin importar lo restringida pueda ser, y el comercio que sostiene, la sociedad moriría en cuestión de semanas. El Estado solo no sostiene nada.  Es por eso que, cuando viajo, estoy muy inclinado a encontrar y dirigir la mirada a esos sectores en que la libertad vive y observar la contribución masiva que hacen al orden social.

Doy por hecho que el Estado es demasiado grande, invasivo y horrible. No solo en Brasil, no solo en los Estados Unidos, sino en cualquier sitio. Lo que es excitante es ver a la gente encontrando sus apaños y viviendo sus vidas por ellos mismos, y ello significa, por lo general, alguna actividad comercial que prospera a pesar de cualquier esfuerzo para matarla.

Esto es lo que vi de muchas maneras preciosas en Brasil. Ver funcionar la libertad es ver un modelo de construir el futuro. Por eso es tan inspirador visitar mercados reales, ver lo que la gente puede hacer con una riqueza invertible, observar todas las maneras en que la gente consiga crearse buenas vidas para ellos mismos a pesar de todo obstáculo.

Este es el espíritu de la libertad. EL gran mérito del trabajo de Mises Brasil es que anima al cambio intelectual a través de la sociedad, creando desde la libertad que ahora mismo si existe hacia una sociedad auténticamente libre. Este es el camino del cambio. Necesita que veamos más de lo que es malo para también ver lo bueno, y construir a partir de ello.

El próximo libro de Wendy McElroy publicado por Laissez Faire Books se llama The Art of Being Free (El arte de ser libre). Plantea una pregunta muy profunda para libertarios serios. Si el Estado desapareciera, ¿Qué te quedaría para dar sentido a la vida? Encuentra eso y habrás encontrado tu estrella polar, la fuerza de inspiración y guía para construir un futuro libre y vibrante.

Odia el Estado, sí, pero ama la libertad incluso más. Censura el matorral, sí, pero entonces encuentra la semilla, plántala, y ve crecer el jardín.


Tomado de Una Bella Anarquía (2014) de Jeffrey Tucker. Transcripción por Camilo Rueda.

Autor Invitado en Inst. Mises Colombia | Web | + posts

es un economista, periodista, editor y escritor anarcocapitalista estadounidense asociado a la Escuela Austríaca. En la actualidad, es Director de Libery.me, Editor-Jefe de Laissez Faire Books e investigador distinguido de la Foundation for Economic Education. Ha sido vicepresidente editorial del Instituto Ludwig von Mises, un centro de investigaciones austrolibertario. Tucker también es académico adjunto del Mackinac Center for Public Policy, y miembro del profesorado de la Acton University...

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