Gobernador Cuomo admite que los modelos del Covid estaban equivocados

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El gobernador de Nueva York alega estar alejado del “negocio de adivinar.” Pero, ¿lo está en la realidad?

El gobernador del estado de Nueva York, Andrew Cuomo, admitió el lunes pasado que los modelos de proyección del COVID-19 producidos por “expertos nacionales” “todos estaban equivocados,” al decir que “todos fallamos en esos asuntos” y proclamar que él estaba “alejado del negocio de adivinar.”

Eso lo dijo en respuesta a una pregunta de un reportero acerca de cuándo Nueva York se “reabriría.”

“Ahora, la gente puede especular. La gente puede adivinar. Pienso que la siguiente semana, pienso que en dos semanas, pienso que en un mes,” respondió Cuomo. “Estoy fuera de ese negocio pues todos fallamos en esos asuntos. ¿Correcto? Todos los primeros expertos nacionales. He aquí la proyección de mi modelo. He aquí la proyección de mi modelo. Todos ellos estaban equivocados. Todos ellos estaban equivocados.”

Agregó Cuomo: “Hay muchas variables. Yo entiendo eso. No sabíamos a que equivaldría el distanciamiento social. Lo entiendo, pero todos estuvimos equivocados. Así que estoy alejado del negocio de adivinar, ¿correcto?”

Tal expresión de “humildad epistémica” entre políticos es extraña y bienvenida. Pero, no le permite salir airoso.

A pesar de su alegato en contrario, todavía Cuomo está metido profundamente en el “negocio de adivinar.” En su respuesta, dijo que Nueva York se abriría pedacito a pedacito, de acuerdo con el momento en que las mediciones de una región dada del COVID-19 -como su declinación en hospitalizaciones y muertes- llegaran a cierto umbral. Y enfatizó que el criterio era el mismo para cada una de las regiones.

“Sólo hay un conjunto de números,” dijo él. “Aquí esto no es [un asunto de] ‘escoja sus números.’ Tenemos criterios para todo el estado. Son los mismos a lo largo del estado.”

Así que Cuomo tan sólo no quiere adivinar cuándo todo Nueva York satisfará el criterio oficial. Sin embargo, al obligar los cierres hasta ese entonces, aun así, está adivinando. Él está adivinando que esos criterios sean los correctos para el estado. Y, más básico, en primer lugar, está adivinando que los cierres son buena política.

Todavía más, al hacer esas adivinanzas, continúa descansando en las recomendaciones de “expertos nacionales” basados en “modelos de proyección,” que él mismo admite estaban equivocados.

Lejos de haber humildad, este es el máximo de arrogancia. Representa lo que el economista ganador del premio Nobel, F.A. Hayek, llamó “la pretensión del conocimiento y “la arrogancia fatal” de la planificación central.

Es salvajemente pretencioso de alguien, suponer que conoce cómo una población de más de 19 millones debería encarar una nueva pandemia y, en especial, asumir que exactamente el mismo criterio para la reapertura, debería aplicarse a condiciones tan diferentes como el centro de la ciudad de Nueva York, los suburbios del norte y las áreas rurales.

Desafortunadamente, Cuomo puede permitirse dicha arrogancia pues no es él quien paga el precio cuando adivina mal. Son los neoyorquinos los que sufren por sus errores: como los 1.7 millones de personas que perdieron sus empleos debido a los cierres, y los miles de ancianos neoyorquinos que murieron cuando él obligó a los asilos de ancianos a admitir gente que transportaba el COVID-19.

Cuando un reportero se atrevió a preguntarle acerca de la política, Cuomo manifestó indignación ante la idea en sí de cuestionarlo. En efecto, “arrogancia fatal.” A la larga, se hizo tan grande la controversia como para poder ignorarla y la revirtió.

A pesar de esas controversias y al hecho de que Nueva York tiene al momento el peor registro histórico del COVID-19 en el país, el perfil público de Cuomo se ha disparado, pues sus conferencias de prensa se han convertido en actividades importantes.

Como lo escribió el economista Thomas Sowell, “Sería difícil pensar acerca de una forma más ridícula de tomar decisiones, que transferir esas decisiones a terceras partes que no pagan un precio por estar equivocadas.”

Incluso es peor transferir decisiones a terceras partes que son recompensadas por estar equivocadas. Pero, así son los incentivos perversos de la política. Bajo una filosofía pública de reverencia del estado, las crisis aterradoras envían a las personas en tropel a los brazos de los políticos, hasta los de políticos responsables de empeorar la crisis.

A pesar de sus aparentemente humildes afirmaciones, Cuomo continúa actuando como un planificador central, paralizando una economía que es más grande que la mayoría de los países, y emitiendo dictados aplastantes sobre millones, acerca de cómo ellos deben encarar un problema complejo social y de salud pública. Como a todos los planificadores centrales, su arrogancia ascendente de poder le ciega a una verdad esencial acerca de la sociedad; que la planificación central es siempre un “asunto de adivinar”: una aventura arrogante de adivinaciones salvajes e incultas.

Eso pasa porque necesariamente los planificadores centrales están hambrientos de “conocimiento local,” o, como Hayek lo planteó, del “conocimiento de la gente, de las condiciones locales, y de las circunstancias especiales” que es indispensable para resolver problemas sociales.

“Hay muchas variables,” admitió Cuomo. “Yo entiendo eso.”

Pero, ¿lo entiende en realidad? Si entendió qué tan infinitamente complejos son los problemas sociales, no actuaría como si ellos pudieran ser resueltos desde arriba hacia abajo, por políticos, burocracias y una clase de expertos conectados con el gobierno. Él admitiría que, todo lo que los planificadores centrales pueden hacer, es tropezar en la oscuridad, quebrando cosas y personas.

Y, si entendiera de economía, se daría cuenta que la complejidad de los problems sociales es tal, que ellos sólo pueden ser administrados de abajo hacia arriba por actores locales, con conocimiento local, y que tienen su parte en el juego cuando interactúan entre sí en una sociedad libre y un mercado libre.

El futuro es inherentemente incierto, así que, siempre, en cierto grado, la acción humana será un proceso de adivinar. Pero, sólo una sociedad de individuos libres y responsables de sus acciones tiene la capacidad de hacer adivinaciones verdaderamente educadas.


Traducción por Jorge Corrales.

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