¿Cómo funciona el capitalismo y por qué es el único sistema viable?

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El estudio de las diversas organizaciones sociales imaginables bajo un régimen de división del trabajo termina siempre con la misma conclusión: hay que optar entre la propiedad colectiva o la propiedad privada de los medios de producción. Los idearios intervencionistas, como decíamos, son ineficaces, resultando íntimamente contradictorios. Pero si agregamos que el socialismo es impracticable, forzoso resulta concluir que el capitalismo constituye la única organización posible para una sociedad estructurada bajo el signo de la división del trabajo. Ni al historiador ni al estudioso de la filosofía de la historia pueden sorprender los anteriores asertos.

El que el capitalismo haya conseguido sobrevivir pese a la enemistad de las masas y los gobernantes; el que no haya podido ser sustituido por ninguno de los múltiples sistemas elaborados tanto por ideólogos como por los considerados hombres «prácticos», sólo puede ser atribuido a que ningún otro orden social es viable. No vale la pena insistir en las razones por las cuales resulta imposible retornar a la organización social y económica del Medioevo.

Baste recordar que Occidente, al amparo de un sistema económico de tipo medieval, no podría alimentar más que a una mínima fracción de su actual población y aun tan reducido número de supervivientes disfrutaría de un nivel de vida muy inferior al que la producción capitalista proporciona a nuestros contemporáneos. La vuelta a la Edad Media es, desde luego, impensable, salvo que estuviéramos dispuestos a reducir la población a una décima o vigésima parte de la actual y, lo que es más, a obligar a nuestros semejantes a contentarse con un nivel de consumo tan bajo que nadie hoy toleraría.

¿Cómo funciona el capitalismo?

Cuantos nos presentan el retorno al Medioevo, a una «nueva» Edad Media, según suelen decir, como el único sistema social por el que merece la pena esforzarse, invariablemente echan en cara al capitalismo su materialismo . No advierten, sin embargo, hasta qué punto son también materialistas los idearios que ellos defienden. Pues puro materialismo es el suponer, como muchos de tales escritores creen, que el restablecimiento de la organización política y económica medieval permitiría a las gentes seguir disfrutando de todos los adelantos creados por el capitalismo, manteniéndose aquella alta productividad del esfuerzo humano conseguida al amparo del mismo.

La gran productividad del capitalismo es fruto de específica mentalidad y de la consecuente actuación de los empresarios enfrentados con la realidad del hombre y sus necesidades. Disfrutemos de la moderna tecnología; pero, entendámoslo bien, es la mentalidad capitalista el origen y la causa de tal progreso tecnológico. Pocos asertos son más absurdos que aquel principio básico de la interpretación histórica materialista de Marx, según el cual «el molino a brazo hizo el feudalismo; el molino a vapor, la sociedad capitalista». Porque sólo una sociedad capitalista podía crear los condicionamientos precisos para que el molino a vapor fuera desarrollado y construido.

El capitalismo es el padre de la tecnología; jamás a la inversa. Resulta, de ahí, absurdo suponer que el sistema subsistiría si se destruyera la clase intelectual en que se fundamenta. No es posible desarrollar racionalmente la actividad económica si la mentalidad prevalente revierte a lo tradicional, a la fe en la sapiencia del jefe. El empresario, el agente catalizador, como si dijéramos, de la economía capitalista y, consecuentemente, de la moderna tecnología no casa, desde luego, con filosofía alguna que propugne una vida meramente contemplativa.

Comprobado que sólo el sistema económico basado en la propiedad privada de los medios de producción resulta viable, por fuerza habremos de concluir que es ineludible defender la institución dominical, combatiendo vigorosamente todo intento de menoscabarla. Por eso el liberalismo patrocina siempre la propiedad, amparándola contra cualquier ataque, venga de donde viniere. Tienen, por tanto, razón quienes tildan a los liberales de apologistas de la propiedad, siendo destacable que el citado vocablo en griego significa «defensor». No necesitaban recurrir tales críticos a tanto circunloquio para llegar a tan evidente conclusión; el vocablo vernáculo, en ese sentido, basta; pero el hablar de «apología» y «apologista» tiene para ellos utilidad, pues dichos términos connótanlos las gentes con la idea de que lo defendido tiene algo de injusto.

Fragmento del libro Liberalismo de Ludwig von Mises.

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