Por qué fracasa el sistema económico socialista

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Piensan, en efecto, las gentes que, si el socialismo actualmente no funciona, ello se debe a que las necesarias virtudes cívicas todavía no adornan a nuestros contemporáneos. Los hombres —proclámase— tal como hoy son, evidentemente, no han de poner en el desempeño de las tareas que el estado socialista les asigne aquel mismo celo con que su diario trabajo realizan bajo el signo de la propiedad privada de los medios de producción, pues, en régimen capitalista, saben que suyo es el fruto de su personal labor y que sus ingresos aumentan cuanto uno más produce, reduciéndose en caso contrario.

Todo el mundo ha de advertir, por el contrario, en un sistema socialista, que no depende ya casi de la excelencia del propio trabajo el que personalmente se gane más o menos; cada miembro de la sociedad, en efecto, teóricamente tiene asignada determinada cuota de la renta nacional, variando esta última imperceptiblemente por el simple hecho de que específico individuo holgazanee o, por el contrario, enérgicamente labore. La productividad socialista —piensa la gente— por fuerza ha de ser inferior a la de la comunidad capitalista.

Por qué siempre fracasa el sistema económico socialista

Cierto es, en verdad, lo anterior. Pero no se llega, por tal vía, al fondo de la cuestión. Si fuera posible en la sociedad socialista cifrar la productividad de la labor de cada camarada con la misma precisión con que cabe conocer, mediante el cálculo económico, la del trabajador en el mercado, podría hacerse funcionar el socialismo sin que la buena o mala fe del individuo, en su actividad productiva, tuviera a nadie que preocupar. Cabríale, entonces, a la comunidad socialista determinar cuál cuota de la producción total correspondía a cada laborador, y, consecuentemente, cifrar la cuantía en que había a ella cada uno contribuido. El que no quepa, en una sociedad colectivista, efectuar tal calculación es lo único que, al final, hace inviable al socialismo.

La cuenta de pérdidas y ganancias, instrumento típico del régimen capitalista, constituye indicativo claro de si, dadas las circunstancias del momento, deben o no ser proseguidas todas y cada una de las operaciones a la sazón practicadas; en otras palabras, si se está administrando, empresa por empresa, del modo más económico posible, es decir, si se está consumiendo la menor cantidad dable de factores de producción. Un negocio que arroje pérdidas dice que las materias primas, los productos semielaborados y los distintos tipos de trabajo empleados son precisados en otros cometidos, cometidos en los que serán producidas o bien mercancías distintas, que los consumidores valoran en más y estiman más urgentes, o bien idénticos productos, pero con arreglo a un método económico, o sea, con menor inversión de capital y trabajo.

¿Es posible el socialismo en Colombia?

Cuando, por ejemplo, el tejer manualmente devino irrentable, ello no indicaba sino que el capital y el trabajo invertido en las instalaciones de tejido mecánico eran más productivos, por lo que era antieconómico mantener instalaciones en las que una misma inversión de capital y trabajo producía menos. En el mismo sentido, bajo el régimen capitalista, si se trata de montar una nueva empresa, cabe fácilmente, de antemano, calcular la rentabilidad de la correspondiente operación.

Supongamos que se proyecta un nuevo ferrocarril; cifrado el tráfico previsto y las tarifas que aquél puede soportar, no es difícil averiguar si resultará o no beneficiosa la necesaria inversión de capital y trabajo. Cuando ese cálculo nos dice que el proyectado ferrocarril no va a producir lucro, hay que concluir que existen otras actividades sociales que, con mayor urgencia, reclaman para sí el capital y el trabajo del caso; en otras palabras, que todavía no somos lo suficientemente ricos como para efectuar tal inversión ferroviaria. El cálculo de valor y rentabilidad no sólo sirve para averiguar si contemplada operación futura será o no conveniente; ilustra además acerca de cómo funcionan, en cada instante, todas y cada una de las divisiones de las entidades operantes.

Fragmento del libro Liberalismo por Ludwig von Mises

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