Fascismo económico

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Cuando la gente escucha la palabra “fascismo”, naturalmente piensa acerca de su racismo monstruoso y del anti-semitismo, tal como fueron practicados durante los regímenes totalitarios de Mussolini y Hitler. Pero, también había un componente de fascismo en la política económica, conocido en Europa durante las décadas de los años veinte y treinta, como “corporativismo,” que era un ingrediente esencial del totalitarismo económico, tal como fue practicado por Mussolini y Hitler. El así llamado corporativismo fue adoptado en Italia y en Alemania durante los años treinta y fue mantenido como un “modelo” por bastantes intelectuales y formuladores de políticas en los Estados Unidos y en Europa. De hecho, una versión de fascismo fue adoptada en los Estados Unidos durante la década de los años treinta y sobrevive aún hoy en día. En los Estados Unidos estas políticas no fueron llamadas “fascismo” sino “capitalismo planificado.” La palabra fascismo ya no parece continuar siendo aceptable políticamente, pero su sinónimo “política industrial” es tan popular como siempre.
EL MUNDO LIBRE COQUETEA CON EL FASCISMO

Pocos estadounidenses se dan cuenta o recuerdan cómo tantos estadounidenses y europeos durante la década de 1930 vislumbraron al fascismo económico como la onda del futuro. El Embajador de los Estados Unidos en Italia, Richard Washburn Child, estaba tan impresionado con el “corporativismo”, que escribió en un prefacio a la autobiografía de Mussolini escrita en 1928, que “puede astutamente preverse que ningún hombre exhibirá las dimensiones de grandeza permanentes iguales a las de Mussolini… El Duce es ahora la figura más grande de esta esfera y de este tiempo.” [1] Winston Churchill escribió en 1927 que “Si yo hubiera sido italiano, estoy seguro de que había estado totalmente con usted” y “póngase la camisa negra fascista.” [2] Tan después como 1940, Churchill describía aún a Mussolini como “un gran hombre.”

El Congresista de los Estados Unidos, Presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Congreso, Sol Bloom, dijo en 1926 que Mussolini “no sólo era una gran cosa para Italia, sino para todos nosotros si él tiene éxito. Es su inspiración, su determinación, su esfuerzo constante lo que literalmente ha rejuvenecido a Italia.”[3]

Uno de los más destacados fascistas estadounidenses fue el economista Lawrence Dennis. En su libro de 1936, The Coming of American Fascism, Dennis declaró que los defensores del “americanismo del siglo XVIII” estaban seguros de que se convertirían en “el hazmerreír de sus propios conciudadanos” y que la adopción del fascismo económico intensificaría el “espíritu nacional” y que lo colocaría detrás de “las empresas de bienestar público y de control social.” El gran obstáculo para el desarrollo del fascismo económico, se lamentó Dennis, eran “las normas liberales de la ley o las garantías constitucionales de los derechos privados.”

Tal vez algunos intelectuales británicos fueron los más embelesados de todos por el fascismo. George Bernard Shaw anunció en 1927 que sus compañeros “socialistas deberían de estar encantados de encontrar al final de la jornada a un socialista [Mussolini] quien habla y piensa tan responsablemente como lo hacen los gobernantes.”[4] Él ayudó a formar el Sindicato Británico de Fascistas, cuyos “Lineamientos del Estado Corporativo,” de acuerdo con el fundador de la organización, Sir Oswald Mosley, seguían “al modelo italiano.” Mientras visitaba Inglaterra, el escritor estadounidense Ezra Pound declaró que Mussolini estaba “continuando la tarea de Thomas Jefferson.” [5]

Por tanto, es importante reconocer que, como sistema económico, el fascismo se aceptó ampliamente en los años de 1920 y 1930. Posteriormente, se condenó a los actos malvados de fascistas específicos, pero la práctica del fascismo económico nunca lo fue. A la fecha, los históricamente desinformados siguen repitiendo el eslogan añejo de que, a pesar de sus faltas, Mussolini al menos “hizo que los trenes llegaran a tiempo,” insinuando que sus políticas industriales intervencionistas fueron un éxito.
EL SISTEMA “CORPORATIVISTA” ITALIANO

El llamado “corporativismo”, tal como fue practicado por Mussolini y reverenciado por tantos intelectuales y hacedores de políticos, tenía varios elementos claves:
El estado tiene precedencia ante el individuo:

El nuevo diccionario colegiado Webster define al fascismo como “una filosofía política, un movimiento o un régimen que exalta a la nación y a menudo a la raza por encima del individuo y que defiende a un gobierno centralizado, autocrático.”

Esto aparece en contraste total a la idea liberal clásica de que los individuos tienen derechos naturales que existen antes del gobierno; que el gobierno deriva sus “poderes justos” solo mediante el consentimiento de los gobernados y que la función principal del gobierno es la de proteger vidas, libertades y propiedades de sus ciudadanos, no el engrandecimiento del estado.

Mussolini veía a estas ideas liberales (en el sentido europeo de la palabra “liberal” [o liberalismo clásico]) como la antítesis del fascismo: “La concepción fascista de la vida,” escribió Mussolini, “enfatiza la importancia del Estado y acepta al individuo solo en tanto que sus intereses coinciden con el Estado. Se opone al liberalismo clásico [el cual] negaba al Estado en nombre del individuo; el fascismo reafirma los derechos del Estado como expresando la esencia verdadera del individuo.” [6]

Mussolini pensó que era anti-natural que el gobierno protegiera los derechos individuales: “La máxima de que la sociedad existe tan sólo para el bienestar y libertad de los individuos que la componen, no parece ir en conformidad con los planes de la naturaleza.” [7] “Si el liberalismo clásico significa individualismo”, continuó Mussolini, “el fascismo significa gobierno.”

Por tanto, la esencia del fascismo es que el gobierno debería ser el amo, no el sirviente, de las personas. Piense acerca de esto. ¿Hay alguien en los Estados Unidos quien realmente cree que eso no es lo que tenemos ahora? ¿Son los recaudadores del Sistema Nacional de Impuestos realmente nuestros “sirvientes”? ¿No es la prestación de “servicio nacional” militar obligatorio para los jóvenes, que existe en la actualidad en muchos estados y es parte de un programa financiado federalmente, un ejemplo clásico de obligar a los individuos a servirle al estado? ¿No es la idea total detrás de la regulación y reglamentación masiva de la industria y de la sociedad estadounidense, la noción de que los individuos deben ser obligados a comportarse de maneras definidas, de acuerdo con una élite pequeña de gobernantes? Cuando el principal reformador del sistema de salud de la nación, declaró recientemente que la cirugía de by-pass del corazón en un hombre de 92 años era “un desperdicio de recursos”, ¿no era ese el epítome del ideal fascista –que el estado, no los individuos, deberían decidir la vida de quien era valiosa y la de quién era un “desperdicio?

La Constitución de los Estados Unidos fue escrita por individuos quienes creían en la filosofía liberal clásica de derechos individuales y que buscaron proteger esos derechos de la intrusión gubernamental. Pero, desde que la filosofía fascista/colectivista ha llegado a ser tan influyente, las reformas políticas durante el último medio siglo anterior prácticamente han abolido muchos de esos derechos, al ignorar simplemente muchas de las provisiones de la Constitución, que fueron diseñadas para protegerlos. Como lo ha hecho notar el académico del derecho Richard Epstein: “[E]l derecho de expropiación… y las cláusulas paralelas en la Constitución convierten en… sospechosas a muchas de las reformas e instituciones proclamadas en el siglo XX: leyes de zonificación, control de alquileres, leyes de compensación laboral, pagos de transferencias, progresividad de los impuestos.” [8] Es importante notar que la mayoría de esas reformas fueron inicialmente adoptadas en los años treinta, cuando la filosofía fascista/colectivista estaba en su apogeo.

“Armonía” industrial planeada:

Otra piedra angular del corporativismo italiano fue la idea de que las intervenciones del gobierno en la economía no debería ser conducidas sobre una base ad hoc, sino que deberían ser “coordinadas” por algún tipo de oficina central de planificación. La intervención del gobierno en Italia era “demasiado diversa, variada, contrastante. Había existido una intervención no orgánica… de caso por caso, según la necesidad lo requiriera,” se quejó Mussolini en 1929. [9] El fascismo corregiría esto, al dirigir la economía hacia “ciertos objetivos definidos” e “introduciría orden en el campo económico.” [10] De acuerdo con el asesor de Mussolini, Fausto Pitigliani, la planificación corporativista le daría a la intervención gubernamental en la economía italiana, una cierta “unidad de objetivos,” según lo definieran por los planificadores gubernamentales. [11]

Estos mismos sentimientos los expresó Robert Reich (en el momento en que se escribe esto, es Ministro del Trabajo de los Estados Unidos) e Ira Magaziner (en ese mismo momento, el “zar” para la reforma del sistema de salud del gobierno federal) en el libro de ambos, Minding America’s Business. [12] A fin de contraatacar al “mercado desordenado,” una política industrial intervencionista “debe luchar por integrar toda la gama de políticas gubernamentales focalizada -adquisiciones, investigación y desarrollo, comercio, anti-trust, créditos impositivos y subsidios- en una estrategia coherente…” [13]

Las intervenciones actuales de política industrial, se lamentaron Reich y Magaziner, son “el producto de decisiones fragmentadas y descoordinadas hecha por [muy diferentes] agencias ejecutoras, el Congreso, y las agencias regulatorias independientes… No hay una estrategia integrada para usar esos programas en la mejoría de la… economía de los Estados Unidos.” [14]

En su libro de 1989, The Silent War, Magaziner reiteró este tema, abogando por un grupo coordinador, como el Consejo de Seguridad nacional, para que asumiera una visión industrial estratégica nacional.” [15] La Casa Blanca, de hecho, había establecido un “Consejo de Seguridad Económica Nacional.” Cada uno de los promotores de una “política industrial” intervencionista había formulado un argumento de “unidad de objetivos,” tal como lo describió primeramente Pitigliani, hacía más de medio siglo.
Sociedades entre empresas y gobierno: 

Una tercera característica que define al fascismo económico, es que se permite la propiedad privada y la propiedad de los negocios, pero, en verdad, son controladas por el gobierno, por medio una “sociedad” entre negocios y el gobierno. Sin embargo, como a menudo lo expuso Ayn Rand, en esa sociedad el gobierno es siempre el “socio” sénior o dominante.

En la Italia de Mussolini, las empresas estaban agrupadas por el gobierno en “sindicatos” legalmente reconocidos, tales como la “Confederación Fascista Nacional del Comercio,” la “Confederación Fascista Nacional de Crédito y Seguros,” etcétera. Todas estas “confederaciones fascistas” eran “coordinadas” por una red de agencias de planificación del gobierno llamadas “corporaciones”, una por cada industria. Un enorme “Consejo Nacional de Corporaciones” servía como vigilante nacional de las “corporaciones” individuales y tenía el poder de “emitir regulaciones de carácter obligatorio.” [16]

El propósito de este acuerdo regulatorio bizantino era que el gobierno pudiera “asegurar la colaboración… ente las diversas categorías de productores de cada giro particular o rama de actividad productiva.” [17] La “colaboración” orquestada por el gobierno era necesaria, para que “el principio de la iniciativa privada” pudiera ser usado solo “para el servicio del interés nacional”, que sería definido por los burócratas del gobierno. [18]

La idea de una “colaboración” -ordenada y dominada por el gobierno- se encuentra también en el corazón de todos los esquemas de política industrial intervencionista. Una política industrial exitosa, escriben Reich y Magaziner, “requiere de una coordinación cuidadosa entre los sectores públicos y privados.” [19] “El gobierno y el sector privado deben trabajar en conjunto.” [20] “El éxito económico ahora depende en un alto grado de la coordinación, colaboración y una elección estratégica cuidadosa,” guiado por el gobierno. [21]

La agrupación sindical estadounidense AFL-CIO ha hecho eco a este tema, al promover una “Oficina de Reindustrialización Nacional tripartita –incluyendo a representantes de trabajadores, negocios y del gobierno,” la que, supuestamente, “planificaría” la economía. [22] El Centro para la Política Nacional, basado en Washington, D.C., también ha publicado un reporte escrito por empresarios de Lazard Freres, du Pont, Burroughs, Chrysler, Electronic Data Systems y otras empresas, promoviendo una supuesta “nueva” política basada en la “cooperación del gobierno con las empresas y el trabajo.” [23] Otro reporte, hecho por la organización “Rebuild America,” escrito conjuntamente en 1986 por Robert Reich y los economistas Robert Solow, Lester Thurow, Laura Tyson, Paul Krugman, Pat Choate y Lawrence Chimerine, urge “más trabajo en conjunto” por medio de “sociedades público-privadas entre el gobierno, las empresas y la academia.” [24] Este reporte pide que “objetivos y metas nacionales” sean definidos por los planificadores del gobierno, quienes desarrollarán “una estrategia extensa de inversión”, que sólo permitirá que tome su lugar la inversión “productiva,” tal como la define el gobierno.

Mercantilismo y proteccionismo:

Siempre que los políticos empiezan a hablar acerca de “colaboración” con las empresas, es hora de agarrarse de la billetera de uno. A pesar de la retórica fascista acerca de la “colaboración nacional” y de trabajar por los intereses nacionales, en vez de los privados, la verdad es que las prácticas mercantilistas y proteccionistas plagaron al sistema. El crítico social italiano, Gaetano Salvemini, escribió en 1936 que, bajo el corporativismo, “es el estado; esto es, el contribuyente, quien se ha convertido en ser el responsable de la empresa privada. En la Italia fascista, el estado paga por las metidas de pata de la empresa privada.” [25] En el tanto en que los resultados de las empresas sean buenos, escribió Salvemini, “la ganancia permanecía para la iniciativa privada.” [26] Pero, cuando vino la depresión, “el gobierno agrega las pérdidas a la carga de los impuestos. La utilidad es privada e individual. La pérdida es pública y social.” [27]

El estado corporativo italiano, editorializó The Economist el 27 de julio de 1935, “tan sólo equivale al establecimiento de una nueva y costosa burocracia, de la cual aquellos industriales que pueden gastar la cantidad necesaria, pueden obtener casi que cualquier cosa que quieran y poner en práctica la peor clase de prácticas monopólicas a expensas del ciudadano pequeño, quien, en el proceso, es exprimido.” En otras palabras, el corporativismo era un sistema masivo de bienestar empresarial. “Tres cuartas partes del sistema económico italiano,” se jactó Mussolini, “ha sido subsidiado por el gobierno.” [28]

Si esto suena familiar, se debe a que es exactamente el resultado de los subsidios agrícolas, del banco de Exportación e Importación [EXIMBANK], de los préstamos garantizados a empresas “preferidas” que piden prestado, del proteccionismo, del subsidio a la Chrysler, de las franquicias monopólicas y de una miríada de distintas formas de bienestar empresarial, pagado directa o indirectamente por el contribuyente de los Estados Unidos.

Otro resultado de la estrecha “colaboración” entre empresas y gobierno en Italia fue “un intercambio continuo de personal entre el… servicio civil y las empresas privadas.” [29] Debido a esta “puerta giratoria” entre negocios y gobierno, Mussolini ha “creado un estado dentro del estado, para servir a los intereses privados que no siempre están en armonía con los intereses generales de la nación.” [30]

La “puerta giratoria” de Mussolini se abrió por montes y valles:

“El señor Caiano, uno de los asesores más confiables de Mussolini, era también un oficial de la Marina Real antes y durante la guerra; cuando la guerra terminó, se unió a la Orlando Shipbuilding Company; en octubre de 1922, ingresó al gabinete de Mussolini y los subsidios a la construcción naval y al grupo de la marina mercante, cayeran bajo el control de su departamento. El General Cavallero, al final de la guerra, dejó al ejército y entró en la Pirelli Rubber Company…; en 1925, se convirtió en el viceministro del Ministerio de la Guerra; en 1930 dejó el Ministerio de Guerra e ingresó al servicio de la empresa de armamentos Ansaldo. Entre los directores de las grandes… empresas de Italia, los generales en retiro y los generales en servicio activo se convirtieron en muy numerosos, después del surgimiento del fascismo.” [31]

Tales prácticas son ahora tan frecuentes en los Estados Unidos -especialmente en las industrias de la defensa- que difícilmente se requiere de comentarios adicionales.

Desde una perspectiva económica, el fascismo significó (y significa) una política industrial intervencionista, el mercantilismo, el proteccionismo y una ideología que hace del individuo un subordinado del estado: “No pregunte lo que el Estado puede hacer por usted, sino lo que usted puede hacer por el Estado,” es una descripción apta de la filosofía económica del fascismo.

Toda la idea detrás del colectivismo, en general, y del fascismo, en particular, es hacer que los individuos estén subordinados al estado y tener el poder de asignar los recursos en manos de una pequeña élite. Tal como lo dijo elocuentemente el economista fascista Lawrence Dennis, el fascismo “no acepta los dogmas liberales en lo que respecta a la soberanía del consumidor o del negociante en el mercado libre…
Mucho menos considera que la libertad del mercado y la oportunidad de obtener ganancias competitivas, son derechos del individuo.” Tales decisiones deberán ser llevadas a cabo por una “clase dominante,” que él llamó “la élite.” [32]

EL FASCISMO ECONÓMICO ALEMÁN

El fascismo económico en Alemania prosiguió un camino virtualmente idéntico. Uno de los padres intelectuales del fascismo alemán fue Paul Lensch, quien declaró en su libro Three Years of World Revolution, que el “Socialismo debe presentar una oposición consciente y determinada contra el individualismo.” [33] La filosofía del fascismo alemán fue expresada mediante el eslogan Gemeinnutz geht vor Eigennutz, el cual significa que “el bien común está antes que el bien privado.” “El ario no es lo más grandioso en sus atributos mentales”, afirmó Hitler en Mein Kampf [Mi Lucha], pero en su forma más noble, “gustosamente subordina su propio ego a la comunidad y, si lo demanda la hora, incluso lo sacrifica.” [34] El individuo “no tiene derechos, sino sólo deberes.” [35]

Armados con esta filosofía, los nacional-socialistas alemanes prosiguieron políticas económicas muy similares a las de Italia: “sociedades” ordenadas por el gobierno entre empresas, gobierno y sindicatos, organizadas mediante un sistema de “cámaras regionales”, todas supervisadas por un Ministerio Federal de Economía.

Un “Programa del Partido” de 25 puntos se adoptó en 1925 con gran cantidad de “demandas” económicas, todas precedidas de una declaración general de que “las actividades del individuo no deben chocar con los intereses del todo… sino que deben ser por el bien general.” [36] Esta filosofía avivó un asalto regulatorio sobre el sector privado. “Demandamos una guerra cruenta contra todos aquellos cuyas actividades sean injuriosas al interés en común,” advirtieron los nazis. [37] Y, ¿quién son aquellos contra los cuales se debe lanzar la “guerra”? “Criminales comunes,” tales como los “usureros;” esto es, los banqueros y otros “especuladores;” es decir, en general, hombres de negocios ordinarios. Entre otras políticas demandas por los nazis estaban la abolición del interés; un sistema de seguridad social operado por el gobierno; la habilidad del gobierno para confiscar tierras sin compensación (¿regulaciones sobre humedales?); un monopolio gubernamental de la educación y un asalto general sobre el empresariado del sector privado, que fue denunciado como el “espíritu materialista judío.” Una vez que ese “espíritu” era erradicado, “El Partido… está convencido de que nuestra nación puede lograr una salud permanente desde adentro, tan sólo a partir de un principio: el interés común está antes que el interés propio.”[39]
CONCLUSIONES

Virtualmente todas las políticas económicas específicas propuestas por los fascistas italianos y alemanes de los años treinta, también han sido adoptadas, en alguna forma, en los Estados Unidos y, a la fecha, continúan siendo adoptadas. Hace sesenta años, quienes adoptaron estas políticas intervencionistas en Italia y Alemania, así lo hicieron porque querían destruir la libertad económica, la libre empresa y el individualismo. Sólo si estas instituciones eran abolidas, podían tener la esperanza de lograr el tipo de estado totalitario que tenían en mente.

Muchos políticos estadounidenses, quienes abogaron por un control gubernamental más o menos total de la actividad económica, han sido más sinuosos en su enfoque. Ellos habían propuesto y adoptado muchas de las mismas políticas, pero siempre habían reconocido que los ataques directos sobre la propiedad privada, la libre empresa, la autonomía y la libertad individual, no son políticamente aceptables por la mayoría del electorado estadounidense. Así, han podido promulgar numerosas políticas impositivas, regulatorias y de transferencias de ingresos, que logran los fines del fascismo económico, pero que están endulzadas con una retórica engañosa, acerca de su presunto deseo de tan sólo “salvar” al capitalismo.

En tal sentido, los políticos estadounidenses han encontrado su origen en Franklin D. Roosevelt, quien vendió su Administración para la Recuperación Nacional (eventualmente declarada inconstitucional) con base en que “de aquí en adelante, las restricciones gubernamentales no deberán considerarse como que obstaculizan al individualismo, sino para protegerlo.” [40] En un ejemplo clásico de lenguaje ambiguo Orwelliano, así Roosevelt arguyó que el individualismo debe ser destruido para protegerlo.

Ahora que el socialismo ha colapsado y sobrevive sólo en Cuba, China, Vietnam y en las ciudades universitarias de los Estados Unidos, la mayor amenaza contra la libertad económica y la libertad individual yace en el nuevo fascismo económico. Mientras que las anteriores naciones comunistas están tratando de privatizar tantas industrias como les sea posible y tan rápido como puedan, aún se encuentran plagadas de controles gubernamentales, dejándolas esencialmente como economías fascistas: la propiedad privada y la empresa privada son permitidas, pero están fuertemente controladas y reguladas por el gobierno.

En tanto que la mayoría del resto del mundo lucha por privatizar la industria y estimular la libre empresa, nosotros en los Estados Unidos estamos debatiendo seriamente si deberíamos o no adoptar el fascismo económico de la era de los años treintas, como principio organizador de nuestro sistema total de salud, que comprende al 14 por ciento del PIB. También estamos contemplando “sociedades” entre empresas y gobierno en las industrias del automóvil, aerolíneas y comunicaciones, entre otras, y estamos adoptando políticas comerciales administradas por el gobierno, también en el espíritu de los esquemas corporativistas europeos de la década de los años treinta.

El estado y sus apologetas académicos son tan habilidosos para generar propaganda en apoyo de tales esquemas, que los estadounidenses en su mayoría no se dan cuenta de la peligrosa amenaza que plantean para el futuro de la libertad. El camino de servidumbre está sembrado de señales en las vías, que apuntan hacia “la supercarretera de la información,” “la seguridad de la salud,” “el servicio nacional,” “el comercio administrado” y la “política industrial.”

NOTAS AL PIE DE PÁGINA

[1] Benito Mussolini, My Autobiography (New York: Charles Scribner’s Sons, 1928).
[2] Citado en John T. Flynn, As We Go Marching (New York: Doubleday, 1944), p. 70.
[3] Ibídem.
[4] Citado en Richard Griffiths, Fellow Travellers of the Right: British Enthusiasts for Nazi Germany, 1933-39 (London: Trinity Press, 1980), p. 259.
[5] Alastair Hamilton, The Appeal of Fascism: A Study of Intellectuals and Fascism, 1919-1945 (New York: Macmillan, 1971), p. 288.
[6] Benito Mussolini, Fascism: Doctrine and Institutions (Rome: Adrita Press, 1935), p. 10.
[7] Ibídem.
[8] Richard Epstein, Takings (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1985), p. x.
[9] Mussolini, Fascism, p. 68.
[10] Ibídem.
[11] Ibídem, p. 122.
[12] Ira C. Magaziner & Robert B. Reich, Minding America’s Business (New York: Vintage Books, 1982).
[13] Ibídem, p. 343.
[14] Ibídem, p. 370.
[15] Ira C. Magaziner, Silent War (New York: Random House, 1989), p. 306.
[16] Fausto Pitigliani, The Italian Corporative State (New York: Macmillan, 1934), p. 98.
[17] Ibídem, p. 93.
[18] Ibídem, p. 95.
[10] Magaziner & Reich, Minding America’s Business, p. 379.
[20] Ibídem, p. 378.
[21] Ibídem.
[22] Lane Kirkland, “An Alternative to Reaganomics,” USA Today, mayo de 1987, p. 20.
[23] Center for National Policy, Restoring American Competitiveness (Washington, D.C.: Center for National Policy, 1984), p. 7.
[24] Rebuild America, An Investment Economics for the Year 2000 (Washington, D.C.: Rebuild America, 1986), p. 31.
[25] Pitigliani, The Italian Corporative State, p. 93.
[26] Ibídem.
[27] Ibídem.
[28] Gaetano Salvemini, Under the Axe of Fascism (New York: Viking Press, 1936), p. 380.
[29] S. Belluzzo, Liberta, 21 de setiembre de 1933, citado en Salvemini, Under the Axe of Fascism, p. 385.
[30] Salvemini, Under the Axe of Fascism, p. 380.
[31] Ibídem, p. 385.
[32] Lawrence Dennis, The Coming American Fascism (New York: Harper, 1936), p. 180.
[33] Adolph Hitler, Mein Kampf (Boston: Houghton Mifflin, 1943), p. 297.
[34] Ibídem.
[35] Ibídem, p. 126.
[36] Norman H. Baynes, The Speeches of Adolph Hitler (New York: Howard Fertig, 1969), p. 104.
[37] Ibídem, p. 105.
[38] Ibídem, p. 104.
[39] Ibídem.
[40] Citado en Samuel Rosenman, ed., The Public Papers and Addresses of Franklin D. Roosevelt (New York: Random House, 1938-50), p. 750.

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