Experto mundial de enfermedades: Los cierres deberían terminar

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El Dr. John Ioannidis está desafiando los hallazgos médicos acerca de un virus que no es tan solo mortal, sino profundamente controversial.

En el 2010, The Atlantic dijo que el Dr. John Ioannidis “puede ser uno de los más influyentes científicos vivientes.”

El artículo, escrito por David H. Freedman, dejó claro que la estrella en ascenso del científico y médico greco estadounidense se debía, en parte, a la intrepidez que demostraba al desafiar la mala ciencia en el campo de la investigación médica.

“[Ioannidis es] lo que se conoce como un meta investigador y ha llegado a ser uno de los expertos más destacados acerca de la credibilidad de la investigación médica,” escribió Freedman. “Él y su equipo han mostrado, una y otra vez, y de maneras muy distintas, que mucho de lo que los investigadores biomédicos concluyen en sus estudios publicados -conclusiones que los médicos tienen en mente al prescribir antibióticos o medicinas para la presión sanguínea, o al aconsejarnos comer más fibras o menos carne, o al recomendarnos cirugía para una enfermedad del corazón o para el dolor de espalda- está equivocado, es exagerado y, a menudo, es totalmente malo.”

Actualmente, Ioannidis posee la Silla C.F. Rehnborg en Prevención de Enfermedades en la Universidad Stanford. Ha sido autor de algunos de los artículos más citados en revistas médicas de la historia.

No obstante, diez años después de su perfil destacado en The Atlantic, Ioannidis se encuentra en la mira de medios y profesionales de la medicina, por hacer lo que siempre ha hecho: desafiar ciencia que él cree es fallida. Sin embargo, esta vez, Ioannidis está desafiando los hallazgos médicos acerca de un virus que no es tan solo mortal, sino profundamente controversial.

Tal vez, Ioannidis ha llegado a ser la principal voz médica contra el alarmismo del COVID-19 y las cuarentenas gubernamentales.

Eso empezó con un artículo en Stat del 17 de marzo sugiriendo que los gobiernos de alrededor del mundo estaban tomando acciones generalizadas y potencialmente dañinas para limitar la diseminación del COVID-19, sin tener los datos suficientes. Luego, el 5 de mayo vino un documento técnico del que fue su autor, en donde sugería que el COVID-19 no era siquiera tan mortal como inicialmente se temió, afirmación luego fue apoyada por un reporte de la Radio Nacional Pública, al citar investigación de la Universidad Johns Hopkins que mostraba que el riesgo de mortalidad era tan bajo como un 0.5 por ciento. La última investigación de Ioannidis sobre la tasa de mortalidad del COVID pone la mediana del riesgo de mortalidad del COVID-19 en un 0.25 por ciento, mucho menor que estimaciones previas pero, aún, mayor en alrededor de dos y media veces que la de la gripe estacional.

Las credenciales de Ioannidis puede ser impecables, pero sus hallazgos no han pasado sin controversia.

En una impresionante pieza de periodismo médico, publicada en Undark.org, la periodista investigativa Jeanne Lenzer y Shannon Brownlee del Instituto Lown, detallan la crítica fulminante que Ioannidis ha recibido, tanto de los medios, como de profesionales médicos.

Ioannidis se mantiene imperturbable ante los ataques, que incluyen acusaciones (muy veladas) de que su estudio sufría de un no revelado conflicto de interés.

En la revista médica BMJ, Ioannidis explicó recientemente por qué él cree que las cuarentenas deberían ser levantadas. (Un punto de vista opuesto lo ofrece Edward R. Melnick de la Escuela de Medicina de Yale.)

“Incluso si el covid-19 es mucho más leve de lo que se temía, aún así puede causar devastación en ambientes específicos. Las masacres en hospitales sobresaturados con personal contaminado y en asilos de ancianos, representan la mayor parte de las muertes. En esos ámbitos son indispensables la preparación de los hospitales, el tamizaje universal del personal, el control draconiano de la infección y el distanciamiento social.

Sin embargo, un cierre ciego de poblaciones enteras posee beneficios agregados cuestionables. Poner en cuarentena a gente saludable, sin riesgo, y transferir pacientes con covid-19 a asilos de ancianos, fueron un absurdo. Los proponentes de la “cuarentena para aplanar la curva” deberían reconocer que eso gana tiempo para que los hospitales se preparen, pero que, la mayoría, si no es que todas, de las muertes del covid-19 todavía prevalecerán cuando las medidas se relajen ̶ a menos que emerjan vacunas o tratamientos efectivos. Es más, la lógica de la cuarentena para aplanar la curva ignora la estacionalidad y abraza datos de observaciones de hace 100 años de una pandemia de 1918, con una tasa de mortalidad de la infección 100 veces mayor que la del covid-19.

Las cuarentenas tienen múltiples componentes. Algunos, como evitar reuniones en masa, pueden funcionar; otros, puede que no. Incluso pueden aumentar el número de muertes por el covid-19 ̶ por ejemplo, los cierres de las escuelas pueden incrementar la exposición de parientes frágiles a los niños. Pero, independiente de la combinación, las cuarentenas dan lugar a daños múltiples más allá de aquellos relacionados con el virus SARS-CoV-2, como las consecuencias de la disfunción de un sistema de salud y daños extendidos que erosionan la salud, la economía y la sociedad como un todo.

Las cuarentenas puestas en práctica durante una fuerte actividad infecciosa, obligará a la gente infectada a permanecer más tiempo con sus parientes frágiles en espacios estrechos. Los trabajadores esenciales de salarios bajos, adoptan riesgos más elevados y los refugios para gente vulnerable que no tiene casa, se convierten en sitios calientes de la infección, mientras que los ciudadanos ricos, saludables, logran quedarse en su casa. También, el estrés puede afectar las respuestas de inmunidad a infecciones respiratorias. Y, con el horror agregado diseminado por diversas fuentes mediáticas, las cuarentenas representan una experiencia estresante única.

En condiciones de cuarentena, muchos pacientes con condiciones agudas, tratables (como síndromes coronarios) evitan buscar su cuidarse. Esta disrupción puede verse en las excesivas muertes hasta el momento adjudicadas a la cuarentena por el covid-19. Los pacientes con cáncer, cuyo tratamiento se retrasa, tienen resultados peores. Y, cuando los pacientes evitan los hospitales, muchos sistemas de salud sufren financieramente, se despide personal y se recortan servicios. El covid-19 abrumó unas pocas docenas de hospitales, pero las medidas correctivas ya han puesto en riesgo a miles de ellos.

Las cuarentenas prolongadas alimentan la depresión económica, creando un desempleo masivo. La gente sin empleo puede perder su seguro de salud. Poblaciones enteras pueden ser testigos de una calidad de vida y una salud mental disminuidas. En Estados Unidos han aumentado fuertemente las ventas de armas desde que empezó la cuarentena, con consecuencias impredecibles.

Poblaciones menos privilegiadas y aquellas en necesidad, son golpeadas más por la crisis. La gente alrededor del mundo bajo riesgo de hambruna ya ha excedido a los mil millones. Estamos arriesgando aumentos de suicidios, violencia doméstica y abuso infantil. La enfermedad y la desintegración social puede también avanzar, con consecuencias caóticas, como disturbios y guerras.

Y, ¿cuánto tiempo de cuarentena es suficiente? Si abrimos ahora, ¿retornará la cuarentena en el otoño? ¿El año entrante? ¿Cuándo el autoritarismo lo desea? Ninguna dictadura podría imaginar un mejor precedente de control absoluto.

Las cuarentenas fueron escogencias desesperadas y defendibles cuando sabíamos poco acerca del covid-19. Pero, ahora que sabemos más, deberíamos evitar la exageración. Deberíamos remover cuidadosa y gradualmente las medidas de cuarentena, con retroalimentación de datos o capacidad de camas de hospitales e indicadores de prevalencia/incidencia. De otra forma, los cierres prolongados pueden convertirse en un suicidio en masa.”

Como lo apunta Undark, la oposición de Ioannidis a las cuarentenas no emana de un libertarismo o de un “deseo de Trump por beneficiar a Wall Street,” sino de un escepticismo, de mucho tiempo, acerca del intervencionismo médico en general, que él dice tiende a ser ignorado o minimizado por investigadores médicos.

Puede que Ioannidis no sea un libertario, pero muchos de los temas de la cuarentena que él toca sonarán familiares para los lectores de la Fundación para la Educación Económica ̶ políticas gubernamentales mortales que prohibieron a los asilos de ancianos filtrar enfermos del COVID-19, un suicidio creciente y una destrucción económica generalizada que resultó en la desaparición de millones de negocios y 40 millones de empleos perdidos.

En tanto que los costos de las cuarentenas son evidentes para todos, es menos claro qué tan efectivas han sido en limitar la expansión del virus. Una noticia reciente de Bloomberg encontró “poca correlación entre la severidad de las restricciones del país y si eso logró frenar el exceso de fatalidades.” El principal funcionario de salud de Noruega afirmó recientemente que las cuarentenas probablemente no eran necesarias. La evidencia proveniente de un reporte reciente del banco JP Morgan sugiere que la mayoría de los países vieron caer las tasas de infección del COVID, después de que se levantaron las cuarentenas.

Estos resultados tienen sentido cuando uno se da cuenta de que, como lo han mostrado estudioshttp://www.fau.edu/newsdesk/articles/stay-at-home.php, los estadounidenses estaban guardando la distancia social antes que se impusieron las órdenes de cuarentena. Este hecho trae a la mente una cita del economista laureado con el Nobel, F.A. Hayek.

“No se discute si la planificación debe o no realizarse,” escribió Hayek en El Uso del Conocimiento en Sociedad, “sino si ha de hacerse centralizadamente para todo el sistema económico a través de una única autoridad o si debe dividirse entre una pluralidad de individuos.”

El punto de Hayek era que la planificación centralizada tiende a ser irracional, pues los planificadores centrales carecen del conocimiento para tomar las decisiones racionales. No debemos olvidar que, por su naturaleza e interés propio, los seres humanos tomarán pasos razonables para protegerse de un virus mortal. Los humanos manejan el riesgo todos y cada día, y cada uno lo hace al poseer y procesar más conocimiento local de lo que puede saber cualquier planificador central.

Sin duda que los funcionarios gubernamentales estaban actuando de buena fe cuando ordenaron las cuarentenas, pero, al remover las elecciones de individuos, empresas y otras organizaciones, cometieron lo que parece ser una de las metidas de pata más costosas y, en última instancia, letales, de la historia moderna.

No es demasiado tarde para aprender del error. Un primer paso para tal fin sería admitir que John Ioannidis está en lo correcto: Las cuarentenas gubernamentales deben terminar.

 


 

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