Entendiendo la naturaleza perversa del Estado

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A lo largo de este artículo intentaremos dilucidar diversas cuestiones en relación con lo que el estado es y lo que no es, analizaremos sus incentivos y naturaleza y extraeremos algunas conclusiones generales en base a éste análisis.

Antes de entrar en la discusión sobre la legitimidad o ilegitimidad del estado, debemos buscar una definición clara de éste. El estado es, escencialmente, aquel grupo de personas que, por medio del uso de la fuerza sistemática, ejerce el monopolio de la violencia legal y domina al resto de personas en un territorio determinado. A muchos, probablemente, les llamará la atención esta extravagante definición que estoy dando y, probablemente, ya estén pensando en otras que creerán más correctas. Algunos dirán que no, que el estado es aquella organización o el ente que legisla y mantiene el orden en un cierto lugar, por ejemplo. No se dan cuenta de que, escencialmente, nuestras definiciones concuerdan. El estado es una organización (un grupo de personas) que legisla (domina al resto de personas) y mantiene el orden (por medio del monopolio de la fuerza) en un territorio dado.

Personalmente creo que uno de los mayores logros del estado moderno, esto es, el actual estado democrático republicano, fue conseguir impersonalizarse. Ya no se ve al duque, al monarca, al señor feudal, sino que ahora es un ente impersonal y, encima, con una falsa ilusión de legitimidad otorgada por esta “voluntad popular” o “contrato social” -desarrollaremos este concepto en profundidad más abajo- quien, haciendo uso de la fuerza coactiva, extrae rentas y domina de forma sistemática a la población, cuya mayoría, encima, lo apoya. No quiero explayarme demasiado en mi crítica a la democracia, ya que me gustaría desarrollar mis ideas con respecto a este vil sistema en un artículo aparte. A lo largo de años y años, se ha implantado en la mentalidad de la mayor parte de la gente esta idea del estado abstracto, del estado impersonal y divino, y esta es una de las principales herramientas que tiene el poder político para poder saquear y dominar a quienes son sus lacayos, esto es, los habitantes del territorio nacional. Es mucho menos efectivo a este fin una persona como puede ser un rey o un califa que la ilusión de un ente con las características ya mencionadas, y dotado de todos aquellos atributos que antes se le atribuían a la divinidad, ya que por falta de una representación material de lo que es el estado, se recurre sistemáticamente a símbolos, como pueden ser los escudos, las banderas, los monumentos o uniformes para materializar este concepto abstracto e imaginario del estado en éstos términos. No es coincidencia que los mismos rituales que realizamos hoy frente a la bandera, como recitar un himno, ponernos la mano en el corazón, ponernos de pie, y una serie de gestos ‘sagrados’ se parezca tanto a, por ejemplo, una misa o cualquier tipo de ritual religioso.

Quiero, también, desmontar esta concepción del estado, ya que considero fundamental entender que los estados no existen, o al menos no lo hacen por fuera del grupo de bandidos que lo compone. Y, para demostrar esto, haremos uso de una de las principales herramientas que nos proporciona la Escuela Austríaca al momento de analizar la sociedad: el individualismo metodológico. La idea central del individualismo metodológico es una, y es muy simple: solo los individuos razonan, solo los individuos actúan. Una vez que entendemos esto, rechazaremos a priori todo análisis holístico, esto es, que involucre ideas de colectivos, ya sea la clase, la nación o, mismamente, el estado. La creencia de que existen entes actuantes por encima de los individuos, dotados de intereses propios peca de muchísimas inconsistencias y errores científicos que me gustaría tratar en un artículo futuro. Una vez que entendemos el principio del individualismo metódologico, podemos visualizar la verdadera composición y naturaleza del estado.

Comprendemos, por ejemplo, que un estado no se distancia, en términos de composición, de cualquier otro grupo de individuos organizados. Es decir, un estado no se diferencia de una empresa, o de un equipo de football, siendo la única distinción con éstos que los fines de los estados son siempre realizados por medios políticos, es decir, por medio de la violencia y la coerción sistemática, y no por medio de asociaciones libres y voluntarias. ¿Qué otro grupo de personas reúne estas caraterísticas? Las mafias. Y esto no es casualidad, ya que el estado es una mafia, y no una mafia cualquiera, el estado es una mafia mejor organizada y más eficaz, una mafia monopolista y que, encima, te hace cantarle y venerarle y es legitimado por los mismos que son dominados por ella, es decir, ejerce una violencia sistemática e institucional. ¿En qué se diferencia la violencia ejercida por parte de los estados y la violencia ejercida por cualquier otro grupo de personas armadas? En que a un tipo de violencia, por una serie de constructos culturales, tendemos a considerarla como legítima y a otra como ilegítima, cuando no hay realmente una diferencia sustancial entre ambos tipos de violencia.  De hecho, como bien explica Charles Tilly en su trabajo  Guerra y construcción del estado como crimen organizado(1), antiguamente -y no tan antiguamente- los estados solían aliarse con grupos de bandidos y piratas porque, como vimos anteriormente, son escencialmente lo mismo, con diferencias de escala: “En tiempos de guerra los dirigentes de estados plenamente constituidos, a menudo encargaban a corsarios o contrataban a bandidos para que atacasen a sus enemigos, y animaban a sus tropas regulares a conseguir botín. En el servicio real, se esperaba de los soldados y marineros que se proveyesen por sí mismos a costa de la población civil: requisando, violando, saqueando… La mejor manera para un rey de conseguir apoyo armado era recurrir al mundo de los proscritos. La conversión de Robin Hood en arquero real puede que sea un mito, pero se trata de un mito que constata una práctica. Las diferencias entre las formas de violencia “legítimas” e “ilegítimas” se hicieron patentes muy lentamente, proceso durante el cual las fuerzas armadas del estado se convirtieron en algo relativamente cohesionado y permanente ”

El “contrato social”

Una de las teorías más populares en los círculos académicos de la sociología/ciencias políticas/filosofía para dar una justificación e intentar legitimar la autoridad y soberanía de un estado sobre nosotros es la teoría del contrato social. Esta teoría -más bien hipótesis- nos dice que existe una suerte de “contrato implícito” que aseguraría la convivencia entre todos nosotros, los seres humanos, como una sociedad. Aquél contrato, dicen los defensores de esta teoría, garantizaría la defensa de algunos de nuestros derechos más básicos, a cambio de renunciar a la ilimitada libertad que nos proporciona el llamado ‘estado de naturaleza’. Esta teoría es frecuentemente relacionada con el nombre de Jean-Jacques Rosseau, aunque pensadores como Thomas Hobbes o John Locke también la han defendido.

 

Como muchos habrán notado, esta teoría, aunque la haya explicado en términos muy generales y sin entrar en demasiado detalle, adolece de cantidad de errores, que pasaré a explicar a continuación.

Plantearé un pequeño ejemplo: imagine que mañana usted despierta y encuentra en su buzón de correos una factura de una empresa de telefonía móvil que usted no utiliza, por ejemplo, Archilolophone, que le exige el pago de 30 dólares. ¿Qué es lo que usted, yo y cualquier persona racional haría? Probablemente entraríamos en cólera e iríamos inmediatamente a la sucursal más cercana de esta empresa para reclamarle su cobro sobre un servicio que nosotros no contratamos. “Yo jamás firmé ningún contrato con su compañía”, diría usted, a lo que le responderían “Es un contrato implícito”. A todos nos parece una estupidez de argumento, claramente. Me gustaría que reflexionen por un momento que, si todos entraríamos en cólera, bramaríamos e insultaríamos hasta al perro de la vecina por 30 míseros dólares, ¿por qué no lo hacemos con el ‘contrato social? ¿Es que acaso puede ser ‘firmado implícitamente’ un contrato mediante el cual se te extrae la mitad de tus rentas continuamente, donde hasta en algunos casos llega a obligarte a morir en nombre de la ‘patria’ y se te restringen innumerables libertades, pero no puede serlo uno que solo te condena a pagar 30 dólares? Y, si recuerdan lo que aprendimos sobre el individualismo metodológico, la diferencia entre el estado y esta hipotética empresa abusiva sería meramente nominal y de escala.

La verdad es que este supuesto contrato jamás ha existido, nunca, ninguno de nosotros, lo ha firmado alguna vez. Hobbes argumentaba que, hace cientos de años, nuestros antepasados se juntaron y crearon este contrato. Mas allá de la dudosa verificabilidad de esta teoría, aún en el caso de que fuese cierta (que no lo es, no hay ningún registro histórico o antropológico de este supuesto contrato), sigue siendo jurídicamente incoherente. Yo no soy mis antepasados, y ellos no pueden decidir por mí ya que somos individuos distintos, como yo no puedo firmar un contrato que someta a mi hijo a cualquier tipo de compromiso, porque yo no soy él, y tampoco soy su propietario, ya que un pacto solo es vinculante hacia quien lo firma. Además, ¿qué clase de contrato es ese en el que falta un tercero que, en caso de conflictos, pueda resolverlo? Si el estado no cumple con ese ‘contrato social’’, ¿quién se dedica a resolverlo? El mismo estado.

Argumentos típicos en favor del estado:

Día tras día, quienes nos identificamos con las corrientes más libertarias/anarquistas del pensamiento político, a la hora de quejarnos del robo que representan los impuestos o de la innumerable cantidad de leyes injustas y liberticidas (leyes contra las drogas, leyes contra los ‘discursos de odio’ y demás aberraciones morales) se nos responde con argumentos del estilo de ‘si no te gustan las normas de tu país, te vas’, ‘si permaneces aquí, implícitamente estás aceptando las normas del estado’ o el típico ‘no puedes quejarte de los impuestos porque utilizas las carreteras y los servicios públicos que te brinda el estado’. No quiero rellenar innecesariamente el artículo con una respuesta a estos argumentos, por lo que enlazaré una transcripción de un fragmento de una conferencia de Thomas Woods(2) donde explica, de forma clara y concisa, el disparate que supone utilizar este tipo de argumentos.

Origen histórico del estado y construcción del estado moderno:

Si ya dejamos claro que el origen del estado no se halla en un supuesto ‘contrato social’, ni ningún tipo de acuerdo voluntario entre las distintas partes de una sociedad, entonces, ¿cuál es el verdadero origen del estado? Según Robert L. Carneiro, en su excelente trabajo A theory of the origin of the state(3), las más primitivas manifestaciones de poder político se remontan a las tensiones existentes entre ganaderos y campesinos, cuando los primeros, más activos, a caballo y armados, se dieron cuenta de que, en vez de saquear a los campesinos, era más efectivo encapsularlos, dominarlos, ponerlos a trabajar para ellos y obligarlos a darles tributos a los saqueadores -lo que hoy en día conocemos como impuestos-. En definitiva, según estos autores, el Estado no tiene un origen inmaculado sino violento y basado en la conquista. Según Tilly, el estado nace de la conquista y la guerra, el reino mejor organizado, con mejor capacidad militar, se impone sobre los demás. Pero los estados se dieron cuenta de que el poder amparado únicamente en la fuerza es muy inestable. Es mejor dominar por las ideas. De esta manera, contratan a una serie de intelectuales, artistas y filósofos que justifiquen y canten su poder -en la actualidad, el órgano encargado de cumplir esta función, aunque de forma más discreta, son los ministerios de cultura-, en muchos casos divinizándolo, como explicamos más arriba. Citando al profesor Miguel Anxo Bastos Boubeta: “En la actualidad ese papel de loa al Estado lo representan las universidades: las facultades de Economía se dedican por completo a justificar la intervención del Estado en la sociedad; las de Políticas a establecer una teología del poder político; y las de Derecho a reivindicar el positivismo como única fuente de obediencia. Virgilio y Horacio fueron poetas de cámara y, posteriormente, filósofos como Hobbes, Bodino o Hegel no tuvieron reparo en colocarse al servicio del Estado para legitimarlo. Por tanto, el poder del Estado se diferencia de la mafia en que busca una legitimación, no es violencia únicamente.”.

Conclusiones:

La intención de este artículo no es el de volverlos anarquistas, ni pretendo iniciar ningún tipo de levantamiento contra el estado o, al menos, no por ahora. La importancia que le veo a entender la naturaleza predatoria, violenta, coercitiva e ilegítima del estado se basa principalmente en que quienes no entienden esta naturaleza y ven al estado como algo bueno, o al menos como un ente con soberanía legítima, no dudarán ni un instante al momento de resolver un problema en buscar las soluciones en el estado y no en la libre y pacífica cooperación entre individuos. ¿Es posible entender todo lo que expliqué anteriormente y, aún así, seguir creyendo que el estado es necesario, o no querer incurrir en los costes de destruirlo? Sí, es perfectamente posible y, de hecho, muchos de los libertarios que no buscamos necesariamente la destrucción del estado nos consideramos filosóficamente anarquistas, incluyéndome. Los estatistas, al ver un problema como, por ejemplo, un exceso en el consumo de drogas, lo primero que se le va a pasar por la cabeza será o prohibirlas, o regularlas mediante el estado, y esto es un problema, ya que se está buscando la solución de un problema grave por medios aún peores, que son la violencia, la coerción y, en última instancia, el avance de una mafia monopolista sobre nuestra libertad y soberanía como individuos.

Referencias:

  1. https://revistas.uam.es/index.php/relacionesinternacionales/article/view/4866/5335
  2. https://www.mises.org.es/2018/12/cuando-fue-que-tu-y-yo-firmamos-el-tal-contrato-social/
  3. http://abuss.narod.ru/Biblio/carneiro_origin.htm
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1 comment

  1. KCM 4 julio, 2020 at 12:03 Responder

    Estás de acuerdo con el contrato cuando interactuas con la sociedad. Porque la sociedad está en ese contrato y si quieres obtener los beneficios de la misma (comerciar, interactuar) debes aceptar sus condiciones: aceptar el gobierno y sus leyes (en su protección al comercio y la propiedad, así como la protección jurídica de los individuos). Es como si recibieras dinero de una empresa, debes estar de acuerdo con los términos y condiciones de la misma. Sino, deja de recibir los beneficios, te vas lejos de cualquier zona cívica y militar en el país, y vives de ti mismo con tu propia siembra, te olvidas del Estado por completo pero también de la sociedad.
    En cuanto a lo de HOBBES, no refutaste su teoría, solo dijiste que no contaba con suficientes pruebas su hipótesis, igual la de WOODS, está con las mismas bases, teológicas.

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