En la Venezuela socialista no hay cerveza (Ni democracia)

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Por más horrendo que pueda sonar una escasez de cerveza, eso ni siquiera se acerca a los peores problemas de Venezuela. Los venezolanos no sólo están sedientos. Están hambrientos. La mayoría de ellos no tiene acceso a mercados como aquellos de la vecina Colombia. Como resultado, en el 2016, tres cuartas partes de la población adulta de Venezuela había perdido un promedio de 19 libras.

La crisis económica de Venezuela empezó en serio hace unos cinco años, cuando el precio del petróleo empezó a reducirse desde más de $100 el barril hasta un nivel de alrededor de $26 el barril en el 2016. Pero, la causa debajo de la crisis es las políticas económicas socialistas, y aquella se ha intensificado cuando el gobierno dobla la apuesta en favor de esas políticas.

A su vez, la crisis económica ha producido una crisis política. El descontento amplio con las condiciones económicas ha promovido las protestas contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro. En enero de este año, la Asamblea Nacional [Asamblea Legislativa] declaró a Juan Guaidó como presidente interino, tal como lo permite la Constitución venezolana. Los Estados Unidos y más de 50 países rápidamente reconocieron a Guaidó como el presidente legítimo. Pero, con el apoyo de los militares, Maduro ha continuado aferrado al poder.

Hace tres años, nosotros dos viajamos a la frontera venezolana para entender mejor las causas del conflicto económico del país. Viajamos hasta los puentes cercanos a Cúcuta, Colombia, en donde -a diferencia de Venezuela, que está apenas al otro lado del río- no había monopolios al mayoreo impuestos por el gobierno, nada de controles arbitrarios de precios, nada de limites a las utilidades. Qué diferencia ocasionan un río y una frontera: En el lado colombiano, mercados más libres estaban supliendo lo que el gobierno venezolano no podía hacer.

Las tiendas y los almacenes estaban bien repletos. Tres o cuatro farmacias, cercanas al puente, vendían una amplia gama de medicinas y suministros. La comida a granel estaba por todo lado y las tarimas, colmadas con sacos de arroz, eran constantemente descargadas desde camiones al frente de los negocios. Tarjetas telefónicas, aceite para cocinar, pañales, bolsas pre empacadas de bocadillos, jugos y muchos otros productos básicos, estaban ampliamente disponibles. Negocios a orillas de los caminos vendían comida y helados. Según Julián, un reportero que viajaba con nosotros, los precios eran baratos, incluso para los estándares locales. Una libra de arroz costaba menos de un dólar.

La única cosa que no pudimos encontrar fue cerveza. Estaba disponible en los negocios para llevársela, pero nosotros estábamos buscando un lugar en donde sentarse y mirar a la gente. Finalmente, encontramos un lugar pequeño y polvoriento, con unas pocas sillas viejas de plástico y un enfriador de cerveza. No estaba en una de las principales calles con tiendas, pero era la única opción de los alrededores. Tomamos un par de Bahías, cada una costando alrededor de 33 centavos de dólar.

No sólo las cervezas eran baratas, sino que nos consideramos afortunados pues, para los venezolanos, la cerveza se había convertido en un lujo escaso. En Venezuela, desde seis meses antes, no había cerveza del todo. Así es ̶ se quedaron sin cervezas. Empresas Polar, que produce entre el 70 y el 80 por ciento de la cerveza de Venezuela, había cerrado todas sus cuatro cervecerías el abril pasado, cuando se quedaron sin cebada malteada.

Con mayor exactitud, la compañía se quedó sin las divisas necesarias para comprar la malta importada. La cebada no crece en el clima tropical de Venezuela. En una economía de mercado, Empresas Polar habría cambiado moneda doméstica en el mercado cambiario para comprar los ingredientes importados que necesitaba. Pero, los planificadores de Venezuela controlan el acceso a las divisas y no asignaron lo suficiente para que la empresa no importara la cebada necesaria.

El gobierno prefiere una explicación diferente: dice que el gerente de la Polar es un “ladrón y un traidor,” quien está tratando de subvertir al régimen socialista.

Por más horrendo que pueda sonar una escasez de cerveza, eso ni siquiera se acerca a los peores problemas de Venezuela. Los venezolanos no sólo están sedientos. Están hambrientos. La mayoría de ellos no tiene acceso a mercados como aquellos de la vecina Colombia. Como resultado, en el 2016, tres cuartas partes de la población adulta de Venezuela había perdido un promedio de 19 libras. Caritas, una organización humanitaria católica, encontró que, entre niños de menos de 5 años de edad, más de un 11 por ciento sufría de mala nutrición entre moderada y severa. La situación tan sólo ha empeorado desde nuestra visita. Para el 2017, los venezolanos han perdido un promedio de 24 libras. Literalmente, las políticas socialistas de Venezuela están matando de hambre al país.

Dos meses después de nuestra visita, el ministerio de Salud reveló estadísticas que mostraban que la mortalidad infantil se había disparado en un 30 por ciento en el 2016. Pronto, el ministro que reveló esas estadísticas fue despedido. Eso fue todo para el artículo 83 de la Constitución de Venezuela, que declara que la “Salud es un derecho social fundamental y la responsabilidad del Estado, que lo garantizará como parte del derecho a la vida.” Aparentemente, con escribir en un papel que alguna cosa es un “derecho” no significa que eso se materialice mágicamente.

Muchos observadores creían que el predecesor de Maduro, el presidente Hugo Chávez, había creado la prosperidad con las políticas económicas socialistas. Lo que estos observadores no notaron fue que los altos precios del petróleo disfrazaban cómo sus políticas estaban destruyendo la economía del país. Los venezolanos estaban sentados sobre las mayores reservas de petróleo conocidas en todo el mundo, pero, aun así, la producción nacional de petróleo llegó a su nivel más bajo desde hacía 23 años. Las compañías petroleras nacionalizadas no les habían dado mantenimiento a sus tuberías y refinerías, pues no existía el incentivo de las ganancias para hacerlo así.

Kevin Grier, un economista de Texas Tech, es coautor de un estudio que comparó el desempeño de la economía venezolana durante el alza del petróleo, versus las economías de países similares, pero no socialistas. Encontró que la economía de Venezuela mejoraba, pero menos que aquellas de los otros países; de hecho, si Venezuela no hubiera seguido las políticas socialistas, los ingresos de los venezolanos podrían haber sido posiblemente un 20 o un 30 por ciento más altos. Los elevados precios del petróleo escondieron el hecho de que Venezuela se estaba rezagando económicamente comparada con sus vecinos y apenas manteniendo el ritmo en lo que trata de pobreza y mortalidad infantil. Una vez que los precios del petróleo cayeron, se cayó la máscara.

Así que, con una producción que se hunde y con ingresos por petróleo secándose, ¿de dónde está obteniendo su dinero el gobierno venezolano? Esa es fácil: Está poniendo a correr las imprentas y usted no tiene que ser un economista para saber que el resultado es la inflación. Cada año los precios crecen más y más rápido ̶ en el 2008 la inflación superó al 30 por ciento y más recientemente se estimó en 18.000 por ciento en marzo y abril del 2018. Es casi imposible medir adecuadamente la inflación en un país con esas escaseces masivas y precios controlados.

La hiperinflación es una de las cosas más destructoras que un gobierno puede hacerle a una economía. Destruye las hojas de los balances de los bancos y los de otros prestamistas, lo que ocasiona que pedir prestado y prestar se detenga por completo. Virtualmente cada casa, fábrica y negocio que usted haya visto, fue creado con fondos pedidos prestados y, bancos que fracasan, significa que no habrá nuevas casas, fábricas o negocios. La inflación erosiona los ahorros, destruye la habilidad de la gente para hacer planes a largo plazo, y hace que la economía entera sea una carrera para gastar el dinero tan rápido como sea posible, antes de que pierda su valor.

Durante gran parte del 2017, el sucesor de Chávez, el presidente Nicolás Maduro, tuvo una tasa de aprobación que oscilaba entre un 20 y un 30 por ciento; abundaban las protestas contra el gobierno. Pero, Maduro fue reelecto en el 2018, en medio de, como lo puso The New York Times , una “desilusión extendida,” con “más de la mitad de votantes que no sufragaron” y con los críticos alegando que la elección estaba “fuertemente amañada.”

Eso no debería sorprenderlo. La libertad política no puede sobrevivir sin un alto grado de libertad económica. En su libro de 1944, The Road to Serfdom [Camino de Servidumbre], Friedrich Hayek afirmó que una economía capitalista era necesaria para mantener la democracia y que, una vez que el país llega a ser “dominado por el credo colectivista, la democracia inevitablemente se destruirá a sí misma.”

Los sistemas económicos planificados centralmente concentran el poder económico en manos de los planificadores del gobierno, quienes pueden penalizar a quien disiente por medio de sus edictos económicos. Esto es exactamente lo que ha sucedido en Venezuela, en donde empleados del estado fueron despedidos por firmar una petición demandando que Maduro fuera destituido. En el 2017, Maduro ordenó una elección especial para una Asamblea Constituyente que pudiera reescribir la constitución y darle un poder aún mayor.

En tanto que la oposición pidió que hubiera un boicot electoral, de nuevo, el gobierno amenazó a empleados del estado para que apoyaran a Maduro o serían despedidos. Según Reuters, el vicepresidente de la compañía petrolera del estado, Petróleos de Venezuela, les dijo a sus empleados que, cualquier “gerente, superintendente y supervisor que tratara de bloquear la Asamblea Constituyente, que no vota o que su equipo no vota, debe dejar su trabajo el lunes.”

Durante la elección presidencial del 2018, el gobierno prohibió los partidos más grandes de la oposición, reprimió violentamente las protestas antigubernamentales y trasladó la elección para siete meses después, para así obstaculizar a quienes le desafiaban. Muchos votantes fueron directamente desde los centros de votación hacia los “Puntos Rojos” cercanos, en donde el gobierno chequeó sus documentos de identidad y les entregó raciones de alimentos ̶ esencialmente un soborno por su voto.

Hace menos de una década, Venezuela era ampliamente alabada como ejemplo exitoso del socialismo democrático. Pero, sus políticas socialistas fueron las que hicieron que su economía colapsara y, en última instancia, esas políticas también hicieron que la democracia colapsara.

Con nuestra última (más o menos) fría cerveza detrás nuestro, nos aventuramos entre la melé de compradores y le preguntamos a Julián si él nos podría cambiar nuestro dinero por algo de la moneda venezolana. Teníamos pocos pesos colombianos y él no estaba seguro si ellos aceptarían dólares. En unos quioscos había cambistas que parecían ser oficiales y docenas de intermediarios no oficiales recorrían las calles.

Bob [Lawson] caminó hacia un muchacho con un billete de $20 en la mano y gesticuló que a él le gustaría cambiarlo por bolívares. El muchacho le entregó una pila de un tamaño de 12 pulgadas de billetes de 100 bolívares, la denominación más alta en circulación en ese momento. Bob le dijo que si tenía billetes de menor cuantía y él se rio, rebuscó en su bolso y le entregó un par de paquetes de veintes y cincuentas. “¡Gratis!” se rio él.

Usted necesitaría pilas de bolívares de un tamaño de cinco pies para comprar algo que costara $100. Julián nos contó que en transacciones grandes ellos ni siquiera contaban los billetes. Simplemente los pesaban. De hecho, habíamos notado que parecía que algunos venezolanos traían valijas pesadas al ingresar a Colombia. De pronto, nos dimos cuenta que las maletas que venían estaban llenas de dinero en efectivo.

Pensamos en llevar la pila de billetes casi sin valor a un club de striptease en Cúcuta para “hacer una lluvia de ellos,” pero decidimos que enojar a las bailarinas de striptease no sería muy prudente. Al fin de cuentas, optamos por hacer una pequeña lucha contra la inflación venezolana, sacando de circulación al dinero y llevar la pila de billetes de regreso a casa como souvenirs.

Al caminar hacia la fila de taxis amarillos que esperaba para llevar a Cúcuta a los venezolanos más ricos y a nosotros, Bob le preguntó a alguien que pasaba “¿Por qué vienes aquí?”

Él miró al otro lado del puente que acababa de cruzar y simplemente murmuró acerca de la patria de la cual acababa de salir, “No hay nada allí.”


ROBERT A. LAWSON está dotado con la Silla del Centenario Jerome M. Fullinwider de Libertad Económica en la Southern Methodist University y es director del Centro O’Neil de Mercados Globales y de Libertad en la Escuela Cox de Negocios en la Southern Methodist University.

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