El temor y el miedo a la muerte son el mayor virus

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Leer este verano del 2020 el libro del 2018 de Hans Rosling Factfulness [existe una versión del libro en español con ese mismo nombre], crea una sensación de surrealismo que habría estado ausente si hubiera leído este volumen en el 2018 o en el 2019. Casi en cada página de Factfulness, Rosling degrada el mito popular de que nosotros, los habitantes de la modernidad, encaramos calamidades inminentes que nos destruirán a nosotros y a la tierra. La diseminación de temores -como de sobrepoblación, de terrorismo y de los ricos haciéndose cada vez más ricos mientras que los pobres se estancan- se revela metódicamente que son o bien totalmente injustificadas o exorbitantemente exageradas.

Pero, hoy, en medio de las cuarentenas vigentes y sin una luz al final del túnel en esta histeria acerca del COVID, he perdido todo el optimismo natural que, por mucho tiempo, ha estado dentro de mí y que, de otra forma, se habría robustecido por el espléndido trabajo de Rosling.

A MARTILLAZOS

La imagen que sigue llegando a mi mente es la de un martillo. Con fuerza bruta, un instrumento tosco y pesado fue golpeado contra la sociedad por el estado. Los martillos aplastan. Demuelen. Esa es su única función. Ellos no construyen. En el tanto en que el temible peso de este martillo en particular -el golpazo que es la cuarentena por el COVID-19- continúe presionando las ruinas que ha causado, hay poca oportunidad para que la creatividad humana y el esfuerzo humano sean liberados por los mercados, para lograr el tipo de progresos que Rosling documenta.

¿Se recuperará la humanidad? Una vez que el martillo se quite, ¿Nos levantaremos, desempolvaremos y subiremos de regreso por la ruta feliz en la que estábamos antes del marzo del 2020? Por supuesto, eso es posible. Pero, hay una realidad novedosa que hace que una continuación renovada del progreso pre COVID sea mucho menos posible de lograr: el propio martillo.

Cuando ese martillo nos sea quitado, no lo será por mucho tiempo. Ahora sabemos que el horrendo martillo está allí, asomando su cabeza. Tenemos una buena razón para preocuparnos pues es posible que los funcionarios gubernamentales vuelvan a golpearnos con él, cuando emerjan y den lugar a noticias otros patógenos transmisibles ̶ inevitablemente habrá otros patógenos, pues los patógenos virales han sido parte de la existencia humana desde su inicio. ¿Cómo cambiarán el empresariado y la inversión con esta amenaza omnipresente del martillazo que nos aplasta? Ciertamente, serán mucho menos atractivas las vías para la creación, financiamiento y operación por las que los individuos entran en contacto físico entre sí ̶ ya sea para recrearse o trabajar.

Más generalmente, la voluntad recientemente demostrada de funcionarios gubernamentales por destruir, con sólo unas pocas órdenes ejecutivas, cientos de millones de millones de valor del capital, no puede sino presionar a los empresarios e inversionistas hacia la inactividad. ¿Para qué construir, o construir en grande, cuando algún pomposo gobernador o alcalde -alguien cuya única “habilidad” y deseo más intenso es ejercitar el poder sobre sus congéneres- puede, con una simple firma, dar un martillazo y hacer papilla los frutos de años de un trabajo y sacrificio duros?

Y ¿cómo se verán afectados aquellos en el poder -y aquellos que lo buscan- ante la visualización de tanta gente con voluntad tímida, siendo ordenada por el estado que se quede arrestada en la casa? ¿Supieron, a mediados de marzo, los ministros, gobernadores y alcaldes qué tan fácil sería para ellos arrear a millones del resto de nosotros, lejos de las actividades que hemos disfrutado los humanos durante generaciones? ¿Se daban cuenta aquellos funcionarios de su poder para convencer a tanta gente bajo su comando, de que cada individuo constituye una amenaza ponzoñosa para cualquier otro individuo?

Para prosperar, nosotros, los seres humanos debemos cooperar en producir -Adam Smith llamó a eso la división del trabajo- y comerciar extensamente. La mayoría de tales actividades requieren un contacto cara a cara entre individuos, los que se ven entre sí como socios en la cooperación y el intercambio, en vez de ser portadores amenazantes de muerte. Y, para disfrutar de lo que producimos, también, se requiere de contacto cara a cara, pues somos una especie social.

En posesión de un poder dictatorial, desconocido tan sólo hace unos pocos meses, los funcionarios gubernamentales -grupo que no merece mucha de nuestra confianza incluso en los mejores tiempos (a group undeserving of much trust even in the best of times)- no huirán del ejercicio de sus poderes recién descubiertos. Los resultados serán desagradables.

ATENTOS ANTE EL TEMOR

Irónicamente, en su libro que levanta el ánimo, el propio Hans Rosling, sin proponérselo, ofrece una justificación para mi pesimismo. Él lo hace en un capítulo titulado “El Instinto del Miedo.” He aquí un párrafo clave:

“Cuando tenemos miedo, no vemos con claridad. …El pensamiento crítico siempre es difícil, pero es casi imposible cuando tenemos miedo. No hay espacio para los hechos cuando nuestras mentes están ocupadas por el miedo.”

La realidad innegable significa que la gente con temor es gente que posiblemente valorará poco, con mucha racionalidad, los pros y los contras de las políticas gubernamentales. Y, entre mayor es el temor, menos puede la gente detectar y resistir la extralimitación del gobierno.
¿Quién es tan ingenuo como para negar que esta realidad les brinda fuertes incentivos a los funcionarios del gobierno para suscitar el miedo?La gente que busca posiciones de poder político, por lo general, son gente que, por esa misma búsqueda, revela estar especialmente ansiosa por ejercer el poder sobre sus congéneres. Y así, entre más crece el poder para el estado, a partir de mayor temor en la gente, los funcionarios de gobierno tienen todo incentivo para exagerar los peligros reales e inventar peligros falsos.

El resultado es un círculo vicioso. La posesión de poder incluye una habilidad desproporcionadamente grande para suscitar temor y, ese temor así suscitado, crea más poder.

Todavía más, las ideas de Rosling acerca de los medios implican que ellos contribuyen al círculo vicioso. Aquí, de nuevo, está Rosling:
“[T]odos tenemos un escudo o un filtro de la atención entre el mundo y nuestro cerebro. Este filtro de la atención nos protege contra el ruido del mundo; sin él, el bombardeo continuo de tanta información nos dejaría sobrecargados y paralizados. …La mayor parte de la información no lo atraviesa, pero los agujeros [en nuestro filtro de la atención] dejan pasar información que resulta atractiva a nuestros instintos dramáticos. De modo que acabamos prestando atención a la información que se ajusta a nuestros instintos dramáticos e ignorando información que no lo hace.

Los medios no pueden perder el tiempo en historias que no pasarán nuestros filtros de la atención.

He aquí un par de encabezados de los medios que no pasarán más allá del editor del periódico, pues es poco probable que pasen a través de nuestros propios filtros: ‘LA MALARIA CONTINÚA DECLINANDO GRADUALMENTE,’ ‘METEORÓLOGOS PREDIJERON AYER CORRECTAMENTE QUE HOY HABRÁ UN CLIMA BENÉVOLO EN LONDRES.’ He aquí algunos temas que atraviesan fácilmente nuestros filtros: terremotos, guerra, refugiados, enfermedad, incendio, inundaciones, ataques de tiburones, atentados terroristas. Esos sucesos poco habituales son de mayor interés noticioso que los cotidianos.”

Un virus invisible es el alborotador perfecto para desplegarse como un monstruo existencial. Tal como un espíritu maligno, puede vivir, usualmente en silencio, dentro del pecho de cada uno de nosotros. Y así, si un número suficientemente grande de nosotros puede ser convencido de que el monstruo vil y no visto acecha en todos los demás, el temor diseminado resultante empodera a funcionarios del gobierno a hacer lo que funcionarios gubernamentales hacen mejor ̶ y que lo han hecho tan horriblemente durante los cinco meses pasados: destruir.

 

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