El temor a los robots

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Una mañana de cada semana participo en un programa de discusión en una estación de radio española que se especializa en asuntos económicos y de negocios. Poco antes de entrar al aire, escuchamos acerca de los eventos y estadísticas esperados para ese día, leídos por una nueva periodista de la empresa: Sarah Bot, un robot muy joven con una voz extraña. Por el momento, no me ha desplazado y quitado mi empleo.

Sé que utilizo constantemente a robots. Empiezo con el iPhone que me despierta en la mañana, luego leo los correos que recibo en mi laptop, persigo información que necesito para escribir mis cosas en la internet (después de todo, Wikipedia es medio manejada por robots), envío mi ‘copia’ a través del éter, por así decirlo, y leo el periódico en donde mi artículo será ‘impreso’ también allá lejos. Recuerdo cuando solía dictar mis artículos por vía telefónica a taquígrafas pacientes a un costo mayor que el que a mí se me pagaba por cada pieza. Aun así, como muchos otros, siento una vaga inquietud en lo que es todavía una invasión benigna de los robots.
LA LEY DE SAY

Para aliviar mis temores, me recuerdo a mí mismo, primeramente, la Ley de Say y, en segundo lugar, el destino de los caballos. Empecemos con Jean Baptiste Day (1767-1832). Fue un economista francés quien introdujo a Adam Smith ante la opinión pública francesa y a las clases educadas del continente europeo, cuya mayoría leía en francés en vez del inglés. Say nació en una familia protestante que se había refugiado en la ciudad suiza de Ginebra, huyendo de la persecución en Francia. La familia regresó a la ciudad textilera de Lyon, en donde nació Jean Baptiste. Siendo joven, fue enviado por su padre a Inglaterra para que viera con sus propios ojos cómo Inglaterra se estaba industrializando. No fue su única visita a la tierra del progreso económico. Más tarde en su vida conoció y se hizo amigo de los economistas más grandes de aquella época -David Ricardo, Thomas Malthus, James Mill y John Ramsay McCulloch- y corrigió y mejoró algunas de las teorías clásicas de la economía política inglesa. Publicó su exitoso libro Tratado de Economía Política en 1803. Napoleón le invitó a cenar para ver si lograba que él corrigiera algunos pasajes anti-proteccionistas y anti-estatistas del libro. Say, un republicano moderado y un defensor de la libertad individual, no le obedeció. En momentos diferentes de su vida, Say trató de meter su mano en negocios -banca, seguros, hilaturas de algodón y el azúcar- teniendo éxitos y fracasos como empresario. En 1828-29 publicó su ambicioso Course of Political Economy en no menos de seis volúmenes. Say hizo contribuciones notables a la economía. En teoría de precios, introdujo la utilidad dentro del lado de la demanda en la formación de los precios. Corrigió a Adam Smith al incluir los servicios en la definición de riqueza. Notablemente, introdujo la figura del empresario en la explicación del progreso económico. Finalmente, y en paralelo con James Mill, codificó lo que se conoce como la ‘Lay de Say’, a la cual me dedico ahora con esperanza y consolación en un mundo rodeado de robots. [1]

Uno de los temores provocados por los robots es que la producción de la economía se incrementará tanto que la demanda no será suficiente para absorberla, especialmente si la gente queda desempleada debido a la competencia de los no humanos. ¿Podría esto provocar una superabundancia generalizada de todo el sistema? ¿Habría entonces una crisis de sobreproducción, lo cual causará más desempleo? Lo que la Ley de Say define es el hecho propio de que llevar más productos al mercado equivale a demandar en cambio más bienes. En el caso de una sobreproducción, la economía tenderá a regresar al equilibrio si los precios ofrecidos son flexibles y se les permite que disminuyan. Esto puede tomar tiempo, pues la alarma causada por precios en declinación puede conducir a un período de almacenar el dinero. En el largo plazo, no obstante y tal como Ricardo lo dijo, “no hay límite para la demanda,” sorprendiendo e incluso escandalizando, aun cuando lo contrario le puede sonar a gente que odia la civilización consumista. Toda la idea fue resumida por Say en la siguiente frase: “La oferta crea su propia demanda”. [2]
PRODUCCIÓN DESPROPORCIONADA

Say y sus compañeros clásicos por supuesto aceptaron que temporalmente podría haber una producción en exceso en una industria y escasez en otra, cuyos productos eran más demandados. Este sería el caso con avances tecnológicos pioneros, tales como máquinas a vapor para desgranar o marcos mecánicos de tejido, a principios del siglo XIX (o robots hoy en día). Aunque no sean conducentes directamente a un sub-consumo generalizado, esos avances durante cierto tiempo traen un desempleo tecnológico al inicio, al ser los trabajadores desplazados por los nuevos y más productivos métodos o por el libre comercio. Lo que se denomina “capital hundido” asimismo puede verse afectado, de forma que también puede existir resistencia de parte de los dueños del capital o de la tierra, puestos en peligro ante cambios en la oferta, debido a métodos productivos nuevos o por el comercio.

Las revueltas de trabajadores que vieron caer sus salarios debido a la competencia de nuevas máquinas son ahora una parte de la historia social del capitalismo. En los años de alrededor de 1810, los veranos fueron sumamente húmedos en Inglaterra, lo cual afectó las cosechas. Asimismo, el bloqueo general a Gran Bretaña decretado por Napoleón en Berlín y Milán en 1806 y 1807, aceleró la importación de grano e hizo que el pan fuera insólitamente caro. Los salarios que se obtuvieron al desgranar el trigo entre noviembre y febrero en Inglaterra, dieron empleo durante los austeros meses del invierno. La hostilidad hacia las máquinas trilladoras de última moda estalló en una epidemia de destrucción de maquinarias, por masas supuestamente dirigidas por un legendario ‘Capitán Ludd’ –de aquí el nombre de ‘Luditas’ aplicado a trabajadores que querían detener la competencia de la nueva maquinaria. Un movimiento de rechazo apareció en el verano de 1830, llamado las “Cartas de Swing”. De nuevo, las épocas eran duras en los hambrientos años treinta. Era una época de confusión política con la campaña para reformar al Parlamento y la Revolución en Francia. Los terratenientes a quienes se les conocía por usar máquinas trilladoras en condados del Sur de Inglaterra, recibieron cartas firmadas por un tal Capitán Swing, amenazándoles con quebrar las trilladoras y demandando salarios más altos.

Este no fue el único ejemplo de una fuerte competencia tecnológica sufrida por trabajadores manuales. Hacia 1830, la forma de vida de unos 400.000 trabajadores de los telares manuales estaba siendo amenazada por telares movidos por energía mecánica y por máquinas para tejer en las hilanderías de algodón. Aquellos tejedores estaban formados por familias enteras, quienes trabajaban en sus hogares para mercaderes que ‘extinguieron’ el empleo a tasas crecientemente abusivas, dada la productividad más alta de las grandes fábricas. Llovieron las peticiones al Parlamento. Hacia 1840 el número de tejedores manuales se había reducido a 100.000, principalmente especializados en fábricas de seda y de las telas más caras. Acudir a la Ley de Pobres de 1834 se sintió que era un remedio irrisorio, dado que las Casas de Pobres estaban organizadas bajo el principio de que sus estándares deberían ser menos atractivos que el empleo peor pagado. Se formó una Comisión Real para examinar los pedidos de estos trabajadores, presidida por el economista Nassau William Senior. Afamado por su entendimiento de la productividad rápidamente creciente del sistema fabril, cuando otros economistas clásicos vieron a Inglaterra “a un pelo de convertirse en un estado estacionario,” Senior vio que no había mucho que se pudiera hacer. La erosión tenía un precio humano, pero al final de cuentas la única respuesta era tener una puerta abierta para el cambio tecnológico radical. Es de esta forma cómo los hambrientos años de 1830 y 1840 se convirtieron en la más próspera segunda mitad del siglo XIX –ayudados por la decisión de Robert Peel en 1844 de revocar las Leyes del Maíz. La red de seguridad social de hoy en día es mucho más confortable que las casas de pobres Dickensianas. Las oportunidades de un empleo lucrativo son mucho mayores.

¿QUÉ PASÓ CON LOS CABALLOS DE FUERZA? 

Cuando digo que el apuro de los caballos de trabajo me brinda alguna consolación, al pensar en torno a los efectos posibles de los robots sobre el empleo, no doy a entender que menosprecio la gran contribución que a través de los siglos han dado a los esfuerzos productivos o destructivos de la humanidad. Fueron usados para el transporte pacífico. También, en todas las guerras hasta mediados del siglo XX, se usaron y sacrificaron animales para la carga en los campos de batalla por sus dueños crueles y belicosos. Propiamente yo hice mi servicio militar en un regimiento montado, en donde aprendí a manejar a las amistosas bestias. En Hyde Park, en el centro de Londres, está el monumento más emotivo de los caballos, mulas y burros abusados por todos los ejércitos en la historia. Cualquiera que visite Londres debería tomar su tiempo para detenerse ante él.

Lo que quiero dar a entender, al ligar el caso de humanos amenazados por los robots con aquellos de los caballos desplazados por la máquina de combustión interna, es que ahí tiene usted un ejemplo de destrucción de empleos por el avance tecnológico. El punto que quiero enfatizar es que los caballos no pudieron y no lograron aprender a manejar autos y camiones. Nosotros los hombres y las mujeres podemos aprender nuevos oficios, si bien con alguna dificultad al irnos envejeciendo. Los luditas son un peligro para la misma gente que se quiere ayudar, debido a que, al final de la jornada, prevalecerá el progreso.

LOS BENEFICIOS DEL CRECIMIENTO SOBRE EL INDIVIDUO

Aquí está el meollo del asunto. El avance tecnológico permite el crecimiento. El uso creciente de robots no es sino una continuación de la historia de un capitalismo triunfante. Los países que llamamos Occidente han experimentado dos siglos singulares e inesperados de crecimiento que está sacando a la población entera de la pobreza y dándole prosperidad como nunca antes en la historia. Ahora el resto del mundo se está uniendo al viaje, el cual nosotros esperamos que dure. Han existido períodos de crecimiento en la historia que no se extendieron a la población entera del mundo y terminaron en la ruina. Los ejemplos que vienen a la mente son aquellos de Mesopotamia, Egipto, Roma, China y los imperios aztecas e inca en América. En todos ellos la llama del crecimiento se murió o fue sofocada por el desastre militar. Sin embargo, algo muy diferente ocurrió en Gran Bretaña alrededor del inicio del siglo XIX y que luego se extendió a la Europa continental y a América. La productividad aumentó a pasos agigantados y ni siquiera la detuvieron dos guerras mundiales.

Es difícil de medir precisamente el tamaño de estos desarrollos en su capacidad para producir más con menos. William Nordhaus, cuyo primer merecimiento a la fama del público en general fue su autoría conjunta con Paul Samuelson de las últimas ediciones de Economía, el libro de texto que ha sido el rito de iniciación de tantos dentro de la reina de las ciencias sociales, más recientemente se ha convertido en uno de los sumos sacerdotes de la nueva religión del cambio climático. Cualesquiera sean los desacuerdos que uno puede tener con aquel texto y con esta alarma, es un destacado economista profesional. Quiero llamar la atención a la forma impactante en que él ha presentado el crecimiento de los salarios reales desde 1800. Para calcular los salarios reales él tiene que tomar los salarios nominales y deflactarlos por un índice de precios. Él encuentra mucho que criticarles a los índices de precios utilizados normalmente para hacer este cálculo. Muestra que los incrementos en los precios a lo largo de los años son muy exagerados, al no tomar en cuenta adecuadamente las mejoras en la calidad de los bienes debido al progreso tecnológico. El caso que él emplea es el de la iluminación. Los precios por “lumen” (la medida de intensidad de la luz) han caído mucho más rápidamente que lo que muestran los índices ordinarios de precios. Si se aplicara el mismo método que él usa para medir el verdadero precio de la luz al consumo en general (a fin de tomar en cuenta la mejoría increíble en los bienes y servicios durante los últimos cien años), entonces, el verdadero crecimiento económico resultaría ser mucho más grande en los Estados Unidos y en Europa Occidental, que el que normalmente se piensa. “En términos de los estándares de vida, el crecimiento convencional de los salarios reales ha sido de un factor de 13 durante el período 1800-1992.” Si se corrigiera el sesgo hacia la baja, tal como piensa Nordhaus, debería estar en las líneas del costo de la iluminación, “los salarios reales han crecido por un factor de 970.” ¡Enorme crecimiento! [3]

Permítanme mostrar un gráfico que he utilizado en una columna previa, pues proviene de una pluma tan respetada como la de Angus Maddison. Muestra el súbito incremento en la producción per cápita en los Estados Unidos y en el Reino Unido alrededor de 1840. El ajuste por la inflación es de un tipo convencional: el alza en la productividad sería mucho mayor si se usara el método de Nordhaus.

Figure 1. GDP Per Cápita
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Note: A graph compiled from Angus Maddison’s data comparing the GDP per capita of a few major economies since 1700 AD.

Source: M Tracy Hunter: Own work, CC BY-SA 4.0,
https://commons.wikimedia.org/w/inde…curid=34088252

¿UN IMPUESTO A LOS ROBOTS?

Recientemente, el premio Nobel Robert J. Shiller ha tomado la idea, característicamente incubaba en el Parlamento Europeo, de que se podría imponer un gravamen moderado sobre los robots a fin de poner un freno al uso de robots. Este impuesto “moderaría la adopción de tecnologías perturbadoras”. Él parece estar preocupado por los efectos de los robots de aumentar la desigualdad y considera que el impuesto “estaría de acuerdo con nuestro sentido natural de justicia”. El producto del impuesto podría entonces ser usado para financiar un fondo de seguro para ayudar a trabajadores desplazados que requieren de tiempo para variar su oficio. El profesor Shiller parece ser otro de esos laureados con el Nobel quienes hablan fuera de su campo de especialidad, que en este caso es economía de las finanzas, y no de crecimiento económico. [4]

Lo que Shiller no hace es destacar el sacrificio que hay que hacer entre progreso técnico y regulación contraria al mercado. En sus pronunciamientos futuros en favor del impuesto a los robots, él debería poner alguna atención a las preocupaciones generalmente expresadas acerca de la tendencia de crecimiento económico en los Estados Unidos y el resto del mundo occidental, especialmente en Europa. Recientemente observé una conversación TED [Nota del traductor: TED son las siglas de Tecnología, Entretenimiento y Diseño, un conjunto de conferencias sin fines de lucro dedicada a “ideas que son dignas de difundir] brindada por el profesor Robert J. Gordon de la Universidad Northwestern. [5] Tal como lo ha estado haciendo durante un número de años, a él le preocupa la caída en el largo plazo de la tasa de crecimiento de la economía de los Estados Unidos y de la economía mundial, debido a la carencia de grandes innovaciones técnicas. Él nos mostró cuadros de innovaciones trasformadoras en los siglos XIX y XX que, dice él, ya no están dándose -inodoros, artefactos eléctricos tales como lavadoras y refrigeradoras, la máquina de combustión interna, aeroplanos o teléfonos- pero él no mostró a los robots. Puede que el profesor Gordon esté en lo correcto al descontar a los robots y a la inteligencia artificial como máquinas de crecimiento, si los parecidos al profesor Shiller consiguen lo que quieren. ¡Todos luditas!


NOTAS AL PIE DE PÁGINA
[1] Ver la tesis doctoral de Thomas Sowell, Say’s Law. An Historical Analysis. Princeton University Press, 1972.
[2] Uno no podría pensar de un punto de vista más en contra de la idea keynesiana de que el problema macroeconómico principal en una recesión es un fracaso de la demanda agregada. Crisis ocasionadas por un fracaso de una inversión efectuada de manera incorrecta súbitamente reveladas por un cambio técnico, son caracterizadas por un hambre general de efectivo o por un almacenamiento de dinero. El crecimiento capitalista es inevitablemente cíclico. Puede ser hecho menos volátil tratando de mantener estable la oferta de dinero, tal como lo propuso Milton Friedman. Pero, este tema es para otra oportunidad.
[3] William D. Nordhaus: “Do Real Output and Real Wages Measures Capture Reality? The History of Lighting Suggests Not.” NBER. Archivo en PDF.
[4] Robert J. Shiller: “Why robots should be taxed if they take people’s jobs”The Guardian, 27 de marzo del 2017.
[5] Robert J. Gordon, “The death of innovation, the end of growth”. TED 2013.


Traducción por Jorge Corrales.

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