El ‘sofisma patético’, el arma del silencio y la aceptación ciega

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Hoy, con regularidad, observo con seria preocupación cómo la calidad de los debates públicos sobre temas que están la orden se ha ido erosionando en detrimento de la argucia, la razón, los hechos —y los datos empírico-analíticos que los respaldan— y de aquellas verdades que hemos ido constatando y testando, a favor del idealismo ingenuo, el irracionalismo, el relativismo moral y la emoción la como factor de convencimiento. Esta última es la que me interesa.

Los debates se ven hoy seriamente amenazados por personas cuya imposibilidad para argumentar es manifiesta, pero que, sin embargo, se han mostrado sagaces a la hora de emplear artilugios retóricos para camuflar la verborrea de sentencias espurias, contradictorias y falaces para no sólo hacerlas pasar por válidas, sino que, además, para posicionarse con cierto influjo de superioridad moral frente aquello que dicen defender.

No cabe duda: es un hecho que todas las voces hoy pueden escucharse con una mayor facilidad, pues el acceso a medios de comunicación y redes sociales permiten que cada vez más, aquellos que antaño no tuvieron voz visible, se expresen con facilidad sus puntos de vista y visiones del mundo, entre todas las que evidentemente se van a contraponer o, por sus similitudes, van a hacer sinergia en caso de encontrarse. A partir de este hecho, entonces, surgen varias propuestas que intentar visibilizar y reivindicar ciertas causas que hoy trascienden toda frontera.

La explosión polifónicas de identidades, valores, principios, medios y metas finales que se confunden en una vorágine que se actualiza cada segundo enriquecen los debates que giran en torno a determinado tema específico pero que, obstante, también logran posicionar radicalmente —yo diría que fanática y dogmáticamente; sin ningún tipo de cuestionamiento crítico— a las personas frente a un tema o tópico que poco conocen en realidad.

La trincheras sociales y políticas hoy están a la orden del día, más cuando se trata de coyunturas polémicas o críticas; surgen entonces temas que nos atañen como sociedad que difícilmente podemos discutir sin que algunos se opongan con vehemencia y opten, como es ya habitual, por la censura y la proscripción de quienes no comparten sus mismos diagnósticos y preocupaciones.

El llamado ‘sofisma patético’ empleado masivamente en discusiones, debates y conversaciones cotidianas, es tan sólo uno de los síntomas de la fractura y distorsión de lo real por parte de quienes ostentan sin ninguna la hegemonía de la opinión publicada y por parte de quienes definen lo que hoy es correcto y no se puede dudar

 El ‘sofisma patético’ es la falacia que con mayor efectividad puede movilizar voluntades. Como observa en su denominación, en el ‘sofisma patético’ no prima el Logos —razón—, sino el Pathos —sentimiento, afección—; su función se remite a la apelación directa y oportunista a los sentimientos y emociones de los interlocutores para convencerles. Resulta familiar, ¿verdad?

Pregunto lo de familiar porque los lectores de este artículo y seguidores de esta página saben qué sucede alrededor del tema de la «corrección política», censura sistemáticas en redes sociales y universidades de todo lo que diste del dogma progresista y «democrático», pánico moral y ostracismo social-virtual. Se sabe de sobra el momento que nos ha tocado vivir se caracteriza por un fuerte relativismo mal entendido y al al socavamiento de la rigurosidad y su quintaesencia: el argumento fundamentado, consecuente y racional que permite articular los hechos con sus causas y sus consecuencias.

Hoy en la conversación cotidiana espontánea, ya sea entre amigos o conocidos (ya no sólo en el debate (aunque con mayor descaro se emplea)), es frecuente escuchar frases como «es que te falta empatía, aprende a sentir con el otro» o, más típicas: «no puedes entenderlo porque no lo has vivido» y «eso que dices puede resultar ofensivo para cierto colectivo», «me decepcionaría si dijeras o pensaras lo contrario». Estas son algunas de las frases de cajón que se escuchan con frecuencia y que tienen algo en común: no se dirigen a la lógica de las razones, sino que exhortan a estar de acuerdo sin ningún tipo de cuestionamiento tocando —o al  menos ese es su efecto— las fibras sensibles del otro para que apruebe acríticamente lo que se ha dicho sin siquiera cuestionarlo en lo más mínimo.

En esta clave, no sólo no se da ningún tipo de razón para estar de acuerdo, sino que es que además es imposible: el razonamiento se ha nublado —la emoción y los sentimientos que rodean la premisa lo han hecho así— porque quien lo emite ha adquirido un estatus moral más elevado por el solo hecho de «ser empático»  o de simpatizar con la causa de su preferencia que a él/ella le parece que hay que atender, con lo cual cualquier contra-argumentación queda el acto invalidada y la conversación cerrada. A partir de esto,  ni existen premisas ni conclusión, ni ganas de argumentar. Precisamente, se trata de evitarlo.

 De esta manera, no estaríamos en todo caso ante una conversación, sino ante una asimétrica inquisición por parte de otro(s) que en todo caso asumiría (n) a priori no sólo el contenido de nuestros conocimientos, sino también nuestra posición afectiva que no iría en todo caso ligada a sus preocupaciones particulares.

El ‘sofisma patético’ es ante todo un arma retórica, sí; pero chapucera e irracional que se convierte en un insulto a la inteligencia de aquellos que adherimos primero a las razones, a los hechos y los datos que los respaldan para que, al menos, si éstos no convencen, puedan objetarse y así ampliarse la discusión, amena, respetuosa con la palabra y constructiva, en lugar de cerrarla de un sopetón bárbaro.

Con aquellas frases de cajón, el contenido dialógico de los enunciados comunicativos —si es que alguna vez los hubo— se convierten más bien en una especie de sentencias eclesiásticas o en una lección ético-moral para así, todo hay que decirlo, bajo esa maniobra, presentar motivos para que yo, como interlocutor, esté de acuerdo con tu postura, y de esta manera, además (¿por qué no?), me comprometa y sea mejor ser humano y logre, quizá, alcanzar el grado superior de moralidad de quien la emite. Esto último evidentemente me va a poner del lado de los buenos de la historia, en esa con frecuencia esgrimida lógica dialéctica-maniquea de la realidad.

Sin embargo apelar a la emoción no es una falacia per se; únicamente lo es cuando la emoción es lo único que aduce como contenido y no se debe confundir el sofisma Patético con la falacia Ad Misericordiam, que consiste en apelar a la piedad para lograr el asentimiento cuando se carece de argumentos. Se trata, en definitiva, de forzar al adversario/interlocutor jugando con su compasión (o la del público), no para complementar las razones de una opinión, sino para sustituirlas.

Uno apela a la irracionalidad de la emoción y la pasión cuando sabe que los motivos racionales y analíticos de sus argumentos son débiles (máxime cuando el interlocutor contrario es alguien  con los ataques y las defensas argumentativas muy bien estructuradas).

¿Por qué molestarse en construir una argumentación convincente, estructurada, precavida, si podemos interesar a a otros o al público de manera más directa, más fácil y más eficaz excitando sus emociones? Porque es peligroso y abre la puerta a toda suerte de irracionalidades y pasiones irreflexivas; porque las emociones se enfrían tan pronto como termina la función; porque podemos ser refutados con facilidad; porque nuestro prestigio correrá un peligro permanente.

Ocurre aquí como con todas las trampas: el que a veces salgan bien no las hace recomendables. ¿Y si la urgencia u otras circunstancias aconsejan apelar directamente a los sentimientos? Adelante con ellos. Al menos sabremos que estamos fomentando emocionalmente algo que, llegado el momento, podríamos sostener con la razón.Y como es habitual, ¿Quiénes son los que mejor se sirven de estos artilugios? Exacto: los políticos y, con mayor ahínco, los demagogos; quien no está cauto al contenido racional fundamental del mensaje está expuesto a su contenido emocional y pasional que a través de un efecto dominó acaba contagiando a todos aquellos que esperan respuestas y soluciones fáciles a cuestiones y coyunturas hipercomplejas siempre usando políticamente, además, la miseria de los menos afortunados.

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Estudiante de antropología y psicología
Liberal y a ratos anarquista filosófico.

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