Barry Brownstein octubre 18, 2018

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¿Cómo es posible insistir en que el próximo régimen socialista será diferente?

Algunos consideran que el capitalismo deshumaniza a los individuos (capitalism dehumanizes individuals). Otros afirman que la historia de Horacio Alger es un mito (Horatio Alger stories are a myth), [Nota del traductor: Horatio Alger, escritor estadounidense, quien escribió novelas acerca de cómo los jóvenes, mediante el trabajo duro, podían salir de la pobreza], al creer que los individuos disponen de poca movilidad económica y social bajo el capitalismo y que no pueden levantarse por encima de las circunstancias en que nacieron.

Si usted cree que el capitalismo hace un trabajo peor que el socialismo en lo referente a la movilidad social y económica y que el socialismo trata a las personas más humanamente, por favor, pase algún tiempo en un país colectivista, como Corea del Norte, y nos lo cuenta al regreso.

En mi ensayo, “Bajo el capitalismo la gente es menos egoísta,” (“People Are Less Selfish Under Capitalism,”) exploro por qué el individualismo y el libre comercio hacen que la gente sea más altruista y más confiable. La otra cara de este asunto revela cómo y por qué el colectivismo deshumaniza a los individuos.

LAS SOCIEDADES COLECTIVISTAS SE MANTIENEN UNIDAS POR EL ODIO

En El Verdadero Creyente: Sobre el fanatismo y los movimientos sociales (The True Believer), un libro fundamental acerca de los movimientos masivos, del filósofo social Eric Hoffer, él escribe: “Los movimientos masivos pueden surgir y expandirse sin la creencia en un Dios, pero nunca sin la creencia en un demonio. Usualmente, la fuerza de un movimiento masivo es proporcional a la vivacidad y materialidad de su demonio.”

Hoffer relata la historia “de una misión japonesa que llegó a Berlín en 1932 para estudiar al movimiento nacionalsocialista.” El periodista británico Frederick Voigt “le preguntó a un miembro de la misión qué pensaba él del movimiento.”

Demostrando la necesidad de tener un “demonio” tangible, respondió el miembro, “Es magnífico. Deseo que pudiéramos tener algo como eso en Japón, solo que no podemos, porque no tenemos judíos.”

Sin agitar algún odio primitivo, poniendo un “nosotros” contra “ellos,” no puede existir una lealtad inquebrantable de la población, cuando un movimiento masivo fracasa en cumplir con sus promesas.

Cuando el socialismo inevitablemente falla, las élites gobernantes tienen que desviar la atención de la población hacia un chivo expiatorio. Alguien o algún grupo diferente del liderazgo político necesita ser culpado.

Cuando los seres humanos no son consumidos por pensamientos de diferencias y odio, naturalmente se conectan con la humanidad de los otros. La observación (observes) la hace el profesor de psicología Nour Kteily, “Tenemos esta increíble capacidad para la cooperación; es lo que en muchas formas nos hace humanos. Y, a la vez, tenemos esta capacidad para la otredad.”

El odio empieza cuando deshumanizamos a otros. Amontonamos a los individuos en un grupo homogéneo único. Este otro grupo se convierte en el objetivo del odio, cuando creemos que “yo estoy sufriendo por culpa de ellos.”

La profesora de filosofía, Michelle Maiese, brinda una idea (insight) de cómo la otredad conduce a la desindividualización, lo cual conduce a la deshumanización y abre un vacío moral para justificar hacer daño a otros:

“Asimismo, la desindividualización facilita la deshumanización. Este es el proceso psicológico por el cual una persona es vista como un miembro de una categoría o grupo, en vez de ser vista como un individuo. Debido a que la persona que está desindividualizada parece ser menos que plenamente humana, son vislumbradas como menos protegidas contra la agresión por las normas sociales, en contraste con las que son individualizadas. Entonces, se facilita racionalizar las acciones contenciosas o acciones severas que se toman contra los oponentes de uno.

Una vez que ciertos grupos son estigmatizados como malvados, moralmente inferiores y no plenamente humanos, la persecución de estos grupos se hace psicológicamente más aceptable. Empiezan a desaparecer las limitaciones contra la agresión y la violencia. No es sorprendente que la deshumanización incrementa la posibilidad de violencia y que pueda causar un conflicto que se escapa fuera de control. Una vez que se ha presentado una ruptura violenta, puede incluso parecer más aceptable que la gente haga cosas que ellos habrían considerado previamente como moralmente impensables.”

Los nazis retrataron a los judíos como ratas. Funcionarios hutus en Ruanda llamaron cucarachas a los tutsis. Despojados de su humanidad, los judíos y los tutsis fueron víctima del genocidio.

Como los japoneses, los norcoreanos no tienen judíos, pero los norcoreanos han convertido a los estadounidenses en un “demonio”–y a mucha de su propia población.

La desertora norcoreana Hyeonseo Lee creció pensando que su país “era la nación más grande del mundo.” En su libro, The Girl With Seven Names, Lee explica como a ella se le enseñó que “los niños surcoreanos estaban vestidos haraposamente” y que “escarbaban por comida en montones de basura y sufrían con la crueldad sádica de los soldados estadounidenses, quienes los usaban para sus prácticas de tiro al blanco, les atropellaban con sus jeeps o hacían que ellos les limpiaran sus botas.” El maestro de Lee les mostró “caricaturas con niños descalzos, pidiendo dinero en el invierno.”

Aquellos en Corea del Norte sufren carencias inimaginables y no se dan cuenta cuán mejor es el resto del mundo. La casa de horrores que es Corea del Norte se mantiene unida por la fuerza bruta, una propaganda incansable y un odio indoctrinado.

Al igual que Hyeonseo Lee, Yeonmi Park es un desertor de Corea del Norte. En su libro, In Order to Live, Park narra acerca de escolares de Corea del Norte, quienes aprenden aritmética contando el número de los “bastardos estadounidenses” muertos.

No obstante, despertar el odio contra los estadounidenses no es suficiente para mantener a los Kim en el poder en Corea del Norte. Pocos norcoreanos se encontrarán alguna vez con un estadounidense.

Tristemente, el mayor odio de las élites gobernantes de Corea del Norte está reservado para su propia gente, cuando su lealtad hacia el estado se juzga como menos que absoluta. De acuerdo (According) con el blog NK Hidden Gulag, un proyecto apoyado por el Comité sobre Derechos Humanos de Corea del Norte, esta clase de ciudadanos supuestamente esconden “actitudes o asociaciones contrarrevolucionarias, incluyendo ser culpables de lo que el experto en el gulag norcoreano, David Hawk, describe como ‘cometer actos indebidos, pensar equivocadamente, conocer lo incorrecto, tener una asociación equivocada o ser de la clase inconveniente en sus antecedentes.’”
UN SISTEMA FEUDAL

La gente de Corea del Norte vive bajo un seongbun, un sistema rígido de clasificación social del cual no hay esperanza de escapar. Una vez clasificado, el único movimiento social posible es hacia abajo.

Todos los 23 millones de norcoreanos son clasificados en una de tres categorías: “leales, indecisos u hostiles.” Hyeonseo Lee describe el sistema del seongbun:

“Dentro de las tres amplias categorías existen cincuenta y un gradaciones de estatus, que van desde la familia Kim gobernante, en la parte superior, a los prisioneros políticos en el fondo, sin esperanza de que sean liberados.

La ironía es que el nuevo estado comunista había creado una jerarquía social más elaborada y estratificada que cualquier cosa vista en la época de los emperadores feudales. La gente en la clase hostil, que significa el 40 por ciento de la población, aprendió a no soñar. Fueron enviados a granjas y minas y a hacer el trabajo manual.”

Una característica esencial del seongbun es la doctrina de yeon-jwa-je para la penalización colectiva de los crímenes políticos. Como afirma el decreto yeon-jwa-je, emitido por Kim Il-sung en 1970, “La semilla de los facciosos o los enemigos de clase, quienquiera que sea, debe ser eliminada a través de tres generaciones.”

Lee describe cómo el Bowibu, la policía secreta de Corea del Norte, descansa en los vecinos para que “informen acerca de sus vecinos; en los niños para que espíen a otros niños; en trabajadores para que observen a los compañeros; y en la cabeza de la unidad del pueblo en el vecindario, el banjang, para que [conserve] un sistema de vigilancia organizada sobre cada familia en su unidad.”

La culpa colectiva, yeon-jwa-je, crea una población que vive en un estado de miedo y de paranoia.

Lee agrega que el “Bowibu no estaba interesado en los crímenes reales que afectaban a la gente, como el robo, que era abundante, o la corrupción, sino tan sólo en la deslealtad política, que, ante lo más mínimo, era suficiente para hacer que desapareciera una familia entera –abuelos, padres e hijos. Su casa sería acordonada, luego serían llevados en un camión por la noche y nunca jamás vueltos a ver.”

“Sentarse sobre un periódico que contenga el rostro de Kim” (“Sitting on a newspaper with a Kim’s face”) es un “crimen” que puede enviar a tres generaciones a los campos de concentración de Corea del Norte.

Se exige que la población venere a la dinastía Kim. Lee describe una manifestación de este culto:

“Toda nuestra vida familiar, comer, socializar y dormir, sucedía bajo los retratos [de los Kim]. Yo estaba creciendo bajo su mirada. Cuidar de ellos era la primera regla de cada familia. De hecho, ellos representaban una segunda familia, más sabia y más bondadosa incluso que nuestros propios padres. Ellos mostraban a nuestro Gran Líder, Kim Il-sung, quien fundó al país, y a su amado hijo, Kim Jong-il, el Amado Líder, quien algún día le sucedería. Sus rostros distantes, retocados, tenían un lugar de honor en nuestro hogar, y en todos los hogares. Colgaban como iconos en cada edificio en que yo entraba. Desde una temprana edad le ayudé a mi madre a limpiarlos. Usábamos una tela especial suplida por el gobierno, que no se podía usar en la limpieza de alguna otra cosa.”

Incansablemente, la propaganda norcoreana ha alegado que algunos dieron sus vidas para salvar los retratos “sagrados”:

“Cada año, en los medios se presentarán historias de héroes que salvan los retratos. Mis padres escucharían a la radio alabando a un abuelo quien vadeó aguas inundadas traicioneras, sosteniendo los retratos sobre su cabeza (él los habría salvado, pero perdió su propia vida en el intento) o verían una fotografía en el Rodong Sinmun, un periódico nacional, de una pareja sentada precariamente en el techo de tejas de su choza, después de un trágico deslizamiento de tierras, asida a los retratos sagrados. El periódico exhortó a todos los ciudadanos para que emularan el ejemplo de estos héroes de la vida real.”

He aquí la máxima deshumanización: Todo lo que en verdad importa (matters) en Corea del Norte, son las vidas de los Kims. “Incluso aquellos que se están muriendo de hambre… dijeron ´Estoy preocupado por la salud de Kim Jong Il, el líder. Su salud. Su seguridad.´”
NO HAY NADA QUE SEA EXLUSIVO DE COREA DEL NORTE

En el vasto sistema norcoreano de campos de concentración, los guardas de Corea del Norte tratan brutalmente a sus compatriotas norcoreanos. Indoctrinados en seongbun y en yeon-jwa-je, los guardias ven a los prisioneros como menos que humanos, los “otros” contrarrevolucionarios.

En su libro Long Road Home: Testimony of a North Korean Camp Survivor, Yong Kim ofrece un testimonio abrasador acerca de la brutalidad en los campos de concentración de Corea del Norte. Yong Kim es uno de los únicos sobrevivientes conocidos del campo No. 14. Young Kim detalla la difícil situación de los reclusos, obligados a trabajar 12 horas al día llevando a cabo un trabajo peligroso y duro, en tanto que reciben “tres puñados de granos de maíz, acompañados por un poco de sal gorda y un tazón de sopa aguada –una porción deliberadamente diseñada para hambrear a los prisioneros hasta llevarlos a una muerte lenta y terrible.”

Escribe Yong Kim, “Los prisioneros se encontraban más allá del punto de sentir hambre, de forma que sintieran un delirio constante. Pero, lo que realmente nos estaba matando era la tortura psicológica y emocional. No era permitido que miembros de una familia pudieran estar juntos.” (Recuerden que tres generaciones de norcoreanos eran puestas en prisión por crímenes políticos.)

Si usted cree que los horrores de Corea del Norte son una aberración, está equivocado. La historia muestra que los estados socialistas deshumanizan a los otros, agrupándolos en clases hostiles, como lo explica el profesor de la Universidad de California en Los Ángeles, Kim Suk-Young en su introducción a Long Road Home:

“Encontramos prácticas similares al seongbun norcoreano, las cuales marcaron a grupos sociales no deseados y los estigmatizaron permanentemente luego de la revolución socialista. Richard K. Carton expresa que ‘todos los ascensos a poder por los comunistas -en Polonia, Checoeslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Yugoeslavia y Albania- estuvieron acompañados de arrestos masivos, dirigidos primordialmente a la eliminación de la oposición. Algunos prisioneros fueron internados y otros fueron asignados a trabajos forzados.’ De la misma forma, en la República Popular China, como lo muestra el estudio de Philip F. Williams y Yenna Wu, tuvo lugar un proceso similar de agrupar a la gente indeseable en una escala masiva: ‘La justificación de arrestos políticos en gran escala… reaparecerían en las políticas legales y en la ley criminal establecida por sucesivos regímenes chinos comunistas durante todo el siglo veinte. Este patrón general fue muy similar en los regímenes leninistas en toda Eurasia, en especial durante la fase de consolidación.”

La clase gobernante necesita que la clase hostil sea un chivo expiatorio y también una fuente de mano de obra, como lo señala Suk-Young:

“A pesar de lo anterior, lo que intriga acerca de este esfuerzo de eliminación masiva de ciertas clases sociales, no es sólo la creación de la llamada clase antirrevolucionaria, sino también el hecho de que la mayoría de estos antirrevolucionarios terminaron siendo absorbidos por el estado, como una fuente de trabajo gratuito. Tal como arguyen Williams y Yu, “Debido a su trasfondo de una clase mala y a la necesidad del gobierno de tener mano de obra barata, agricultores ricos y sanos, así como terratenientes, fueron acusados sin haber cometido del todo un crimen, también, a menudo, fueron reclutados para prestar servicios coercitivos en las brigadas de trabajos arduos.”

Una característica esencial del socialismo es deshumanizar a otros. Como millones en la Cambodia de Pol Pot o la China de Mao, millones de norcoreanos han sido enseñados a odiar a otros. Millones en la “clase hostil” han sido hambreados, brutalizados y asesinados. El socialismo nunca producirá un resultado diferente. ¿Cómo es posible insistir en que el próximo régimen socialista será diferente?


Traducción por Jorge Corrales.

Barry Brownstein

es profesor emérito de economía y liderazgo en la Universidad de Baltimore. Él es el autor de The Inner-Work of Leadership . Para recibir los ensayos de Barry, suscríbete a Mindset Shifts .

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