El progreso del Capitalismo

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Es común para las personas de estos tiempos, que nacimos y hemos sido criados en un entorno de constante desarrollo tecnológico, deportivo, científico, y económico, considerarlo como una realidad dada, es decir, una situación inevitable del proceso de desarrollo humano, como si no hubiera ideas fundamentales, o un cimiento que soporte todos los extraordinarios progresos que hemos visto en la Era Contemporánea.

Si intentáramos resumir en pocas líneas los saltos que la humanidad ha atravesado en tan poco tiempo, diríamos que, conseguimos en menos de doscientos años movilizarnos en cima de un caballo, hasta llegar a clavar una bandera en suelo lunar.

Y resulta que a nadie le perece extraño este enorme salto tecnológico, como si se tratase (discúlpeme la redundancia) de un proceso simplemente natural, “es que el ser humano siempre busca mejorar su situación”. Y es cierto, la raza humana lleva cerca de 250.000 años pululando sobre La Tierra, comenzamos descubriendo el fuego, inventamos la rueda, descubrimos que los alimentos que crecían de la tierra podían ser devueltos a la misma, y comprendimos que crecían otra vez. La agricultura cambió a la Humanidad para siempre, con ella, también, comienza la existencia de excedentes de producción, que se convertirá en la base del desarrollo humano y demográfico.

Las condiciones de vida que asumió nuestra raza durante el gran porcentaje de existencia han sido de extrema pobreza, recordemos que solo hace 8000 años describimos la agricultura y con ello la generación de excedentes, todo lo demás para atrás, es decir, unos 242.000 años, fue un sistema de sobrevivencia, en donde (sabemos) la esperanza de vida rara vez superaba los 35 años. La generación de excedentes de producción es igual a crecimiento económico, puesto que las mercancías que produzco son mayores y, además, posibles para alimentar a un número mayor de personas.

El excedente de producción, es decir, aquellos bienes que dispongo, menos los que necesito para vivir, dándome como resultado positivo, fueron los que construyeron el cimiento primitivo del mercado. Los productos se volvieron paulatinamente más abundantes y, en la medida que lo eran, también mayormente demandables y negociables. Las mercancías entraron en juego libre de intercambio, existiendo, a su vez, mercancías mayormente negociables que otras, siendo resuelto este problema a través de la invención de un elemento universalmente negociable: el dinero. Pero si bien el dinero terminó con el problema de la negociabilidad de las mercancías, esta no aseguraba el desarrollo de la población. Existe un elemento que, a mi parecer, es clave para entender no solo el desarrollo humano actual, sino el de algunas civilizaciones de antaño.

Entre los historiadores siempre surge la eterna pregunta: ¿por qué Roma? Roma es ejemplo de civilización, son los clásicos (los que están en primera fila). Para entender cómo una simple aldea ubicada en el Palatino llegó a conquistar todo el mundo conocido basta con una sola cualidad: la competencia. La civilización romana era extraordinariamente competitiva en todos los ámbitos.

La política y el ámbito marcial eran sus predilectos. El contexto en que vivieron lo requería, los romanos resolvieron el problema de la supremacía y la paz tutelada a través de ser superiormente competentes en técnica y pericia militar. La competencia militar interna llevó a Roma a mejorar su ingeniería vial, militar y arquitectónica, y ciertamente su economía. A base de competencia, Roma se posicionó en la cúspide del Orbis Terrarum. Sin embargo, su decadencia comenzó cuando la libertad quedó en jaque: durante el principado, cuando todo el poder recayó en una sola persona.

Probablemente el lector se ha de preguntar “y bien, ¿para donde va?”. Y es que, sin esta cualidad heredada del mundo clásico, nuestra Era como lo conocemos hoy, no sería tal. Gracias al desarrollo de la teoría económica, que nos permitió comprender la naturaleza del mercado, solucionar el problema de la escasez, manejar eficientemente los excedentes, vino incorporado en el ADN de Occidente aquel elemento clave: la competencia. La competencia en los mercados es la estrategia de guerra por antonomasia en la consecución de los objetivos de beneficio económico y en el desarrollo exponencial de la humanidad.

Pasamos de luchar por la supremacía de la guerra, dejando muerte y sufrimientos durante siglos, a pasar a la lógica de la competencia en los mercados. Y todo cambió. Las estrategias para mejorar las mercancías, hacerlas mayormente accesibles a la población a un mejor precio, hizo que, asimismo, (aunque le parezca increíble al lector) convertirnos en la Edad más pacifica de la Historia. En efecto, la competencia en los mercados es la lucha por satisfacer de mejor manera al prójimo, y estos, a su vez, premiarán libremente las ideas innovadoras y mayormente preferidas por la población con el medio negociable que hemos señalado; llenará de dinero al ingenioso.

Este proceso de distribución de ingresos permite la acumulación de capitales, logra mayores posibilidades de desarrollo de nuevas tecnologías y que lleguen a más personas, para incluso satisfacer necesidades y preferencias insospechadas hasta ese momento. Así, la competencia permite la acumulación de capital, a su vez, la acumulación de capital genera distribución de ingresos, y estos, desarrollo humano. Asimismo, la competencia crea la necesidad de producir eficientemente, los recursos deben ser transformados de la manera más óptima posible; la propiedad privada de los medios de producción permite mitigar el costo de oportunidad, ya que se transfiere la posibilidad de producir “x” mercancía a otro oferente (debido a que no se puede ser bueno produciendo todo a la vez, siempre existirá un producto del cual obtengo mayor rendimiento), para así dedicarme por entero a potenciar mi oferta. Esto logra satisfacer las distintas necesidades, con el precio de acuerdo a su grado de escasez y preferencia. Quizá esto (la competitividad) explica, entre otras cosas, la supremacía cultural que ha ejercido Occidente en la Humanidad. Y es que la competencia en los mercados es la lógica de cooperación social, asume la justa naturaleza de “dar para recibir algo a cambio” como nos enseñaba Mises. Todo aquello que estoy dispuesto a dar a cambio del legítimo beneficio económico, solo es posible conseguirlo a través de la competencia con los distintos oferentes, si el demandante ha preferido mi mercancía, la información que se transmitirá será contundente: he satisfecho de mejor manera las necesidades de las personas, y si mi contrincante desea superarme “tendrá que competir mejorando la oferta”.

Ahora bien, estimado lector, si la competencia ha de generar desarrollo en todos los ámbitos, ¿es la falta de competencia el resultado de la miseria? Esta pregunta podemos resolverla mirando la Historia. El mundo medieval experimentó un pobre desarrollo debido a que las bases filosóficas no motivaban la competencia, sino la fe, y el conformismo. Jamás se experimentó un desarrollo económico exponencial, debido a que no hubo cabida a la competencia. Esto explicado, además, por la falta de libertad (no existía movilidad social). La falta de mayores excedentes en la producción feudal solo aseguraba una producción de subsistencia, el señor feudal controlaba los medios de producción, la lógica de los mercados en competencia nunca existió.

En un sistema donde no existe libertad, no existe competencia, y sin ellos no hay desarrollo, a saber, el sistema socialista. El sistema socialista se besa en la cooperación social de los factores de producción, pero paradójicamente, todo bajo la dirección central de un grupo dirigente, se convierte en lo que Mises denomina el “Sistema de Prisión”. El grupo dirigente ha de decidir qué se produce, cuanto se produce y, por tanto, qué consumen las personas. Asimismo, este sistema aniquila totalmente la opción competencia, no hay manera en que las personas puedan competir en la satisfacción de las necesidades y preferencias individuales, se perpetúa una naturaleza constante de insatisfacción. No hay cabida a la competencia si el monopolio de todos los órdenes de la vida humana está en manos de un grupo de dirigentes. Es por ello que aquel paradigma es completamente inviable, ya que las personas son únicas e irrepetibles; por ello, satisfacer las necesidades de todos a través de una planificación central es virtualmente imposible, a menos que el Estado sea omnipotente, es decir, conocer los gustos, preferencias y necesidades de todos los individuos y operar de manera eficiente. Este elemento ha sido incomprendido por el socialismo, la lucha por igualar a las personas lo único que ha provocado en sus distintas experiencias es miseria y horror. En efecto, la única manera en que el sistema socialista sobreviva, es a través de la fuerza, ya que su fin es suprimir la libertad de preferencia. Esta situación obliga a las personas a conseguir productos que están fuera de lo concebido centralmente, es decir, saltándose lo legalmente permitido, creando un mercado negro. Este tipo transacciones refleja, además, la falta de ineficiencia en la producción, perjudicando gravemente el crecimiento.

Las transacciones en el mercado libre entrega información, habla sobre las preferencias, gustos y necesidades de distinto grupo de personas. El mercado negro en los distintos estados socialistas sirve como fuente potente de información que jamás ha sido leída por sus dirigentes, ya que este rompe las bases del sistema mismo, la población crea una grita catastrófica en su ideología de producción, ya que las personas ejercen su libre opción (asumiendo los riesgos) de adquirir productos en el mercado ilegal. La fuerza, el yugo, y la represión es lo único que le queda al sistema socialista para prevalecer. Es incapaz de ofrecer libertad si ha de obligar a la población a consumir y vivir de aquello que los dirigentes han planificado.

La competencia está íntimamente vinculada a la libertad. Atesoremos, por tanto, aquellos ideales que nos heredaron los clásicos, son los elementos medulares que explican nuestro desarrollo y que no deben ser puestos jamás en peligro.

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Angelo Monserrat

Es historiador y corresponsal de The Mises Report en Chile.

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