La competencia y el poder: dos concepciones distintas

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 Constantemente escuchamos, sobre todo viniendo de la Academia, que se habla de «poder»,  de «estructuras de poder», de «relaciones de poder», etc., para tratar de circunscribir, de manera transversal, las causas y las consecuencias de una variedad amplia de fenómenos sociales. Y es que el poder, aparentemente, está presente en todo lo que hacemos; su conceptualización y teorización se han convertido en un eje central de innumerables investigaciones en torno a las relaciones intersubjetivas de los seres humanos y su entorno institucional. No obstante, la idea de competencia en el terreno de las idea liberales difiere por completo de lo que habitualmente se entiende por poder desde sociología y ciencia política.

     Me propongo, pues, en los próximos apartados, definir, delimitar y contrastar el concepto de poder desde lo teórico con la idea de competencia. Esto  puede resultar útil para cualquier interesado por las ideas de la Libertad y la praxis del Capitalismo.

El poder: un concepto amplio y maleable

   El poder, de manera general, se puede entender como la capacidad que posee un individuo o un grupo de individuos para proyectar la fuerza y generar una influencia, directa o indirecta, sobre otro individuo o grupo de personas. El poder se presenta, en este sentido, fundamentalmente como coacción. El poder, entonces, es relacional y su mantenimiento se ejerce a través de la dominación. Poder y dominación se encuentran emparentados manera tal que la dominación es la expresión más genuina del poder. Sin embargo, existen diferencias

     En el capítulo 3 de sociología del poder: los tipos de dominación perteneciente su célebre obra Economía y Sociedad, Max Weber traza la distinción, entre poder  (Macht) y dominación (Herrschaff).Pese a que en castellano poder y dominación son intercambiables en alemán esta distinción sí aplica.

     Macht se denomina al poder genérico e indeterminado de alguien para imponerse a otra persona, incluso en contra de la oposición de ésta. El término poder también se utiliza para referirse a estructuras organizadas de poder: cuando se refieren en la Academia por ejemplo a la «Historia del poder», se está aludiendo a la historia de las estructuras o sistemas de poder y no al mero poder de imposición.  Por su parte Herrschaff  refiere a una relación de mando-obediencia en la que quien manda puede contar con la obediencia  de los otros por existir, por parte de quienes le prestan un motivo para hacerlo.

     La distinción parece confusa dado que se trata de términos intercambiables, pero para no acabar confundiendo al lector, por poder entiéndase el «mero poder» [de] y por dominación, «dominación legítima». La legitimidad será el elemento clave para va a distinguirlos a ambos.

La legitimidad es un elemento substancial en la teoría del poder weberiana ya que esta se va a consolidar a partir del supuesto de que la legitimidad de un orden significa simplemente el hecho de que la validez de un orden presupone la existencia de la creencia en su carácter obligatorio.

Se puede atribuir, como tipos de dominación, la legitimidad a un orden en virtud de la tradición, en virtud de una creencia arraigada en el ánimo —una creencia emocional—, en virtud de una creencia en que algo tiene valor absoluto, o en virtud del orden establecido legalmente, es decir, por creer en la legalidad de lo estatuido.

     En este sentido, la legitimidad de orden establecido será de carácter exógeno y el cumplimiento de los mandatos será «como si» uno hubiese internalizado su contenido: «toda dominación procura, más bien, despertar y cuidar la fe en su «legitimidad». Pero, según sea el tipo de legitimidad pretendida, así será el tipo de obediencia y el tipo de aparato administrativo que la garantice y la índole del ejercicio de dominación, y consiguientemente, de sus efectos»[1]. La dominación, por tanto, se ejercería a través de una estructura de poder de manera tácita y aparentemente consentida, teniendo efectos directos sobre las libertades negativas de los individuos. Y así, el poder está con la política y la política con el estado; se trata de una relación de hombres que dominan a otros hombres. «Para que exista el dominado debe obedecer a la autoridad de los poderes  existentes; el instrumento decisivo de la política es la violencia»[2]

     La dominación que se ejerce a través del poder se encauza hacia la normalización y la disciplina. El poder es relacional; la dominación, institucional.

    Michel Foucault en Vigilar y castigar se empeñó en exponer su análisis de la construcción  de los discursos disciplinarios que constituyen, a través del ejercicio del poder, una sociedad en la que «fábricas, escuelas, cuarteles y hospitales parecen cárceles»[3]

     La lógica de la dominación también se puede integrar en discursos como formas complementarias o alternativas al discurso del poder. Estos discursos se entienden como combinaciones de conocimiento y lenguaje. No obstante, no existe ninguna contradicción entre dominación por la posibilidad de recurrir a la fuerza y por discursos disciplinarios

     La dominación por los discursos disciplinarios que subyacen a las instituciones de la sociedad se refiere a las instituciones  estatales o paraestatales: el ejército, la cárcel, los hospitales psiquiátricos. La lógica basada en el estado también se extiende a los mundos de la producción y el comercio; de la sexualidad y, en definitiva, a las libertades individuales. Así, dicho de otra forma: los discursos disciplinarios de dominación están respaldados por el uso potencial de la violencia, y la violencia del estado se racionaliza, interioriza y en última instancia se legitima, otra vez Weber, dentro de las posibilidades de la acción humana.

     Hasta este punto se ha considerado el ejercicio del poder a través de la dominación casi que de manera vertical y  unidireccionalmente; sin embargo, su complejidad se extiende por todo el entramado social de manera absolutamente multidireccional.

     En mundo globalizado como el actual —ya no es posible hablar meramente de Occidente, ni siquiera como entidad impersonal multilocal— se puede entender  a las sociedades como formadas por múltiples redes socioespaciales de poder superpuestas en constante interacción.

     Las soberanía de los estados-nación se han ido erosionando y con ello han perdido cierta jurisdicción sobre sus territorios; el poder se ve relegado en varios aspectos a instancias transnacionales de manera tal de que no se pasa de un poder ejercido directamente por el estado como monopolio de la violencia —y la también de la seguridad y la defensa— a un poder externo que además no tiene rostro, al que no es posible ver y que además tiene sus tentáculos regados. El poder se ejerce a través de la(s) red(es). En palabras de Castells:

     En la sociedad red el poder está redefinido, pero no ha desaparecido. Como tampoco han desaparecido los conflictos sociales. La dominación y la resistencia a la dominación cambian de carácter según la estructura social específica en la que se originan y que modifican con su acción. El poder gobierna, el contrapoder combate. Las redes procesan sus programas contradictorios mientras la gente intenta encontrar sentido a la fuente de sus miedos y sus esperanzas (…) Sin embargo, como las redes estratégicas son globales, hay una forma de exclusión, y por tanto de poder,  que prevalece en un mundo de redes: la inclusión de todo lo valioso en lo global mientras que se excluye lo local devaluado. Hay ciudadanos de mundo que viven en espacio de flujos, frente a los locales, que viven en el espacio de los lugares[4]

     En una «sociedad red» la dominación y el ejercicio del poder o se hacen tanto más explícitas y también, por el contrario, se camuflan.

     Las consecuencias para la Libertad son incalculables; las reflexiones en torno a esta deben mantener su orientación hacia la primacía de un ethos individual y el escepticismo en cuanto una imaginaria «comunidad política global» basada el valores universales. Sí a la globalización en términos económicos y tecnológicos; pero  en cuento a la ideología política globalista, que pretende imponer unos valores universales absolutos y así organizar racionalmente muchas sociedades de acuerdo a ciertos axiomas taxativos, de ninguna manera.

    Y así, cabe preguntarse ¿Qué estamos legitimando? ¿Acaso no hay, pues, que comenzar a deslegitimar la idea de que el Estado, por el mero hecho de ser, tiene un derecho de excepción para él mismo?

La competencia en contraposición al ejercicio del poder y la dominación

    Pero, ¿Qué se está entendiendo por competencia? En La Fatal Arrogancia, la que fue su última obra, Fredrich A. Hayek intenta no solamente desmontar y refutar los postulados del socialismo en tanto que modelo erróneo de organización social, sino que se da a la tarea de mostrar cómo se fundamenta el orden extenso de cooperación que designamos como «sociedad» a partir de las acciones individuales que buscan satisfacer sus necesidades. Hayek, al respecto de la competencia y la cooperación, señala:

     La cooperación, al igual que la solidaridad, sólo son posibles si existe un  amplio consenso no sólo en cuanto a los fines a alcanzar, sino también en lo que atañe a los medios a emplearse. En los colectivos de reducida dimensión —cuyos miembros comparten ciertos hábitos, conocimientos y expectativas— ello es realmente posible, pero difícilmente lo es cuando de lo que se trata es de adaptarse a circunstancias desconocidas. Ahora bien, es en esta adaptación a lo desconocido en lo que se apoya la coordinación de los esfuerzos de un orden extenso. La competencia no es otra cosa que un ininterrumpido proceso de descubrimiento presente en toda evolución, que nos lleva a responder inconscientemente a nuevas situaciones. Es la renovada competencia, y no el consenso, lo que aumenta cada vez más nuestra eficacia[5]

     Como es posible deducir de las afirmaciones de Hayek, la competencia en preferencias individuales de acuerdo a un marco normativo que permite consolidar órdenes que tienden mantenerse en el tiempo, pero que, por diversos motivos, también tienden a su dispersión. En este sentido, la organización para la cooperación y la cooperación para organizarse en la sociedad no son fruto de una deliberada intervención conforme a criterios jurídicos positivos, sino producto de ese descubrimiento inconsciente, conforme a la información disponible, de nuevas situaciones que permitan la optimización y eficiencia de la acción en beneficio propio y de los otros.

    El liberalismo se basa tanto en la cooperación como en la competencia. De hecho, la mayoría del tiempo estamos cooperando y la competencia es otro peldaño que atañe a lo individual.

     Millones de individuos a diario evalúan medios y fines; valoran oportunidades y bienes que se van presentando para la consecución de sus fines. En este sentido, se puede decir que el liberalismo sencillamente trata de individuos tomando decisiones, a partir de la información dispersa de su entorno, como escribía Hayek, en función de la preferencia temporal de su demanda sus necesidades y deseos en diferentes circunstancias de tiempo y lugar.

    Es habitual escuchar, me atrevería a decir, de todos los sectores, independientemente de su ideología, que la competencia es algo más bien prescindible, incluso no deseable, y que sólo puede generar animadversión entre las personas. Se suele argumentar, usando la falacia del darwinismo social, de que la competencia acaba siendo una lucha de los débiles contra los fuertes. Sitúan competencia y cooperación como 2 fuerzas antagónicas

  Se nos repite, ad nauseam, que se debe fomentar la solidaridad y la cooperación sobre cualquier cosa ¿Pero qué pasa cuando proscribimos la competencia y simplemente fomentamos de manera obligatoria la adhesión a un determinado grupo olvidándonos de las preferencias individuales? los  verdaderos vínculos cooperativos, que se estiman voluntarios, comenzarían a verse socavados; los incentivos de ese individuos terminarían extinguiéndose y cooperar se haría muy difícil, por no decir que imposible.

    Se suele afirmar, por otro lado, que la competitividad es propia del sistema capitalista en el cual estamos inmersos; la competencia como una manera de aplastar al otro para seguir acumulando ad infinitum mientras de manera paralela también se van agotando los recursos y, por su parte, el «acumulador» ostenta y se hace más rico por esa acción (¡como si la riqueza viniera dada y se mantuviera por la mera acumulación sin la proyección con respecto al futuro!). Semejante visión tan distópica sólo puede caber en la cabeza de alguien que no comprende los procesos humanos en la economía de mercado. De la misma manera, sin embargo, Ludwig von Mises señala:

La competencia de mercado no implica antagonismo en el sentido de confrontación de intereses incompatibles. Cierto que la competencia, a veces, o aun con frecuencia, puede suscitar en quienes compiten aquellos sentimientos de odio y malicia que suelen informar el deseo de perjudicar a otros. De ahí que los psicólogos propendan a confundir la pugna hostil con la competencia económica (…) Existe diferencia esencial entre conflicto combate y la competencia cataláctica. Los competidores aspiran a la excelencia y perfección de sus respectivas realizaciones, dentro de un orden de cooperación mutua. La función de la competencia consiste en asignar a los miembros de un sistema social aquella misión en cuyo desempeño mejor pueden servir a la sociedad. Es el mecanismo que permite seleccionar, para cada tarea, el hombre más idóneo. Donde haya cooperación social, es preciso siempre seleccionar, de una forma u otra. Tal competencia desaparece tan sólo cuando la atribución  de las distintas tareas depende exclusivamente de una decisión personal sin que los que participan en el proceso competitivo puedan hacer valer los propios méritos[6]

Competencia, en este sentido, significa, pues, no una mera oportunidad para enriquecerse a base de imitar a otros, sino más bien una oportunidad para servir a los otros —los consumidores— de un modo mejor y más barato; es un trabajo de inteligencia, imaginación y cooperación generalizado.

    Se suele confundir de manera más o menos intencional competencia con [alcanzar el] poder, siendo que la competencia necesariamente busca ejercer este poder y por tanto dominar y subyugar a una o varias personas. El argumento para esto es que la competencia está basada en el egoísmo y en las ansias desesperadas de los individuos por querer sobresalir a toda costa para conseguir sus fines. Sin embargo, menos de que se trate de una mente maquiavélica, cuyo fundamento es la amoralidad, esto puede ser cierto. Pero ante todo hay que anteponer los principios éticos.

     El profundo desconocimiento de la formación de los órdenes extensos de cooperación espontánea relegan las preferencias individuales a meros caprichos subjetivos susceptibles de ser vituperables. El interés propio que buscándose y alcanzándose mejora la vida de uno mismo y también la de otros —ese que mencionaba Adam Smith en La teoría de los sentimientos morales—, se olvida como factor necesario para la cooperación humana.

     La competencia entonces, contrapuesta al poder y la dominación, busca la maximización de las oportunidades, generar valor para los demás a través de los intercambios de mercados y situar al individuo como soberano responsable de sus acciones mientras que respeta el proyecto de vida de terceros.

    Es la competencia— y no las ansias de poder y de dominar— la que  ha hecho emerger todas las innovaciones y mejoras —fruto de ese descubrimiento muchas veces inconsciente— que hacen de nuestro mundo, con todos sus defectos, un lugar cada vez más próspero.

 

[1] MAX WEBER, Sociología del poder: los tipos de dominación, Madrid, España, Alianza Editorial, 2007, p. 70

[2] MAX WEBER, El político y el científico, Madrid, España, Alianza Editorial, 1998, p. 78

[3] MICHEL FOUCAULT, Vigilar y castigar, México, Siglo XXI Editores, 1976, p. 264

[4] MANUEL CASTELLS, Comunicación y poder, México, Siglo XIX Editores, 2012, p. 81-82

[5] FRIEDRICH A. HAYEK, La Fatal Arrogancia: los errores del socialismo, Madrid, España, Unión Editorial, p. 51[[

[6] LUDWIG VON MISES, La Acción Humana: tratado de economía, Madrid, España, Unión Editorial, 2018 [1980], p. 141

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Estudiante de antropología y psicología
Liberal y a ratos anarquista filosófico. Influenciado por las obras de Mises, Hayek y Rand

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