El pesimismo nos ayuda a evitar lo peor

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Cómo el “pesimismo defensivo” en nuestras historias puede ayudarnos en la vida real.

La violencia policial, el malestar civil, los motines, incendios, el saqueo, la destrucción, una zona de exclusión en una importante ciudad estadounidense y la supresión de medios, todo ello establecido contra el trasfondo de una pandemia global y un trastorno económico. Esa es nuestra realidad actual, aunque suena muchísimo más como el entorno del siguiente libro éxito de taquillas y mayores ventas.

El género distópico ha estado por allí durante siglos, pero puede formularse el caso de que las historias distópicas actualmente están experimentando algo así como su momento dorado. Estoy inclinada a creerlo, dado que, términos como “Orwelliano” y “Gran Hermano,” son ahora parla común y por declaraciones de que situaciones de la vida real indican que “el simulacro está fallando.”

Pero, ¿por qué -incluso antes del COVID-19, cuando la vida cotidiana de la persona había sido empíricamente mejor que nunca antes- llegaría a ser tan popular un género que es, por su propia definición, pesimista y obscuro?

Para responder eso, tenemos primero que entender por qué la ficción, como tal, es importante.

Por definición, la ficción no es real. La ficción es sólo, bueno, mentiras que nos contamos el uno al otro. Mucha gente supone que la función de la ficción es el entretenimiento, contándose entre sí historias para pasar el tiempo, ya sea por medio de libros, películas, espectáculos de televisión o cuentos de miedo alrededor de una fogata. Y sí, la ficción puede ser muy entretenida. Pero, no es el aspecto de ficción lo que nos entretiene. Es la historia que la ficción está contando.

El valor de contar cuentos yace en su poder de explicar cosas. El valor de contar cuentos es su habilidad de transmitir lecciones de forma impactante emocionalmente. Y en la ficción, yace en usar falsedades para transmitir la verdad.

Vea las historias que claramente no son fácticas, como los cuentos de hadas. Obviamente, “La Caperucita Roja” nunca existió en realidad. Ciertamente, los lobos no pueden hablar, mucho menos hacer impresiones creíbles de abuelitas bondadosas. Pero, la verdad fundamental de “La Caperucita Roja” -la lección que nos enseña- es que el peligro acecha en los bosques. Una lección importante para los niños en el mundo antiguo.

Todos los géneros tienen su propio nicho especial en el mundo de contar historias. La ficción distópica calza bajo el encabezado mucho más amplio de “ficción especulativa”. La ficción especulativa, que también incluye la fantasía, la ciencia ficción y otros, no está limitada por las fronteras de la realidad y, a menudo, incluye aspectos claramente irreales. Orgullo y prejuicio es ficción literaria. Orgullo y prejuicio y zombis es ficción especulativa.

Si bien no es para todo mundo, los aficionados a la ficción especulativa disfrutan de sus posibilidades tan amplias, incluso cuando cruzan al reino del absurdo Los viajes de Gulliver, ¿alguien?). Y enclavada allí, en el cosmos de la ficción especulativa, encontramos la sección de ficción distópica.

La ficción distópica, en todas sus formas, muestra un mundo en declinación o colapso. Independientemente de la causa fundamental, la persona común y corriente está laborando bajo alguna forma de control opresivo, siendo los culpables más comunes el gobierno, la tecnología y el condicionamiento social.

En 1984 de George Orwell (George Orwell’s 1984), Winston Smith lucha contra un estado de vigilancia omnipresente que está en guerra constante contra otros estados e intenta controlar los pensamientos de las personas por medio del control del lenguaje. El vecino delata a su vecino. La gente se ve envuelta en declaraciones vitriólicas, ritualizadas y regularmente programadas. Se desaparece a los miembros de la sociedad al sobrepasar la línea. Y el Gran Hermano siempre está mirando.

En El Cuento de la criada de Margaret Atwood, lo que fuera Estados Unidos es ahora Gilead, un estado teocrático y extremamente patriarcal, en donde a las mujeres se les prohíbe leer, tener propiedades o tener posesión de poder alguno. Los hombres ricos y bien conectados tienen esposas (uno de los papeles aceptables para las mujeres). También, esos hombres disfrutan de los servicios de Criadas, mujeres puestas aparte, pues son las pocas que aún permanecen y pueden quedar embarazadas.

El corredor del laberinto de James Dashner se ubica en un mundo después de un colapso ambiental, con gente luchando por vivir. Amanecer rojo de Pierce Brown) muestra una sociedad en Marte, basada en castas codificadas según colores. El dador de recuerdos despliega una sociedad literalmente ciega a los colores, personificada por el conformismo y por papeles y compañeros asignados de por vida.

Un mundo feliz). La máquina del tiempo. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?. Todos estos son ejemplos notables de ficción distópica y son muy diferentes el uno del otro. Lo que hace que resuenen con otros, lo que los hace verdaderos, no es que estas situaciones ficticias sean posibles que sucedan o que del todo sean deseables. Es que ellas todavía son, no importa qué tan poco probables, posibles. Al menos, en parte.

La ficción distópica nos enseña que debemos estar atentos. Aun cuando las cosas estén bien, cuando la vida sea fácil, siempre debemos estar atentos. Los desastres pueden golpear sin mucha -o sin alguna- advertencia. Un colapso ambiental, una guerra mundial, una rebelión de los robots.

Una pandemia global.

Y, cuando el desastre golpea -o sólo se asoma amenazante en el horizonte- habrá aquellos quienes buscan ver cómo toman ventaja de ello. Como dijo Bran Stark, el character de Juego de Tronos, “El caos es una escalera”. En donde hay temor, caos y gente buscando respuestas, existe la oportunidad para aquellos con más ambición que escrúpulos.

Probablemente, una persona buscando tomar ventaja de malas situaciones no va a conducir al fin del mundo, tal como lo conocemos. Pero, si bien las probabilidades pueden ser bajas, aún así no son de cero. Si ya hemos considerado los efectos potencialmente desastrosos de decisiones tomadas para “mitigar” una crisis, en un espacio intelectual seguro y socialmente aceptable, eso no sólo facilita mucho más encarar mentalmente la crisis original, sino, también, identificar y contrarrestar los problemas potenciales en las acciones propuestas para detenerla.

En la psicología moderna, a esta consideración y visualización de escenarios del peor caso se le llama “visualización negativa” o “pesimismo defensivo,” pero, tales prácticas pueden trazar sus orígenes a miles de años atrás, a la filosofía del estoicismo. Puede ayudar a aliviar la ansiedad, sobreponerse a obstáculos internos y a poner en perspectiva a la vida real. De cierta forma, experimentar una historia distópica es una especie de pesimismo defensivo.

En las historias, es fácil -o, al menos, menos difícil- separar a los villanos de los héroes. En la vida real, la gente no se levanta en la mañana y decide ser mala. En la vida real, generalmente, los villanos empiezan con buenas intenciones.

Pero, eso es exactamente por qué la ficción distopía y su pesimismo defensivo son tan importantes (y por qué su amplio atractivo). Como “La Caperucita Roja,” nos advierten de los peligros que acechan en los bosques metafóricos que estamos tratando de navegar. Nos enseña a estar en guardia, a ser escépticos y, si surgiera la necesidad, a ser firmes y audaces ante aquellos quienes nos dirigirían hacia un desastre verdadero.

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