Hugo Balderrama enero 19, 2019

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Es muy complicado definir la época que estamos viviendo, algunos la llaman postmoderna, pero incluso es difícil ponerse de acuerdo con el nombre. La vasta literatura incluye “postmodernismo”, “post – modernismo”, “Post – modernismo” y “post – Modernismo”.

Jean Fracois Lyotar, filósofo francés y uno de los principales intelectuales de la “teoría crítica”, en su libro “La condición postmoderna: un reporte de primera mano” describe muy bien las características de la era postmoderna: a) una exaltación de la propia sabiduría, el juez final de todo conocimiento soy yo, y b) un relativismo moral, donde lo bueno y lo malo son circunstanciales.

Cualquier cosa que pensábamos que sabíamos, cualquier certeza sobre algo normativo, ha sido sujeta a la reevaluación y en muchos casos, a la redefinición o el abandono completo. De Foucault, Derrida y Ricoeur, aprendimos que ya no existe un significado fijo para ninguna palabra y ningún texto. El sexo no define quien soy, el matrimonio dejó de ser la unión permanente entre un hombre y una mujer y el propio placer es la única barrera moral, por ejemplo, nadie puede juzgarme si matar a un niño no nacido me hace sentir bien.

El gran peligro es que nos estamos acostumbrando a esa condición. Hemos olvidado qué se siente tomar un libro y esperar que el autor diga la verdad. Nuestras escuelas y universidades están llenas de ideología. Vivimos el fenómeno de los “adulcentes”, adultos que todavía se comportan como muchachos. La verdad fue arrinconada a nombre de la “tolerancia” y la mediocridad prima sobre la excelencia. Negar las verdades absolutas y relativizar todas las opiniones es muy funcional a la izquierda. Minar los fundamentos epistemológicos, éticos y estéticos de nuestra civilización es el verdadero objetivo del postmodernismo. No somos conscientes que el agua está hirviendo y que estamos sufriendo una muerte lenta.

Si la destrucción de la excelencia y la verdad son las fortalezas del postmodernismo, es lógico que la restauración de la excelencia y el resurgimiento de la verdad será su caída. Pero ¿Cómo hacemos esa tarea?

Primero, defender los conceptos y las palabras que los representan, por ejemplo, no caer en la trampa lingüística de usar palabras como “matrimonio homosexual” o llamar “tolerancia” a la ideología de género. Segundo, la derecha debe ingresar con fuerza a los asuntos públicos y recuperar espacios culturales. Tercero, dejar el economicismo estéril. Las discusiones sobre el tipo de cambio, el nivel de impuestos o las cuentas fiscales son importantes, pero la batalla hoy sale de lo económico e ingresa a lo cultural. Cuarto, comprender que sin necesidad de ser creyentes, el cristianismo es un aliado natural contra el avance de la nueva izquierda, por lógica, el furioso anticristianismo de muchos libertarios confundidos es muy funcional al socialismo. Y quinto, empezar la construcción de partidos de derecha para romper el monopolio socialista en la política.

Aunque el mundo está en una etapa oscura, mantengo mi fortaleza. Por naturaleza los cristianos miramos hacia adelante. Nuestra esperanza de victoria no se halla solo al frente, sino también en nuestro pasado, en las continuas batallas que durante dos mil años la iglesia viene peleando. “Christus Vincit, Deus Vult, Christus Regnat”.

Hugo Balderrama

Es economista, máster en Administración de Empresas y Phd. en Economía. 

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