John Kekes diciembre 3, 2018

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Los igualitarios creen que la desigualdad es injusta y que la justicia requiere que una sociedad se dirija constantemente hacia una igualdad mayor. Este es el objetivo de la imposición progresiva, de los programas de igualdad de oportunidades y de las diversas políticas de un estado benefactor. Estas políticas cuestan dinero. El enfoque igualitario para lograrlo es gravar más a aquellos que tienen más, para beneficiar a aquellos que tienen menos. El absurdo de esto es que los igualitarios suponen que la justicia debe ignorar si las personas se merecen lo que tienen y de si son responsables de lo que carecen. Los igualitarios asumen que es justo ignorar los requerimientos de la justicia.

He aquí una consecuencia del igualitarismo. De acuerdo con el Statistical Abstract of the United States, la esperanza de vida de los hombres es, en promedio, de cerca de siete años menos que las mujeres. Hay, por tanto, una desigualdad entre hombres y mujeres. Si lo que dicen los igualitarios va en serio, de que sería mejor si todo mundo disfrutara del mismo nivel de beneficios sociales y económicos, entonces, ellos deben considerar como injusta la desigualdad entre la esperanza de vida de hombres y mujeres. Siguiendo su razonamiento, debería ser un requisito de la justicia igualar la esperanza de vida de hombres y mujeres. Esto puede lograrse, por ejemplo, haciendo que los hombres tengan un cuidado médico mayor y mejor y que trabajen menos horas que las mujeres.

Todavía hay más, una desigualdad que se deduce de expectativas desiguales de vida de hombres y mujeres, es que existe una posibilidad menor de que los hombres, después de pensionarse, reciban los beneficios del Seguro Social y del Medicare. Tal como van las cosas, se requiere que hombres y mujeres coticen un porcentaje igual de sus ingresos para estos programas. Esto es claramente una injusticia desde el punto de vista igualitario: ¿Por qué debería requerirse que hombres subsidien la salud y riqueza de mujeres? La política igualitaria que esto sugiere es disminuir la carga sobre los hombres o aumentarla a las mujeres. Hay mucho que las políticas igualitarias podrían hacer para reducir las desigualdades, que surgen de expectativas de vida dispares de hombres y mujeres.

¿POR QUÉ NO TENER CENTROS DE PLACER PATROCINADOS POR EL GOBIERNO?

Permanece la pregunta de cómo compensar a la generación actual de hombres por la injusticia de vivir menos que las mujeres. Ninguna compensación podría deshacer el daño, pero puede que haga más fácil soportarlo. La política obvia es establecer programas diseñados para brindar a los hombres, al menos algunos de los beneficios que habrían disfrutado, si su esperanza de vida fuera igual a la de las mujeres. Hay mucho placer que se podría lograr durante esos siete años que los hombres no van a vivir. Una manera eficiente de compensarlos por sus pérdidas sería establecer centros de placer patrocinados por el gobierno, en donde los hombres pueden pasar las horas y los días ganados por tener jornadas laborales más cortas y vacaciones más extensas.

Estos absurdos, que se deducen del igualitarismo, lanzan dudas sobre su lógica fundamental. Esto debería conducir a la sospecha de que las medidas más frecuentemente asociadas con el igualitarismo -programas contra la pobreza, legislación de beneficencia diversa, imposición progresiva, el tratamiento preferencial de minorías y mujeres- sufren de un absurdo análogo. En la realidad, uno llega a sospechar que las políticas igualitarias familiares no parecen ser absurdas, tan sólo porque se nos familiariza debido a una retórica interminable, que disfraza sus carencias de razones para su existencia.

LOS ESTEREOTIPOS DE LOS IGUALITARIOS

¿Pueden los igualitarios evitar estos absurdos? Ellos pueden alegar que hay una ausencia de analogía significativa entre el diferencial en las esperanzas de vida de hombres y mujeres, y la desigualdad entre ricos y pobres, blancos y negros u hombres y mujeres. La diferencia, podrían decir los igualitarios, es que los pobres, los negros y las mujeres son desiguales como resultado de una injusticia, tal como por explotación, discriminación o prejuicio, mientras que eso no es cierto en el caso de la esperanza de vida de los hombres.

Si pensamos eso por un momento, tal alegato no se sostiene. La categoría “hombres” incluye a hombres pobres, y también a hombres negros, habiendo sufrido ambos injusticia en el pasado, según los igualitarios. Y negros y mujeres incluyen gente muy exitosa, gente con riqueza considerable e inmigrantes recientes, quienes vinieron voluntariamente a este país y que aquí no podrían haber sufrido injusticias pasadas. No es sino el prejuicio más grosero pensar acerca de hombres como deplorables, de mujeres como grandes talentos sexualmente abusadas y negros como habitantes de los guetos, condenados a vivir una vida de pobreza, crimen y adicción. Muchos hombres han sido víctimas de injusticia, y muchas mujeres y negros no han sufrido eso. Superar la injusticia requiere una identificación más precisa de las víctimas, que tan sólo una membresía en tales grupos amorfos, como aquellos de mujeres, negros o pobres. Requiere preguntar y responder la pregunta de por qué individuos específicos están en una posición de desigualdad.

No obstante, los igualitarios ignoran este requisito. Según ellos, el simple hecho de desigualdad es suficiente para garantizar una redistribución y una compensación. Independientemente de si los igualitarios en esto están en lo correcto, enfrentan un dilema. Si las políticas de redistribución y compensación toman en cuenta el grado en que la gente es responsable de estar en una posición de desigualdad, entonces, la justificación de esas políticas debe ir más allá de la que los igualitarios pueden brindar. La justificación debe comprender consideraciones acerca de las escogencias que la gente hace, así como su mérito, esfuerzo y responsabilidad. En el grado en que se haga eso, la justificación deja de ser igualitaria.

Si, por otra parte, las políticas de redistribución y compensación no toman en cuenta la responsabilidad de las personas por su desigualdad, entonces, no existe una ausencia de analogía entre la desigualdad de hombres y mujeres con respecto a su esperanza de vida, y de pobres, negros y mujeres desiguales en otros sentidos. Entonces, políticas igualitarias consistentes tendrían que dirigirse a superar todas las desigualdades, y eso es lo que exactamente producen las políticas absurdas expuestas antes.

Los igualitarios pueden tratar de evitar el absurdo de otra forma. Pueden aseverar que es injusto que los prospectos de algunas personas al nacer, sean radicalmente inferiores a los de otros. Pero, esta desigualdad es un asunto de necesidad estadística, no de justicia. Siendo una necesidad, eso sucede en todas las sociedades, incluso en un cielo socialista. Dada cualquier base para catalogar los prospectos de los individuos al nacer, algunos serán clasificados más alto y otros más bajo. Aquellos que son clasificados más bajo, tendrán perspectivas radicalmente inferiores que aquellos que se ordenan como los más altos. Quejarse acerca de esta necesidad estadística es tan razonable como lamentar diferencias en inteligencia o belleza. Es un absurdo llamar injusta a esta necesidad estadística.

Suponga que el igualitarismo es visto tal cual es: un intento absurdo por negar, en nombre de la justicia, que las personas deben considerarse responsables de sus acciones y ser tratadas como lo merecen, con base en sus méritos o deméritos. Permanece una duda acuciante. Es innegable que en nuestra sociedad hay víctimas inocentes por desdicha e injusticia. Su desigualdad no es su falta; aquellas no son responsables de esas y no merecen estar en una posición de desigualdad. El llamado emocional del igualitarismo consiste en reconocer el sufrimiento de esas personas y propone formas para ayudarlas. Luego, tomando ventaja de la compasión de gente decente, los igualitarios acusan a su sociedad de ignorar injustamente el sufrimiento de víctimas inocentes.

AQUELLOS QUE SUFREN NO POR FALTA PROPIA DEBERÍAN SER AYUDADOS

Lo que necesita decirse en respuesta a este cargo frecuentemente escuchado, es que, cualquiera comprometido con la justicia, querrá que la gente obtenga lo que se merece y que no tenga lo que no se merece. Las víctimas inocentes no necesitan sufrir, pero, aun así, lo hacen. Una sociedad decente debería hacer lo que pueda para aliviar su sufrimiento. Pero, esto no tiene nada que ver con la igualdad. Lo objetable no es que algunas personas tienen menos que otras, que millonarios tienen menos que billonarios. Lo objetable es que algunas personas, sin falta propia, carecen de las necesidades básicas. Son nuestros congéneres y, debido a eso, debemos sentir compasión ante su sufrimiento.

Aún más, no debe ignorarse la difícil situación de víctimas inocentes que carecen de las necesidades básicas. Por el contrario, ya están siendo ayudadas por sus ciudadanos compañeros contribuyentes. Una familia con un ingreso anual de $100.000 (que se encuentra en el rango impositivo del 25% del impuesto federal y dependiendo de las deducciones que tome), es posible que pague al menos $25.000 en impuestos federales, estatales, sobre la propiedad y en gravámenes para las escuelas. Alrededor del 62 por ciento del presupuesto federal se gasta en beneficios exigidos, siendo los principales Medicaid, Seguridad Social, Medicare y diversos programas de asistencia. Aplicando ese porcentaje al nivel familiar, podemos decir que, alrededor de un 62 por ciento de los impuestos anuales de la familia, o, aproximadamente $15.000, se gasta en esos programas. Así es como envía algo más de un 15% de su ingreso anual al gobierno, incluyendo para el propósito de asistir a víctimas inocentes. Esto debería absolver a la familia del cargo de que ignoran vergonzosamente el dolor de sus congéneres, que, sin base alguna, igualitarios dirigen contra ella.

A pesar de lo anterior, la propaganda igualitaria incansable, ansiosamente repetida por los medios, quiere hacernos creer que nuestra sociedad es culpable de condenar a la gente a una vida de pobreza. Lo que esto ignora es el éxito sin precedentes de nuestra sociedad, de tener a un 13.5 por ciento de la población viviendo bajo un nivel de pobreza generosamente definido y a un 86.5 por ciento por encima de él. El cociente frecuente en sociedades del pasado era más cercano a lo opuesto. Es una razón para celebrar, no para condenar, que, por primera vez en la historia, un segmento grande de la población se haya escapado de la pobreza. Si los igualitarios tuvieran una perspectiva histórica adecuada, estarían en favor de un sistema político y económico que ha hecho esto posible, en vez de promover políticas absurdas que lo perjudican.


 

John Kekes

es autor de muchos libros, incluyendo The Examined Life (Penn State University Press, 1988), The Morality of Pluralism (Princeton University Press, 1996), Moral Wisdom and Good Lives (Cornell University Press, 1997), The Roots of Evil (Cornell University Press, 2005) [Raíces del Mal (Editorial El Ateneo, 2006)], Enjoyment (Oxford University Press, 2009), The Human Condition (Oxford University Press 2010), Human Predicaments (University of Chicago Press, 2016) y de más de 150 artículos.

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