Antony Mueller octubre 23, 2018

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Aunque el marxismo original y el movimiento obrero prácticamente ha desaparecido, la teoría marxista sigue prosperando en las instituciones culturales, instituciones académicas y los medios de comunicación.

Pero no se trata de la teoría marxista económica convencional. Se trata de un nuevo marxismo, adulterado y bajo un nuevo ropaje.

Otro nombre para el neo-marxismo de creciente popularidad en los Estados Unidos es “marxismo cultural.” Esta teoría dice que la fuerza que impulsa a la revolución socialista no es el proletariado ̶ sino los intelectuales. Si bien el marxismo casi que ha desaparecido en el movimiento laboral, la teoría marxista hoy día florece en las instituciones culturales, en el mundo académico y en los medios masivos.

Este “marxismo cultural” se remonta a Antonio Gramsci (1891-1937) y a la Escuela de Frankfurt (Frankfurt School). Los teóricos del marxismo reconocieron que el proletariado no jugaría el papel histórico esperado como un “sujeto revolucionario.” Por tanto, para que la revolución se dé, el movimiento tenía que depender de los líderes culturales para destruir la cultura y moral existentes, principalmente cristiana, y luego dirigir a las masas desorientadas hacia el comunismo, como su nuevo credo. El objetivo de este movimiento es establecer un gobierno mundial, en el cual los intelectuales marxistas tienen la palabra final. En este sentido, los marxistas culturales son la continuación de lo que empezó con la revolución rusa.

Lenin y los soviéticos

Conducidos por Lenin, los perpetradores de la revolución consideraron su victoria en Rusa tan sólo como el primer paso hacia la revolución mundial. La revolución rusa no fue ni rusa ni proletaria. En 1917, los trabajadores industriales en Rusia representaban tan sólo una pequeña fracción de la fuerza de trabajo, que consistía principalmente de campesinos. La revolución rusa no fue resultado de un movimiento laboral sino de un grupo de revolucionarios profesionales. Una mirada más cercana a la composición del Partido bolchevique y a los primeros gobiernos del estado soviético y a su aparato represivo, revela el verdadero carácter de la revolución soviética, como un proyecto que no se dirigió a liberar al pueblo ruso del yugo de los zares, sino que, por el contrario, era para servir como plataforma de lanzamiento para la revolución mundial.

La experiencia de la Primera Guerra Mundial y sus repercusiones mostraron que el concepto marxista del “proletariado” como una fuerza revolucionaria, era una ilusión. En el ejemplo de la Unión Soviética, uno también puede ver que el socialismo no funciona sin una dictadura. Estas consideraciones hicieron que los principales pensadores marxistas llegaran a la conclusión de que se requeriría de una estrategia diferente para establecer el socialismo. Los autores comunistas diseminaron la idea de que la dictadura comunista debería llegar envuelta en un disfraz. Antes de que el socialismo pudiera tener éxito, la cultura existente tenía que cambiar. El control de la cultura debe preceder al control político.

Ayudando a los neo-marxistas estaba el hecho de que, muchos de sus esfuerzos por tomar el control de la cultura, se dieron en paralelo con la injerencia del estado sobre las libertades individuales. Al mismo tiempo, durante las últimas décadas, la llamada corrección política ha tenido un surgimiento, el gobierno de los Estados Unidos ha obtenido un arsenal vasto de instrumentos represivos.

Pocos estadounidenses parecen conocer que los Estados Unidos están todavía bajo la ley de emergencia, que ha estado en vigencia desde que George W. Bush usó el privilegio ejecutivo para declarar un estado de emergencia nacional en el 2001. En ese mismo año, el 9 de setiembre también abrió el camino para lograr la aprobación de la Ley Patriota. Partiendo de una puntuación de alrededor de 95 puntos, el “Aggregate Index of Freedom” de Freedom House para los Estados Unidos, ha caído a 86 puntos en el 2018.

Corrupción Moral

El camino hacia el gobierno de los marxistas culturales es la corrupción moral de la gente. Para lograr esto, los medios masivos y la educación pública no deben ilustrar, sino confundir y conducir al error. Los medios y el sistema educativo trabajan para enfrentar a una parte de la sociedad con la otra parte. En el tanto en que las identidades de grupo se hacen más específicas, se hace más detallado el catálogo de victimización y de historia de la opresión. Convertirse en una víctima reconocida de represión, es el camino para ganar estatus social y obtener el derecho a una asistencia especial, de respeto e inclusión social.

La demanda de justicia social crea una corriente interminable de gastos considerados esenciales ̶ para salud, educación, ancianidad y para toda aquella gente que está en “necesidad,”, son “perseguidos” u “oprimidos,” ya sea cierto o imaginario. El flujo de gasto interminable en estas áreas corrompe las finanzas del estado y da lugar a las crisis fiscales. Esto ayuda a los neo-marxistas para acusar al “capitalismo” de todos los males, aun cuando, de hecho, es el estado regulador el que provoca los fracasos sistémicos y cuando es el exceso de deuda pública lo que causa la fragilidad financiera.

La política, los medios y la judicatura nunca toman una pausa en la realización de las nuevas guerras interminables: la guerra contra las drogas o contra la presión sanguínea alta o las campañas que afirman la lucha interminable contra la gordura y la obesidad. La lista de los enemigos crece diariamente, ya sea el racismo, la xenofobia o el anti-islamismo. El epítome de este movimiento es la corrección política, la guerra en contra de que uno tenga una opinión propia. Mientras que el público tolera exposiciones desagradables de comportamiento, particularmente bajo el culto de las artes, día tras día crece la lista de palabras y opiniones prohibidas. La opinión pública no debe ir más allá de las pocas posiciones aceptadas. Aun cuando el debate público se ve empobrecido, detrás de puertas cerradas florece una diversidad de opiniones radicales.

Los marxistas culturales empujan moralmente a la sociedad hacia una crisis de identidad, por medio de estándares falsos o éticas hipócritas. El fin ya no es más la “dictadura del proletariado” -debido a que este proyecto ha fallado- sino la “dictadura de los políticamente correctos,” cuya autoridad suprema descansa en las manos de los marxistas culturales. Como una nueva clase de sacerdotes, los guardianes de la nueva ortodoxia manejan las instituciones, cuyo poder ellos tratan de extender sobre todas las partes de la sociedad. La destrucción moral del individuo es un paso necesario para lograr la victoria final.

El opio de los intelectuales

Los creyentes en el neo-marxismo son principalmente intelectuales. Los trabajadores, después de todo, son una parte de la realidad económica del proceso de producción y saben que las promesas socialistas son basura. En ninguna parte se estableció el socialismo como resultado del movimiento laboral. Los trabajadores nunca han sido los perpetradores del socialismo, sino siempre sus víctimas. Los líderes de la revolución han sido intelectuales de partidos políticos y el estamento militar. Era responsabilidad de los intelectuales y artistas esconder la brutalidad de los regímenes socialistas, por medio de artículos, libros, películas, música y pinturas, para darle al socialismo una apariencia de ser intelectualmente científico, estético y moral. En la propaganda socialista, el nuevo sistema aparenta ser tanto justo como productivo.

Los marxistas culturales creen que algún día ellos serán los únicos que tienen el poder y que son capaces de dictarle a las masas como vivir y qué pensar. A pesar de ello, los intelectuales neo-marxistas se llevarán una sorpresa. Cuando llegue el socialismo, la “dictadura de los intelectuales” será cualquier cosa excepto ser benigna ̶ y no muy diferente de lo que sucedió después de que los soviets tomaron el poder. Los intelectuales estarán entre sus víctimas. Después de todo, esto fue lo que pasó en la Revolución Francesa, que fue el primer intento de una revolución por intelectuales. Muchas de las víctimas de la guillotina fueron prominentes intelectuales, quienes anteriormente habían apoyado la revolución ̶ Robespierre entre ellos.

En su obra La muerte de Danton, el dramaturgo Georg Büchner tenía un carácter que decía: “Como Saturno, la revolución devora a sus propios hijos.” No obstante, más apropiadamente uno debería decir que la revolución devora a sus padres espirituales. Los mismos intelectuales, que en la actualidad promueven el marxismo cultural, serán los primeros en la lista si su proyecto de conquista logra el éxito.

Conclusión

Contrario a lo que Marx creía, la historia no está predeterminada. La marcha a través de las instituciones ha llegado lejos, pero todavía no se ha dado una conquista plena. Todavía hay tiempo para cambiar el rumbo. Para contrarrestar al movimiento, uno debe notar la debilidad inherente en el marxismo cultural. En el grado en que los neo-marxistas alteraron al marxismo clásico y eliminado sus fundamentos básicos (profundizar la proletarización, el determinismo histórico, el colapso total del capitalismo), el movimiento se ha hecho incluso más utópico que lo que alguna vez fue el socialismo previo.

Como sucesores de la Nueva Izquierda, los “socialistas democráticos” propagan una mezcolanza de posiciones contradictorias. Debido al carácter del movimiento como promotor del conflicto de grupos, el neo-marxismo es ineficaz para servir como un instrumento para ganar un poder político coherente, como sería necesario bajo una dictadura. Aun así, esto no significa que el movimiento neo-marxista no tenga un impacto. Por el contrario: debido a sus contradicciones inherentes, la ideología del marxismo cultural es la fuente principal de una confusión profunda, que ha atrapado a casi todos los segmentos de las sociedades occidentales modernas ̶ y lo cual está cerca de ampliarse hasta proporciones aún más peligrosas.


Traducción por Jorge Corrales.

 

Antony Mueller

Antony Mueller es un profesor alemán de economía que actualmente enseña en Brasil. Es autor del libro Beyond the State and Politics. Capitalism for the New Millenium (2018).

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