El gran enriquecimiento se construyó sobre ideas, no sobre capital

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Nuestra riqueza no surgió de poner un ladrillo encima de otro ladrillo, o por un título de bachiller sobre otro título de bachiller, o por el saldo en una cuenta de banco por encima del saldo en la cuenta de un banco, sino acumulando idea sobre idea.

La burguesía comercial -la clase media de comerciantes, inventores y administradores, del empresario y el mercader, del inventor de materiales de fibra de carbón y del contratista que remodela su baño, del que mejora los automóviles en la Ciudad Toyota y el que suple de especies en Nueva Delhi-, está, en términos generales, en contra de la convicción de la “clerecía” de artistas e intelectuales, ¡qué bien!

Aún más, el mundo moderno fue hecho no por causas materiales, como el carbón o el ahorro o el capital, o las exportaciones, o por la explotación o el imperialismo; o por buenos derechos de propiedad o incluso por una buena ciencia, todos los cuales se han generalizado en otras culturas y en otras épocas. Fue hecho por ideas de y sobre la burguesía –por una explosión después de 1800 en ideas técnicas y unos pocos conceptos institucionales, respaldados por un cambio ideológico masivo hacia una mejora probada en el mercado, en una gran escala al principio peculiar del noroeste de Europa.
CONSTRUIDO SOBRE IDEAS

Lo que nos hizo ricos son las ideas que respaldan al sistema -usual pero erróneamente llamada “capitalismo” moderno- vigente desde el año de las revoluciones europeas, 1848. Deberíamos llamar al sistema “mejora tecnológica e institucional a un ritmo frenético, probada mediante un intercambio no obligado entre las partes involucradas.” O, “un liberalismo fantásticamente exitoso, en el viejo sentido europeo, aplicado al comercio y a la política, así como también a la ciencia y a la música y a la pintura y a la literatura.” La versión más sencilla es “progreso probado por el intercambio.” O, tal vez, ¿“innovacionismo”?

El mundo grandemente enriquecido no puede ser explicado de una manera profunda por la acumulación del capital, a pesar de lo que han creído economistas, como el bendito Adam Smith, pasando por lo que han creído Marx hasta Thomas Piketty, y como la propia palabra “capitalismo” parece implicar. La palabra consagra un error científico.

Nuestra riqueza no surgió de poner un ladrillo encima de otro ladrillo, o por un título de bachiller sobre otro título de bachiller, o por el saldo en una cuenta de banco por encima del saldo en la cuenta de un banco, sino acumulando idea sobre idea. Los ladrillos, los títulos y los saldos bancarios -las acumulaciones de “capital”- por supuesto que eran necesarios. Los ladrillos, los bachilleratos y los saldos en los bancos -las acumulaciones de “capital”- por supuesto que eran necesarias. Pero, también lo eran la fuerza de trabajo y el agua líquida y la flecha del tiempo. El oxígeno es necesario para tener fuego, pero no brinda una explicación luminosa del Incendio de Chicago. Mejor: una prolongada racha seca, los edificios de madera de la ciudad, un fuerte viento desde el suroeste y, si usted menosprecia a los inmigrantes irlandeses, la vaca de la señora O’Leary. [Nota del traductor: famosa inmigrante irlandesa porque se dijo que una vaca suya estuvo involucrada en el incendio de Chicago].

Similarmente, el mundo moderno no puede ser explicado por la rutina de poner un ladrillo encima de otro, tales como el comercio del Océano Índico, la banca británica, los canales, la tasa de ahorro británica, el comercio de esclavos a través del Atlántico, el carbón, los recurso naturales, el movimiento para el cercamiento de tierras, la explotación de trabajadores en las fábricas satánicas, o la acumulación del capital en las ciudades europeas, tanto físico como humano. Dichas formas y medios materialistas son demasiado comunes en la historia del mundo y, como explicación, muy débil en el brío computacional.

El resultado de las ideas nuevas ha sido, desde 1848, una mejora gigantesca para los pobres, tales como muchos de sus ancestros y de los míos, y una promesa de que el mismo resultado, que ahora siendo llenada en China e India, se tendrá por igual en todo el mundo. Es un Gran Enriquecimiento para los más pobres entre nosotros. Prosperidades previas intermitentemente habían incrementado el ingreso real por cabeza al doble e incluso al triple, 100 o 200 por ciento o algo así, tan sólo para volver a caer en los miserables $3 al día, típico de los humanos desde la época de las cavernas. Pero, el Gran Enriquecimiento aumentó el ingreso real por cabeza, frente a un crecimiento en el número de cabezas en un factor de siete –por algo como desde 2.500 a 5.000 por ciento.

El estadounidense promedio hoy gana $130 al día; en el resto de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo, los ciudadanos logran entre $80 y $110. La magnitud de la mejora aturde. Los economistas y los historiadores no tienen una explicación satisfactoria de eso. Es hora de repensar nuestras explicaciones materialistas de las economías y las historias.

LA MEJORA DEL ESPÍRITU

En contra de muchas voces, tanto de la Izquierda como de la derecha, el Gran Enriquecimiento tampoco ha surgido a costa del espíritu. Cierto, porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? No obstante, las riquezas en nuestras vidas presentes permiten que las virtudes sagradas y que dan sentido a la fe, la esperanza y el amor trascendente por la ciencia o el beisbol o la medicina o Dios, ocupen un lugar más importante que las virtudes profanas y prácticas de la prudencia y templanza necesarias entre personas que viven en pobreza extrema. H.L Mencken, quien no es un blandengue, hizo notar en 1917, à propos de la buena fortuna de Jennie Gerhardt y la Hermana Carrie [Notas del traductor: personajes de novelas de Theodore Dreissler], que “con la elevación desde la carencia a la seguridad, del temor al alivio, surge un despertar hacia percepciones más finas, a que se expandan las simpatías, a un desenvolvimiento gradual de la delicada flor llamada personalidad, una capacidad incrementada de amar y vivir.”

Esa mejora del espíritu surgió en el noroeste de Europa a partir de una libertad y una dignidad novedosas que lentamente se extendieron a todos los seres ordinarios (aunque ciertamente todavía estamos trabajando en el proyecto), entre ellos a la burguesía. La libertad y dignidad novedosas resultaron en una revaloración sorprendente de parte de la sociedad como un todo, del comercio y mejoramiento en los cuales se especializó la burguesía.

La revaluación se derivó, no de alguna antigua superioridad de los europeos, sino de accidentes igualitarios de sus políticas en el lapso que va de la Reforma de Lutero en 1517 a la Constitución de los Estados Unidos y la Revolución Francesa en 1789. El Nivelador Richard Rumbold [Nota del traductor: los Niveladores eran un grupo radical de la Guerra Civil Inglesa (1642-9), que pedía la abolición de la monarquía entre otras cosas proto-democráticas], al enfrentar su ejecución en 1685, declaró, “Estoy seguro de que no ha nacido hombre alguno marcado por Dios por encima de otro; pues nadie llega al mundo con una montura sobre sus espaldas, y tampoco nadie nace con botas y espuelas para montarlo.” Pocos, en la multitud que se reunió para burlarse de él, habrían estado de acuerdo. Un siglo después, muchos sí lo habrían estado. Ahora, casi todo el mundo.

Junto con la nueva igualdad vino otra idea niveladora, la cual combate al gobierno del aristócrata o al planificador central: un “Acuerdo Burgués”. En el primer acto, deje que un burgués pruebe en el mercado la mejora que propone, como un cobertor de ventanas o electricidad de corriente alterna o un vestido negro pequeño. Con cierta irritación, acepta, como parte del acuerdo, la condición de que, en el segundo acto, algunos competidores, sin duda de menor calidad, imiten su éxito, haciendo que se reduzca el precio de los cobertores, de la electricidad y de los vestidos. Pero, si la sociedad permite que en el primer acto se haga una prueba, enriqueciendo al burgués por un momento, entonces, ya para el tercer acto la recompensa por el acuerdo es que nos hará ricos a todos. Eso es lo que ha sucedido, desde 1848 hasta el presente.

En otras palabras, lo importante fueron dos niveles de ideas: las ideas de las mejoras como tales sí (el motor eléctrico, el aeroplano, el mercado de valores), soñadas en las mentes de los nuevos empresarios extraídos de los rangos de las personas ordinarias, y las ideas en la sociedad entera, acerca de esa gente y sus mejoras –en una palabra, liberalismo, en todo sentido excepto en el significado moderno de hoy en los Estados Unidos. La mejora probada en el mercado, el Gran Enriquecimiento, fue propiamente causado por la versión inglesa de igualdad de la Ilustración Escocesa, una nueva igualdad de derechos legales y de dignidad social, que hizo un innovador potencial de cada Pedro, Pablo y Jacinta.

Estas son afirmaciones controversiales. Son, ya ve, optimistas. Por razones que no entiendo a plenitud, después de 1848 la clerecía giró hacia el nacionalismo y el socialismo y en contra del liberalismo. Llegó a deleitarse con catecismos pesimistas y siempre en expansión, acerca de la forma en que hoy vivimos en nuestras sociedades aproximadamente liberales, sobre si el pecado es una carencia de temperancia entre los pobres de la era victoriana o en la actualidad un exceso de dióxido de carbón en la atmósfera. Uno podría compensar al pesimismo, o así lo pensaron las luces más destacadas, teniendo fe en las utopías anti-liberales del momento, las que han mostrado ser inmensamente populares. La prohibición. El medio-ambientalismo radical. Los libros pesimistas y utópicos de la clerecía se han vendido por millones.

Pero, los experimentos del siglo XX con el nacionalismo y el socialismo, con el sindicalismo en las fábricas y la planificación central de la inversión, con una proliferación de la regulación de imperfecciones imaginadas, pero no documentadas, en el mercado, no funcionaron. Y la mayoría de los escenarios pesimistas acerca de cómo vivimos ahora han mostrado estar equivocados. Aún ellos persisten, en el Senador Sanders y el Sr. Trump, en Jeremy Corbyn en Gran Bretaña y Marie Le Pen en Francia, y, en una forma menos sensacional, en la baja opinión que la gente de todo el espectro político mantiene acerca de la libertad y la dignidad. NO HAY NECESIDAD DE UNA PLANIFICACIÓN CENTRAL

En el siglo XVIII, algunos miembros de la élite intelectual, como Voltaire y Thomas Paine, con coraje abogaron por libertades en el comercio y por la dignidad que surge de la prosecución de una mejora. No obstante, durante las décadas de 1830 y 1840, una clerecía muy ampliada, principalmente hijos de padres burgueses, empezó a burlarse de las libertades económicas y de las dignidades sociales que sus padres estaban ejerciendo con vigor.

El lado conservador de la clerecía, influenciado por el movimiento romántico, miraba hacia atrás con nostalgia de una Edad Media imaginaria, libre de la vulgaridad del comercio, una edad dorada sin mercado, en donde se conservaban las rentas y la estasis y la jerarquía. Tal visión de tiempos antiguos calza muy bien con el pedestal que tenía la derecha de la clase gobernante, la cual gobernaba a los simples residentes. Más tarde, debido a la influencia de la ciencia, la derecha se apoderó del darwinismo social y de la eugenesia para devaluar a la libertad y la dignidad de la gente ordinaria y elevar la misión de la nación por encima del simple individuo, recomendando, por ejemplo, al colonialismo y a la esterilización obligada y al poder depurador de la guerra.

Entre tanto, desde la izquierda, las élites y los intelectuales radicales -también influidos por el romanticismo y luego por su propio materialismo científico- desarrolló la idea iliberal de que las ideas no importan. Lo que importa para progresar, declaró la izquierda, en su imparable marea de la historia, ayudada (declaró luego, contradiciendo la supuesta invencibilidad) de editoriales o protestas o huelgas o revoluciones dirigidas a la voraz burguesía –acciones tan emocionantes por supuesto que debían ser conducidas por los propios intelectuales.

Posteriormente, en el socialismo europeo y en el progresismo estadounidense, la izquierda se propuso derrotar a los monopolios burgueses de la carne y del azúcar y del acero, al reunir a todos los monopolios bajo la sombra de la regulación o del sindicalismo o de la planificación central o de la colectivización, uniéndolos en un monopolio supremo llamado el Estado. En 1965, el liberal italiano Bruno Leoni (1913-1967) hizo la observación de que “la creación de monopolios gigantescos y generalizados es [dicho por la izquierda para que fuera] precisamente un tipo de ‘remedio’ contra los así llamados ‘monopolios’ privados.”

En el tanto en que este pensamiento profundo estaba agitando a la clerecía en Europa, la burguesía comercial -despreciada tanto por la derecha como por la izquierda y también por muchos en el medio, todos ellos emocionados por el romance con trabajos como Mein Kampf y de Lenin ¿Qué Hacer?– creó el Gran Enriquecimiento y el mundo moderno, mostrando que tanto el darwinismo social como el marxismo económico estaban equivocados.

Las razas y las clases y las etnicidades y los géneros genéticamente inferiores probaron que no lo eran. Evidenciaron ser creativos. El proletariado explotado no fue lanzado a una mayor miseria. Fue enriquecido.

En su entusiasmo por los seudo-descubrimientos materialistas, pero profundamente equivocados, del siglo XIX -nacionalismo, socialismo, utilitarismo benthamita, malthusianismo sin esperanza, positivismo comteano, neo-positivismo, positivismo legal, romanticismo elitista, hegelianismo invertido, freudismo, frenología, homofobia, materialismo histórico, comunismo ilusionado, anarquismo izquierdista, comunitarismo, darwinismo social, racismo “científico,” historia racial, imperialismo especulativo, apartheid, eugenesia, pruebas de significancia estadística, determinismo geográfico, determinismo de género, institucionalismo, cocientes de inteligencia, ingeniería social, barrios sin tugurios, regulación progresista, servicio civil estatista, gobierno de los expertos y cinismo ante la fuerza de ideas éticas- la clerecía perdió su compromiso previo con un pueblo libre y dignificado. Se olvidó del principal -y el comprobado- descubrimiento social del siglo XIX: los hombres y mujeres ordinarios no necesitan ser empujados o planificados desde arriba y, cuando se les honra y se les deja solos, se hacen inmensamente creativos. “Contengo multitudes,” cantó el poeta democrático estadounidense. Lo hizo. [Nota del traductor: el poeta fue Walt Whitman].

En resumen, el Gran Enriquecimiento surgió de una retórica novedosa, pro-burguesa y anti-estatista que enriqueció al mundo. Se trata, tal como Adam Smith dijo, “permitir a todos los hombres [y las mujeres, cariño] que manejen sus intereses particulares como lo tengan a bien, bajo el plan liberal de igualdad, libertad y justicia.”

Reimpreso de National Review

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