El gobierno quiere protegerte con impuestos a la carne

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La carne es un placer gustoso y el gobierno debería tener cuidado con una política para demonizarla.

Algunos economistas quieren encarecerles a los menos ricos el disfrute de un placer claramente revelado (clear revealed pleasure): comer carne roja y carne procesada.

La familia estadounidense promedio del quintil más pobre de la distribución del ingreso (average household in the poorest fifth of the income distribution), dedica un 1.3 por ciento de su gasto en aquella. Está por encima del doble del gasto de la familia promedio del quintil más rico. A pesar de esto, la carne ahora es un nuevo objetivo de la “salud pública”. Los controles sobre el estilo de vida en una época se centraron en el fumado y en la bebida. Recientemente se expandieron a los refrescos gaseosos e incluso a la cafeína. Ahora, incluso el venerado bistec ya no es sagrado.

“NIVELES ÓPTIMOS”

La semana pasada, un informe de académicos de la Universidad de Oxford (a report by University of Oxford academics) calculó “tasas impositivas supuestamente óptimas” a la carne roja (cordero, res y cerdo) y a carnes procesadas (chorizos, tocineta, salami, etcétera). Para los Estados Unidos, las tasas recomendadas fueron tan altas como un 34 por ciento y un 163 por ciento, respectivamente. Tales impuestos, alega el reporte, podría salvar anualmente la vida de 52.500 estadounidenses.

Para un economista, este enfoque puede tener sentido teórico. Si la Organización Mundial de la Salud está en lo correcto, en cuanto a que comer carne aumenta el riesgo de enfermedades del corazón, cáncer, derrame y diabetes (en algunos casos, afirmaciones muy disputadas (very much disputed claims)), entonces, su consumo podría incrementar los costos del cuido de la salud. Algunos de esos costos serán incurridos por otros, mediante un mayor gasto gubernamental o en las primas de cuido de la salud. Si se pone un impuesto igual al verdadero costo externo del siguiente bistec, chuleta de cordero o hamburguesa, que usted se coma, obliga a los consumidores a enfrentar los costos sociales plenos de sus decisiones de comer. El impuesto, a su vez, posteriormente reducirá en algún grado el consumo a un nivel presuntamente “óptimo.”

No obstante, en la realidad, la presencia de efectos externos no es razón contundente para justificar impuestos. Uno también debe considerar los costos, consecuencias no previstas y la habilidad del gobierno, para evaluar con exactitud el riesgo y el daño. El resultado es que las tasas impositivas que proponen parecen ser demasiado altas, incluso en teoría, y es dudoso que sean los mejores medios para aumentar el bienestar económico.

LIMITACIONES ANALÍTICAS

En primer lugar, la metodología parece que agrega costos de cuido de la salud ante un consumo extra de carne, como si fueran costos que se imponen sobre otros. Pero, al menos parte de los costos extras de medicación y de cuido de la salud de los comedores de carne afectados por una enfermedad, serían financiados personalmente, en vez de serlo mediante primas de salud más altas o por gasto del Medicaid o del Medicare (Nota del traductor: programas de cuidado público de la salud en los Estados Unidos).

En segundo lugar, aparentemente los investigadores ignoran las consecuencias sobre la salud de alimentos alternativos. Si los impuestos desincentivan comer carne roja y carne procesada, los consumidores comerán otras cosas, tal como lo reconoce el reporte. No obstante, las Guías Dietéticas del 2015-2020 para los Estadounidenses, del propio gobierno federal de los Estados Unidos, recomienda que comamos menos grasa y la evidencia actualmente es fuerte de que los carbohidratos son peligrosos, de forma que -dejando de lado a la carne blanca, a los vegetales y las nueces- el gobierno claramente piensa que hay consecuencias adversas sobre la salud por causa de otros alimentos. No obstante, este análisis no considera los costos de tal consumo nuevo.

En tercer lugar, incluso si la gente viviera con mejor salud, vidas extendidas como resultado de este impuesto, eso no surge sin costo. En términos fiscales, recibiría más en Seguro Social o en pagos de Medicare. Si los costos a los contribuyentes por los hábitos de consumo justificaran nuevos gravámenes, entonces, los ahorros fiscales que surgen de la mortalidad inducida al comer carne, deberían también ser tomados en cuenta como una compensación. A pesar de eso, quienes hacen campañas de salud pública aparentemente calculan impuestos óptimos, como si no tuviera costo la alternativa a enfermedades inducidas por el estilo de vida.

Finalmente, el artículo agrega la “productividad perdida” de gente en edad de trabajar, como un costo externo de la mala salud inducida al comer carne. No obstante, alguien que pasa fuera del mercado de trabajo por razones de salud, probablemente vería una disminución en la compensación que recibe por ello. Entonces, cualquier productividad perdida por comedores de carne en edad de trabajar, abrumadoramente será un costo privado, en vez de un costo externo, lo que necesita ser reconocido por el impuesto.

Corregir por todo esto hará que las “supuestamente óptimas tasas” caigan dramáticamente. Pero, aún así, los impuestos a la carne serían altamente regresivos. En su libro de 1937, El Camino a Wigan Pier, George Orwell comentó que los pobres consumen “una dieta espantosa, pero el mal peculiar es este, que, entre menos dinero tiene usted, menos inclinado está en gastarla en comida sana… Usted quiere algo ‘gustoso.’” La carne es un placer gustoso y el gobierno debería tener cuidado con una política para demonizarla.

IMPUESTOS AL PECADO

En realidad, de todos modos, los impuestos al pecado rara vez son “óptimos.” Los impuestos son aplicados uniformemente. A pesar de ello, quienes consumen carne con moderación saludable, no imponen costos sobre otros, pero sufren el mismo aumento en el costo por una salchicha, que alguien que sea un riesgo alto que requiere del apoyo de los contribuyentes por programas de salud. Impuestos realmente eficientes reconocerían las diferencias en riesgos de los consumidores.

Todo esto sugiere que un enfoque más efectivo sería una guía dietética dirigida a un nivel personal. Pero, la propia historia de la ciencia de la alimentación está llena de ejemplos de gobiernos que comparten un consejo que posteriormente resulta errado. Tan solo sobre esta base, es demasiado temprano como para poner impuestos a un importante grupo de alimentos, fundamentados en modelos especulativos y una ciencia cuestionada.

En cualquier caso, la historia de las intervenciones en los estilos de vida sugiere que un impuesto al pecado sobre la carne sería el principio de algo peor. La investigación sugiere, increíblemente, que 557.000 muertes al año en los Estados Unidos son causadas por el consumo de carnes rojas y preparadas ̶ un 20 por ciento del total de muertes. Uno de sus autores previamente había sugerido que, eventualmente, todo mundo debería ser vegano.

Con tales cifras discutidas tan ligeramente, los activistas no querrían detenerse con un impuesto modesto para tomar en cuenta los costos externos del consumo. En vez de ello, rápidamente se moverán a tratar de cambiar fundamentalmente los hábitos de comida, usando muchas otras palancas políticas, desde prohibir anuncios y regulaciones en el empaque, hasta poner impuestos y restricciones a las ventas.

El autor desea agradecer a Terence Kealey por su insumo en este comentario.


Traducción por Jorge Corrales.

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