El fascismo con cara humana de la izquierda petrista

0
162

“Hay una gran diferencia entre tratar a los hombres con igualdad e intentar hacerlos iguales. Mientras lo primero es la condición de una sociedad libre, lo segundo implica, como lo describió Tocqueville “una nueva forma de servidumbre””.

F. A. Hayek

Es habitual situar las ideas fascistas en lado derecho del espectro político, sin embargo, tras escudriñar en la entrañas de la historia del pensamiento político y económico, no es posible sostener tal cosa. Para develar la imprecisión teórica que resulta de atribuirles un pensamiento de derecha (que puede ser entendida aquella postura que privilegia el liberalismo económico sobre el proteccionismo) es preciso comprender primero el fundamento filosófico político del fascismo italiano, que derivaría en el modelo económico nacional-socialita, admirado parcialmente por Keynes y que sería copiado con menos rigor por Rojas Pinilla.

Comencemos por una serie de citas diciente: “el absurdo de la naturaleza concebida (…) como una realidad presupuesta por el espíritu que la conoce, y por lo tanto, independiente de la realidad de este espíritu”.

“El idealismo no quiere ser misticismo. El individuo particular no se desvanece en el seno del yo absoluto y verdaderamente real. Porque este absoluto, que es uno en sí mismo, unifica cada yo particular y empírico, unifica pero no destruye. La realidad del ego trascendental también importa la realidad del yo empírico; que está mal y endeudado, concebido y afirmado solo cuando uno ignora su relación inmanente con el ego trascendental”

“Praxis, en su identidad con la teoría, no es la práctica como la producción de un objeto que se distingue de un sujeto (…) la praxis como autopraxis del yo”.

La realidad no puede ser presupuesta al pensamiento. El idealismo actualista de Gentile, el gran filósofo del fascismo, tiene un principio enunciado en la primera cita, una regla algorítmica de la que se siguen todas las formas de fascismo contemporáneas, una vez el concepto de praxis como autopraxis del yo trascendental como un absoluto se incluye.

El lector no familiarizado con terminología académica, puede imaginar que el yo empírico nombra la identidad psicológica, la personalidad que formamos en el tiempo en relación a nuestras experiencias, a nuestras vivencias; el yo trascendental, en la tradición kantiana, da nombre a la identidad metapsicológica, es decir, a eso que nos permite decir que somos únicos a pesar de que nuestra personalidad se forme en el tiempo y cambiemos en él: podemos decir que somos nosotros mismos todo el tiempo a pesar de que cambiemos y formemos nuestra personalidad en el tiempo. Gentile consideraba que este yo trascendental era un yo absoluto, es decir, su existencia no dependía de sus relaciones, su existencia no dependía de una materialidad ni de las experiencias que forman el yo empírico, empero no existía sin relacionarse con ese yo empírico en un mismo plano de la subjetividad. Piénselo como la relación entre el software y el hardware; si bien el software es enteramente digital, el hardware que lo soporta es enteramente actual; aún así su existencia se da en el mismo plano de realidad. Para el idealismo actualista de Gentile, el software podría existir sin necesidad de hardware.

Esta relación, entre lo trascendental y lo empírico para Gentile, implicaba que lo trascentental, la identidad no empírica, se formara junto a la práctica, y en concreto, mediante el hacer político sobre sí mismo en el tiempo; la autopraxis. En el actualismo de Gentile, en resumen, el sujeto entendido como yo trascendental, incluye en sí toda la realidad que el yo empírico percibe, es anterior a la realidad externa.

Si el lector no logra comprender tal cosa, recuerde que todo lo que usted percibe como mundo exterior es mediado por su cerebro, de modo que, estas ideas son teóricamente plausibles, pues no tenemos acceso conciente directo a las impresiones que llegan a nuestros sentidos, sino uno meramente indirecto. Así, la realidad para Gentile, es en verdad espíritu, no una sustancia ahí dada y separada de nuestra subjetividad, sino una realidad espiritual que se presenta como proceso constante de autocreación, mediada por la naturaleza y la autopraxis. Estas ideas pueden ser difíciles de digerir, pero cuando se traducen en políticas públicas, para usar términos de Gentile, se actualizan.

Asimismo, Gentile adhirió a una definición de “liberalismo” originada en las antípodas del mismo: en el movimiento progresista norteamericano de finales del siglo XIX y principios del siglo XX y que hoy en día se denomina como “liberal party” y “partido progresista”:

“Mi liberalismo (…) afecta enérgicamente el estado y la realidad ética”. Que es, en sí mismo, darse cuenta y darse cuenta y darse cuenta de la libertad, que es como hacer que la humanidad de cada hombre sea la energía positiva del individuo”.

Para Gentile, el espíritu absoluto, se actualizaba en la praxis del Estado que expresaba la autopraxis individual, unificando a la sociedad, y en concreto al pueblo nacional; su energía positiva se extendía al actualizar la universalidad esencial de un yo trascendental encarnado en un hombre. Fueron Mussolini, Franco, Hitler, Perón, Pinochet y Rojas Pinilla representantes de esa pretensión, que se puede remontar, como algunos arguyem, hasta Hegel, y especial al Fichte de “El Estado comercial cerrado”.

La admiración original progresista por el fascismo pasó por personalidades del pensamiento tan importantes como H.G. Wells, George Bernard Shaw, Dubois. Las coincidencias prográmaticas, bien descritas en “El Fascismo progresista” de Jonah Goldberg, son mayores: salario mínimo, impuestos y regulaciones a la creación de beneficios empresariales, fiscalidad progresiva, pensiones públicas, secularismo educativo público y privado, rechazo al liberalismo económico y político en su sentido original, colectivismo (corporativismo económico entre Estado y gremios de trabajadores y empresarios -una forma de neomercantilismo del siglo XX-), alto gasto público, estecisismo político, futurismo dogmático. No es de extrañar la simpatía de Keynes por el modelo económico y político fascista y también por el totalitarismo stalinista, que solo le generaba rechazo, con toda la razón, por su racismo y genocida militarismo.

La relación del idealismo de Gentile con la religión, por otra parte, es bien peculiar. Si bien consideraba el catolicismo la religión universal, el suyo fue un catolicismo inmanentista; le consideraba la forma más elevada del pensamiento filosófico:

“El catolicismo es lo que debe ser: su fuerza radica precisamente en ese equilibrio que no se mantiene si no a expensas de la piedad, por un lado, como de la organización social por el otro: tanto de la intimidad como de la exterioridad, de la libertad como de la autoridad”.

Este deber ser católico inmanentista se reflejaba en el hombre-pueblo hecho Estado:

“Un hombre social, en la familia y en la ciudad, en las relaciones sociales y en el estado; y su personalidad se está extendiendo al implementar su universalidad original y esencial”.

“Un pueblo, un hombre: este es el estado”.

Con Gentile nos encontramos ante una defensa del populismo, que cae muy bien a las nuevas teorías pro populistas latinoamericanas.

El catolicismo de Gentile, por otra parte, no era uno ortodoxo, era uno universalista, incluyente, que promovía un Estado laico, pues la religión católica era ya universal.

Dos grandes filósofos del siglo XX, Michel Foucault y Gilles Deleuze, llegaron por vías distintas a afirmar cosas con una cercanía destacable a los fundamentos filosóficos del fascismo. Para Michel Foucault, como destaca el filósofo colombiano Santiago Castro-Gómez, la alternativa a la razón de Estado, y las tecnologías de gobierno liberales y lo que él denomina como “neoliberales”, no es una oposición Estatista, como prentendió el fascismo, sino una autopraxis cercana a la parrhesía y la epimiheleia heutu griegas: la acción de hablar libremente y con la verdad a los demás (ser sincero) y la inquietud de sí, el cuidado de sí mismo, en lo físico y lo mental.

Por su parte, Gilles Deleuze, siguiendo a diversidad de pensadores modernos, consideraba que la realidad era conjunto de las relaciones entre virtualidad (conjunto de existencias potenciales) y sus modificaciones actuales. El sí mismo virtual se modificaba constante y continuamente en actualizaciones empíricas. La realidad consistía para Deleuze en la continua repetición de la diferencia al infinito, de modo tal que esto se presentase en un mismo plano de realidad. Estas ideas llevaron a Deleuze posteriormente, junto a Felix Guattari, a defender que la realidad era conjunto de multiplicidades virtuales infinito que se actualizan en la medida que actuamos con otros, de modo tal que el acceso a la verdadera realidad (la parte virtual) se daba en la medida en que nuestro yo empírico, nuestras prácticas, se incluían activamente en el socious: la multiplicidad política conformada constantemente junto a otros. Tesis que posteriormente Negri y Hardt combinarían con el marxismo.

Es fácilmente rastreable en el discurso y programas político económicos de Gustavo Petro su afinidad por las ideas de Deleuze, Güattari y Foucault aparte de que se autodeclara liberal; ya sabemos en qué sentido. Su programa, su práctica, son identificables: salario mínimo, impuestos y regulaciones a la creación de beneficios empresariales, fiscalidad progresiva, pensiones públicas, secularismo educativo público y privado, rechazo al liberalismo económico y político en su sentido original, colectivismo, alto gasto público, estecisismo político, futurismo dogmático.

La alternativa foucaultiana a la razón de Estado, es tan cercana a la autopraxis de Gentile que impresiona. Así lo describe Castro-Gómez cuando se refiere a las tecnologías de gobierno alternativas a la razón de Estado y el liberalismo: “el concepto tecnologías de gobierno puede apuntar en dos direcciones: puede referirse a técnicas de conducción de la conducta de otros, como es el caso de la razón de Estado, el liberalismo y el neoliberalismo, o bien puede referirse a técnicas que permiten que los sujetos mismos conduzcan su propia vida con independencia de poderes externos, como es el caso de la parrhesia y la epimeleia, que Foucault explora en el mundo grecorromano. Estas últimas no son puros “ejercicios individuales”, como piensan equivocadamente algunos, sino técnicas de relacionamiento de sí mismo con otros, que tienen, por tanto, una clara dimensión política”.

La búsqueda de “democratización” del Estado, o lo que un foucaultiano llamaría una alternativa a la razón de Estado y las tecnologías de gobierno liberal y “neoliberal”, es mucho más cercana al la instauración de un popolo fascista encarnado en el hombre de Estado, que al comunismo heredero de Marx, Bakunin o Lenin o a la democracia liberal (en el sentido original del término). Su posible coincidencia va medidada hoy empero, como cualquier estudioso puede reconocer, por la inversión, bastante hegeliana, que hizo Gramsci de Marx. El término no académico, marxismo cultural, puede ser validado solo en tal sentido. Hay una dialéctica de las multiplicidades: autopraxis en relacionamiento de sí mismo con otros, política de multiplicidades populares tan diferenciadas al infinito que se identifican con la indiferenciación material absoluta: géneros infinitos, en lugar de posiciones sexuadas diferenciables que sean más que dos, puedan ser tres o cuatro; microculturas y micropolíticas al infinito hasta la indiferenciación material absoluta; las multiplicidades populares se unifican en Legislación Paritaria con privilegios para cierta multiplicidad popular. Puritanismo estatalizado en nombre de la diferencia. Esta mutación del fascismo original, en su versión petrista, no aparece de la nada, tiene su origen más cercano en el Bolivarismo y Social Nacionalismo de un M-19 más “rojas-pinillesco” que democrático liberal.

En repetidas ocasiones, Petro ha citado a Foucault, Deleuze y Negri e incluso a Alain Badiou, quien muy al contrario, aunque promoviendo un comunismo renovado junto a Slavoj Žižek, se distanció temprano del pensamiento de Deleuze y Güattari por considerarlo protofascista:

“Negación de la moral, culto de lo afirmativo natural, repudio del antagonismo, esteticismo del múltiple que deja subsistir fuera de sí, como su condición política sustractiva y su fascinación indeleble, el Uno del tirano: se prepara a doblar el espinazo, si no lo ha doblado ya. No les bastará a Deleuze y Güattari, para lavarse de la acusación de fascismo, argüir, pirueta cuyo alcance conocemos, que lo son más aún de lo que creemos”.

La alternativa comunista al fascismo es, por otra parte, incapaz de afirmar la diferencia material. No es el proletariado en contradicción histórica con el capitalismo estatizado un enfrentamiento que llegue a buen puerto. Pretender la mediación o la anulación del Estado-Capitalista hacia el múltiple popular, una vez más, antes que afirmar la diferenciación tendiente a infinito, afirma la indiferencia material infinita; el individuo que es unidad mínima de diferenciación política, es llevado a su ocultación.

Muy por el contrario, la indiferenciación formal absoluta entre humanos que el liberalismo sostiene, al ser puramente negativa, permite afirmar la diferenciación material finita. Todos iguales ante la Ley, en su abstracción, al materializarse, afirmándose en la práctica cotidiana, quiere decir: todos somos diferentes materialmente. Ya decía Hayek que “hay una gran diferencia entre tratar a los hombres con igualdad e intentar hacerlos iguales. Mientras lo primero es la condición de una sociedad libre, lo segundo implica, como lo describió Tocqueville “una nueva forma de servidumbre”.

Author profile

Filósofo. Productor Transmedia, Especialista en Televisión, Investigador de Ciencias de la Complejidad, Liberalismo Libertario, Economía Austriaca y Emprendedor Cultural.

Leave a reply

Ir a la barra de herramientas