El confinamiento obligatorio no aplana la curva, la buena información sí

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Hay un debate intenso, a menudo desagradable, acerca de la respuesta a la pandemia del COVID-19. En tres brochazos, algunos afirman que la tasa de mortalidad inferior a la predicha, muestra que las muertes pasivas que predijeron los modelos eran innecesariamente sensacionalistas. Algunos sugieren que incluso lo fueron deliberadamente, para causar miedo entre políticos, incluyendo al presidente Trump, y que tomaran acción drástica e innecesaria.

Unos pocos teóricos de la conspiración -los así llamados “conspiradores del coronavirus”- incluso ven motivos más siniestros en juego. Pero, como siempre resultan ser las cosas, es mejor siempre ignorar a esos excéntricos y timadores, así que no me referiré aquí a nada de ellos.
El debate serio se centra en si los modelos iniciales fueron siempre exagerados, o si la respuesta a ellos está disminuyendo las fatalidades, más efectivamente de como lo predijeron los epidemiólogos. Si es que sirve de algo, mi opinión es “ambos.”

Lo que hace al debate más desagradable de lo que necesita ser, es que mucha de la gente que denuncia las proyecciones iniciales, quiere argumentar que nuestra respuesta fue deliberadamente desorientada desde el inicio -tanto bombo en los medios, ganar puntos políticamente partisanos, y explotación de la crisis por motivos ideológicos- y que nunca debimos haber cerrado la economía.

Pienso que esta gente mayoritariamente está del lado equivocado del argumento, pero no envidio a quien está desesperado porque el país vuelva a trabajar. El costo económico de esta pandemia es asombroso y se sentirá por una generación o más, aún si logramos la muy anhelada recuperación en forma de “V,” cuando se haga la señal de que todo está claro.

El primer error es asumir que los científicos del Institute for Health Metrics and Evaluation, del Imperial College London, de los National Institutes of Health, y de los Centers for Disease Control and Prevention, estaban actuando de mala fe. Sólo porque un cajero hace un error matemático al darele a usted el vuelto, no significa que él está tratando de robarle. Y sólo porque esos modelos no eran oráculos perfectos, no significa que alguien estuviera mintiendo.

Por supuesto, predecir la expansión de un nuevo virus a lo largo del globo no es remotamente algo como calcular el vuelto correcto al comprar una bolsa de papas fritas. Estamos hablando acerca del comportamiento interdependiente de millones de estadounidenses, y de miles de millones globalmente, a través de instituciones, comunidades y fronteras.

Ciertamente que casi es el caso que los modelos estaban equivocados en un grado u otro, por la simple razón de que cualquier modelo es tan bueno como los datos con que se le alimentan. Con información imperfecta -en parte gracias a la deshonestidad vergonzosa del gobierno chino y los graves pasos errados de la Organización Mundial de la Salud- era inevitable que los modelos nunca serían más que las mejores estimaciones. Aún no hemos salido de las honduras, pero, el hecho de que “sólo” alrededor de 60.000 estadounidenses pueden morir, en vez de 240.000, parece ser algo que hay que celebrar, no una excusa para culpar a funcionarios, quienes lucharon por salvar vidas.

Aun así, hay un supuesto interesante común a ambos lados del debate: que el gobierno es responsable de todo esto. Tanto defensores como críticos empiezan desde la premisa de que la única variable aquí son las órdenes del gobierno.

Mi colega del American Enterprise Institute, Lyman Stone, un economista basado en Hong Kong, formula el caso de que la variable esencial para “aplanar la cuerva” no es la planificación central, sino el cambio en el comportamiento. Muchos negocios cerraron antes que fueran ordenados a hacerlo. Millones de personas practicaron el distanciamiento social y rehusaron montarse en aviones, no porque les fuera ordenado, sino porque estaban convencidos de que ese era un curso de acción inteligente para ellos mismos y sus seres amados.

Las personas cambian sus comportamientos cuando se les brinda información clara acerca de los riesgos. Varios países han aplanado la curva de los casos de COVID-19 de formas distintas, explicó Stone en mi podcast, The Remnant. Algunos descansaron en el trazado de los contactos, otros en poner a los enfermos en cuarentena, otros mediante cierres obligados ̶ o todos los de arriba. “Pero, lo que hemos visto en todos los países es que, lo que realmente lo logra, es la información,” dijo Stone.

La información no sólo viene de los gobiernos. Las tasas de mortalidad en Italia y Nueva York probablemente hicieron más por cambiar el comportamiento sobre el terreno, que todas las conferencias de prensa de Trump o las apariciones en la televisión del doctor Anthony Fauci.

Y esto planea otra complicación para aquellos que piensan que el gobierno puede justamente “reabrir” la economía con sólo apretar un botón. Trump y todos los gobernadores podrían, mañana, levantar las órdenes de quedarse en casa y los consejos federales. Eso no necesariamente llenaría los restaurantes, los aeroplanos o los estadios. Todavía la gente necesitaría ser convencida de que eso es seguro. Dicha persuasión viene por la vía de una información clara y creíble, no por órdenes desde la altura.
Y es así como debería serlo en una sociedad libre.


Traducción por Jorge Corrales.

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