Dos maneras en que nuestro mundo se parece a “1984”

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Han pasado al menos 25 años y leer hoy a “1984” fue una experiencia muy diferente.

Cuando recientemente en mis vacaciones llevé conmigo el libro 1984, no esperaba leerlo. A diferencia de otros dos libros que también llevé –12 Reglas para vivir de Jordan Peterson y El Optimista Racional de Matt Ridley- yo ya había leído el clásico de Orwell. O, ¿lo habría leído?

Al menos, habrían pasado 25 años. La mayoría de lo que recordaba parecía ser fragmentos de citas y clichés, que mi cerebro había absorbido a partir de artículos en la internet y la cultura popular. La verdad, siempre me había parcializado hacia Brave New World [Un Mundo Feliz, la obra de Aldous Huxley]. Tal vez porque la distopia de Huxley siempre me había parecido más liviana y menos malévola. Menos cruda.

Ahora, no estoy seguro de cuál libro prefiero, pero diré que leer hoy a 1984 fue una experiencia muy diferente. Para la mente de un joven, 1984 era básicamente una profecía alegórica del moderno estado policiaco. El Gran Hermano le está observando. Pantallas de televisión por todas partes. Niños espiando a sus padres y reportándolos ante la Policía del Pensamiento.

No pretendo rebajar estos temas. Orwell, en una época un socialista que se amargó ante esa ideología una vez que le echó una buena ojeada, fue profético al observar cómo operarían los estados de vigilancia totalitaria. (Tenga en mente que 1984 fue publicado dos años antes de que se formara la Stasi [Nota del traductor: El ministerio de Seguridad Estatal de la Alemania Oriental]).

LA FILOSOFÍA DE ORWELL

Lo que más me impresionó al leer 1984 en la actualidad, fue la comprensión de la filosofía de Orwell detrás del Gran Hermano, o, más bien, de su carencia de filosofía (más allá del nihilismo). La verdad, así la vemos, no existe en Oceanía, el estado nación totalitario que sirve como marco a 1984.

La ausencia de verdad se muestra varias veces de diferentes maneras, pero es famosamente expuesta cuando Winston Smith, protagonista del libro, reflexiona que es sólo un asunto de tiempo para que el Partido insista en que dos más dos suman cinco.

“Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Era inevitable que llegara algún día al en que dos y dos son cinco,” nos dice Smith. “Su filosofía negaba no sólo la validez de la experiencia, sino que existiera la realidad externa. La mayor de las herejías era el sentido común.”

No es tan solo que el Gran Hermano es hostil a la verdad, la lógica o los hechos (aunque lo es), Es que la verdad, la lógica y los hechos, en ciertos momentos inevitablemente entran en conflicto con su único objetivo: el control.

Esto nos lleva a una segunda observación acerca de Oceanía. Es una sociedad impregnada de política. A la gente se le obliga a la fuerza con ella. La consume, ya sea que lo deseen o no. Es bombardeada día y noche por los televisores. Proviene de niños y vecinos indoctrinados. Alguna gente que recita los clichés del Partido la creen, otra pueda que no. Pero, no hay escape a los dogmas del Partido.

En ninguna parte de la novela eso se demuestra con mayor amplitud que cuando Winston Smith revela que hasta el sexo estaba contaminado por la política. He aquí como él describió su primer acto de amor con Julia, la mujer que se convirtió en su amante:

“En los viejos tiempos, pensó, un hombre miraba el cuerpo de una muchacha y veía que era deseable y aquí se acababa la historia. Pero ahora no se podía sentir amor puro o deseo puro. Ninguna emoción era pura porque todo estaba mezclado con el miedo y el odio. Su abrazo había sido una batalla, el clímax una victoria. Era un golpe contra el Partido. Era un acto político.”

LA DECADENCIA DE LA VERDAD

Vemos en 1984 a un mundo en donde la política ha consumido las acciones más íntimas de la vida. No compararía a los Estados Unidos con 1984. Pero, creo que existe un paralelo.

La política, pocos hoy lo negarían, satura la mayoría de los aspectos de nuestras vidas. Se encuentra en nuestros sistemas educativos y universidades. En los juegos de futbol, en películas exitosas y en iglesias de los Estados Unidos. No siempre fue así el caso, y el desarrollo no es nada bueno.

Y luego está el asunto de la verdad. El año pasado, la Corporación Rank publicó un reporte. Esencialmente dijo que nuestra civilización está sufriendo de una enfermedad extraña: la Decadencia de la Verdad.

“La Decadencia de la Verdad se define como un conjunto de cuatro tendencias relacionadas: un desacuerdo creciente acerca de hechos y sus interpretaciones analíticas y de los datos; se borra la línea entre opinión y hecho; un aumento en el volumen relativo, y en la influencia resultante, de la opinión y la experiencia personal, por encima de los hechos; y una confianza que declina en fuentes anteriormente respetadas de información fáctica.”

La decadencia de la verdad puede ayudar a explicar por qué mucha gente -incluso personas de inteligencia razonable y bien fundamentada- parece sentirse como Alicia [la del País de las Maravillas] después de haber caído en el hueco del conejo.

“Estamos viviendo una era en la cual la sanidad es controversial y la demencia es simplemente otro punto de vista,” afirmó recientemente el economista Thomas Sowell.

Pienso que pocos estadounidenses negarían hoy que la verdad está bajo asalto. Es una de las pocas ideas en las que pueden estar de acuerdo la Izquierda y la Derecha. El desacuerdo surge en torno a quiénes son los mayores transgresores de la verdad.

Este no es un asunto trivial. Como lo señaló recientemente Lawrence Read, presidente de la Fundación para la Educación Económica, la verdad y la libertad son inseparables.

“La verdad es la primera víctima del desplazamiento hacia la tiranía,” escribió Read. “Si usted quiere vivir en libertad, primero debe comprometerse con la verdad en todas las cosas.”

LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Nuestro futuro no necesita ser tan oscuro como aquel de 1984. El primer paso para asegurarse de que ello no sea así, es reclamar el apreciado principio de libertad de expresión, y no estrictamente en un sentido legal. Más bien, debemos recordar que la expresión de ideas es esencial e inseparable en la búsqueda de la verdad.

El gran escritor estadounidense Walter Lippmann explicó en una ocasión, por qué la libertad de discutir es esencial no sólo para la libertad sino para la verdad como tal.

“…si es que en verdad queremos entender por qué la libertad es necesaria en una sociedad civilizada, debemos empezar por darnos cuenta de que, debido a que la libertad de discusión mejora nuestras opiniones propias, las libertades para otros hombres son una necesidad vital propia,” escribió Lippman, uno de los editores que fundó a The New Republic. “Este es el principio creador de la libertad de expresión, no que sea un sistema para tolerar el error, sino porque es un sistema para hallar la verdad.”

Si nuestra era sufre de una crisis en verdad, tal vez se deba a que no estimamos lo suficiente a la verdad. Nuestra sociedad parece estar más interesada en suprimir y en ocultar las ideas que lidiar con ellas, lo cual es lo que demanda una búsqueda seria de la verdad.

Thomas Jefferson escribió en una ocasión que la verdad “no tiene nada que temer” del conflicto. Pero, la verdad no prevalecerá en un mundo que impide el conflicto de ideas, suprimiendo la expresión.

“Libertad es la libertad de decir que dos más dos dan cuatro,” nos dice Winston Smith. “Si eso se acepta, luego todo lo demás viene agregado.”

Cuando leí esta línea hace 25 años, no entendí que estaba diciendo Orwell. Ahora sí la entiendo.


Traducción por Jorge Corrales.

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