Diego Rivera: Víctima de su ideología comunista

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Leyendo acerca de los murales de la secretaría de Educación Pública de México, pintados por Diego Rivera, encontré una historia peculiar acerca de los mismos: su significado, propósito y razón. Sabemos que el muralista era un comunista férreo, que el fin de sus murales era presentar el arte y la cultura de manera pública y cercana a las clases trabajadoras, que era amante de la URSS y la Revolución de Octubre, pero lo que no es tan conocido es la razón por la cual el muralista plasmó sus ideas en el edificio de la SEP.

El filósofo e historiador Daniel Vargas Parra, en su ensayo “Arte acción. De los muros puño y la poética de la destrucción” publicado en 2018 por la Secretaría de Educación Pública, en un libro que conmemoraba los 90 años de la culminación de los murales de Diego Rivera en la SEP, nos relata acerca de la visita de Rivera a la URSS para el décimo aniversario de la Revolución de Octubre, visita que tenía el fin de pintar en el salón del Ejército Rojo unos murales que exaltaran la Revolución y el proletariado vencedor. Parecía un sueño para Rivera, quien idealizaba al país comunista y lo veía como el inicio de la transformación mundial, pero al comenzar a criticar a la élite artística e intelectual del país encontró sus propias ideas aterrizadas al mundo real. Ideas que siempre mantienen un solo rumbo: la violencia.

Detalle del fresco de Diego Rivera “El hombre controlador del universo” con León Trotski, Friedrich Engels y Karl Marx. Fuente: Éclusette (CC BY 3.0)

Diego Rivera tuvo que dejar inconclusos los murales de la URSS y partir a México, conocedor de la censura y represión que los gobiernos comunistas mantienen como eje rector de sus políticas públicas. Al llegar a México decidió culminar su empresa en la SEP, pero siempre con la misma idea: la violencia como necesaria para el cambio social. Parecía que no había aprendido de su experiencia en la URSS, y mantenía la idea de un gobierno totalitario, censurador y violento. Esa violencia permanente se puede ver reflejada en los murales del Corrido de la Revolución Proletaria.

Rivera justificaba esa violencia entendiendo que la libertad individual debía ser subordinada a la libertad Estatal. Concebía al Estado como un ente cuyo fin reposaba en sí mismo y valía por sí mismo independiente a su acciones, y que la violencia debía ser el camino necesario para la transformación social.

Los deseos marxistas consistían en aumentar la libertad proletaria, la cual se encontraba limitada por la imposición de una burguesía explotadora, pero ¿realmente la libertad aumentó? Parece que no, al contrario.

Cuando un Estado es capaz de degollar el derecho a la vida, la libertad y la propiedad, en aras de un supuesto bien común, sepulta con esto la libertad individual y por ende la libertad colectiva. Lo único que termina construyendo es una libertad desproporcionada para el disfrute de sus dirigentes.

Jamás el sacrificio de la libertad individual traerá consigo la libertad colectiva. Esa censura se verá reflejada en todas las capas sociales. Tanto pensadores como artistas sufrirán el despotismo de un gobierno autoritario, no importando si se está a favor o en contra del mismo. Diego Rivera lo vivió de primera mano y aun así prefirió mantenerse en la necedad de los caminos de la violencia. ¿Cuántos más decidirán tomar esa ruta? Ruta que nos afecta a todos. Lo que no podemos olvidar los libertarios es que nuestro camino no es la violencia, son las ideas. Como decía El ángel rojo “se puede morir por un ideal, pero jamás matar por él”.

Parece un horizonte lejano, pero debemos entender la cuasi sacralidad humana, la dignidad inherente al hombre, misma que se encuentra aún en los violentos. El libertario, así como El ángel rojo, debe de ser un ejemplo de respeto de esa dignidad, mantener el debate como guía, y a la humanidad como camino.


 

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