Dejen de mezclar desigualdad con pobreza

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Fracasar en distinguir entre desigualdad y pobreza puede conducir a conclusiones de política problemáticas.

El problema de la desigualdad a menudo se ha considerado como uno de los mayores problemas sociales de nuestra generación.

Una preocupación extendida acerca de las grandes disparidades de ingreso y riqueza ha alimentado los sentimientos anti-globalización alrededor del mundo y amenazado con minar los avances en comercio, inversión e inmigración que hemos visto.

Un problema clave consiste en que las discusiones contemporáneas sobre desigualdad a menudo la han mezclado con pobreza. No sólo la desigualdad y la pobreza con conceptualmente diferentes, sino que, también, el fracaso de distinguir entre ellos pueden conducir a conclusiones problemáticas de política. Adicionalmente, cuando los proponentes del mercado critican las políticas redistributivas y los programas públicos de bienestar, son vistos como anti-pobres. De forma que, separar los dos conceptos puede ayudar a los proponentes del mercado a que vuelvan a ganar altura moral en este debate.

MEZCLANDO LA DESIGUALDAD Y LA POBREZA

Frecuentemente se asume que la desigualdad implica pobreza; esto es, que si los ricos están prosperando es porque los pobres han de estar sufriendo. Esta mezcla es muy sutil y se entiende mejor con la presentación de la desigualdad en el libro de texto usado ampliamente en cursos de economía de los colegios, Economics (7ª. edición) de John Sloman (2009). Según Sloman (2009, p. 276):

“La desigualdad es uno de los temas más polémicos en el mundo de la economía y de la política. Algunas personas tienen ingresos muy por encima de lo que necesitan para disfrutar un estilo de vida lujoso, mientras que otros luchan para adquirir incluso los bienes básicos. La necesidad para una redistribución de ricos hacia pobres es ampliamente captada en el espectro político. Así, el gobierno pone más impuestos a los ricos que a los pobres y luego transfiere algunos de los ingresos a los pobres, ya sea en forma de beneficios en efectivo o en especie.”

Este capítulo intenta explicar el fenómeno de la desigualdad, pero, casi imperceptible en su párrafo inicial, sugiere implícitamente que, en tales situaciones de desigualdad, hay pobres que “luchan para adquirir incluso los bienes básicos.” De hecho, ese no es necesariamente el caso.

Una desigualdad del ingreso significa simplemente la existencia de un bache entre aquellos que ganan más y aquellos que ganan menos. La simple existencia de un bache de ingresos, aún si se está ampliando, nada dice acerca de los niveles verdaderos de ingresos de aquellos que ganan menos. Sólo porque Bill Gates está cargado de billetes y es muchas veces más rico que yo, en sí no sugiere que soy “pobre” en un sentido absoluto.

Es claro que una sociedad con una distribución muy desigual del ingreso puede, aún así, ser una de altos niveles de prosperidad absoluta, de forma que quienes ganan menos (relativamente) pueden tener lo suficiente para sobrevivir –confortablemente.

IMPLICACIONES DE ESA MEZCLA

No sólo es posible que quien está peor en sociedades desiguales tenga lo suficiente para sobrevivir, en realidad es posible que esté mucho mejor en sociedades desiguales, que en otras más iguales.

Asumiendo la ausencia de un capitalismo de los amigotes, la desigualdad en el ingreso es un corolario de una economía libre, dinámica y creciente, que aumenta la prosperidad para todos.

Los intentos de cerrar la desigualdad por la vía de políticas estándares de un estado de bienestar, tales como impuestos redistributivos, subsidios, leyes de salarios mínimos, controles de precios y suministro público de “bienes sociales gratuitos”, como el cuidado de la salud, puede, y a menudo lo ha hecho, disminuir el crecimiento económico. De esa forma, se impacta la generación de riqueza de la cual dependen aquellos que no les va bien.

Puesto de otra forma, los intentos de luchar por la desigualdad retardan el crecimiento económico, en el mejor de los casos disminuyen la reducción de la pobreza y, en el peor de los casos, la exacerba.

Dejando de lado los costos económicos de los programas de bienestar centrados en el estado, también hay costos humanos menos cuantificables. Los programas de bienestar generosos a menudo atrapan a los individuos en un estado de dependencia en el gobierno, lo cual no sólo les desincentiva para que trabajen, sino que también les roba la dignidad y el sentido de logros que se presentan cuando ganan sus propios ingresos y el ser independientes y auto-suficientes.

En consecuencia, si fuera cierto que la gente es el centro de nuestra atención, deberíamos endosar la desigualdad, al menos aquella basada en el sistema de mercado. Cuando a la gente se le permite comerciar, invertir e innovar en el mercado, la desigualdad es inevitable, simplemente porque las personas son diferentes y algunas de ellas pueden ser más aptas en cuanto a vislumbrar oportunidades de tener ganancias. Aun así, si el sistema se deja básicamente sin obstáculos, genera vastas cantidades de riqueza que benefician a todos, incluyendo a quienes están menos bien.

Este es precisamente el por qué las tasas de pobreza han caído dramáticamente en la era reciente de globalización y, en tal grado, también lo ha hecho la desigualdad global.

Lo expuesto no significa que no haya un papel para el gobierno en la formulación de política social. Todavía existe la necesidad de asegurarse que la puesta en práctica de políticas facilite la creación de riqueza para todos, en vez de simplemente redefinir las partes relativas del pastel económico. Las políticas puestas en marcha en Singapur brindan lecciones útiles acerca de la mejor forma de ayudar a quienes están menos bien en cualquier sociedad.

POLÍTICAS SOCIALES QUE RECOMPENSAN AL TRABAJO

El sistema de bienestar social de Singapur se basa en el principio fundamental de la meritocracia, considerado como principio cardinal en la psique de Singapur. Se ha dicho que uno de los valores compartidos en Singapur, es “trabajar por una recompensa; recompensa por trabajar.” Aun cuando a quienes están peor se les brinda asistencia gubernamental, tales esquemas están cuidadosamente diseñados para promover y estimular el trabajo y así promocionar la independencia económica. La creencia es que los singapurenses deberían trabajar y cuidarse a sí mismos, en vez de depender solo del gobierno.

Estos principios se reflejan en varias iniciativas claves. Como testimonio de su orientación pro-trabajo, el principal sistema de “bienestar” de Singapur se conoce como “Workfare” [Nota del traductor: sistema gubernamental de Singapur por el que la gente en capacidad de trabajar, se entrena y que así pueda trabajar para ganar más]. Uno de sus componentes es el Suplemento de Ingreso por Trabajar (bajo el programa Workfare), el cual les da un pago en efectivo a los individuos de bajos ingresos que están trabajando. No es una simple “limosna gratis”, sino esencialmente un incentivo para estimular que se trabaje.

Una ilustración mayor de la orientación pro-trabajo de Singapur es el otro componente de esta política: un esquema de apoyo para el entrenamiento, por el que se incentiva a los trabajadores a mejorar sus habilidades para con ello aumentar su productividad y su potencial de ingresos.

Asimismo, deliberadamente Singapur ha rechazado la existencia de una ley nacional de salario mínimo. En su lugar, ha introducido un “Modelo Salarial Progresista” focalizado en diversos sectores de bajos salarios, como limpieza, seguridad y cuido de jardines. De los empleados en esos sectores se espera que se les pague un mínimo, pero, también, se incentiva que se les envíe a un reentrenamiento a fin de incrementar su productividad. Mientras que con la legislación típica de salarios mínimos se espera simplemente que los patrones paguen el salario exigido, la apuesta de Singapur va más allá, al estimular mejoras en la productividad.

También se otorgan subsidios, pero sólo en un monto limitado y focalizado. Por ejemplo, en el sector del cuido de la salud, se espera que los individuos hagan co-pagos por sus gastos médicos y no pueden descansar en subsidios gubernamentales para simplemente cubrir el 100% de su facturación. De hecho, se les da más ayuda a los individuos más necesitados que ni siquiera pueden cubrir sus necesidades básicas, pero el principio de responsabilidad propia pesa muy fuertemente en el sistema de Singapur. No es sorpresa que los resultados en cuanto a salud de Singapur, excedan en mucho a aquellos de los Estados Unidos, aun cuando se gasta tan sólo una fracción de su PIB en el cuidado de la salud, en comparación con los Estados Unidos.

UNA POLÍTICA ORIENTADA AL CRECIMIENTO

Estas políticas sociales de Singapur podrían seguir siendo anatema para libertarios puristas, quienes del todo prefieren eliminar toda asistencia social, pero, si es que debemos tener políticas sociales en este mundo de aquí y de ahora, hay mucho que admirar en ese sistema. Particularmente al observarse su naturaleza limitada y focalizada y su orientación pro-trabajo, pro-responsabilidad.

Los líderes de Singapur han logrado identificar la diferencia entre desigualdad y pobreza y han optado por seguir políticas orientadas hacia el crecimiento, en ocasiones incluso a expensas del bache de ingresos. Lo dijo el primer ministro Lee Hsien Loong en el 2013:

“Si puedo lograr que vengan a vivir en Singapur otros diez billonarios, mi coeficiente de Gini empeorará, pero pienso que los habitantes de Singapur estarán mejor, porque aquellos traerán negocios, traerán oportunidades, abrirán nuevas puertas y crearán nuevos empleos.”

En conclusión, es causa de preocupación el enfoque obsesivo de la mayoría de las sociedades para fijarse en la desigualdad a expensas de los muy pobres. Mezclar la desigualdad y la pobreza puede irónicamente conducir a políticas equivocados que, en última instancia, dañan al pobre.

La próxima vez que se le pregunte a usted si le importa el “problema de la desigualdad”, responda negativamente y que, en vez de ello, le importa demasiado la gente pobre. Los proponentes del mercado deberían siempre enmarcar a los mercados como una herramienta poderosa que acaba con la pobreza y así volver a ganar la altura moral en este debate tan esencial.

Referencias:

Sloman, John & Wride, Alison (2009), Economics (7a. edición). Edinburg Gate: Pearson Education.


Traducción por Jorge Corrales.

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