Dedicado a todos los defensores de la familia

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“Lo que está mal es que no nos preguntemos en qué consiste el bien” (G. K. Chesterton)

Físicamente y en expresión figurativa, G. k. Chesterton era un tipo que bien podría calificarse de gigante, término este que reservamos para quien presenta un volumen y altura corporal que no es común ver con frecuencia. Pero quien se acerca a los escritos del insigne escritor londinense, a poco que se adentre en los mismos, se dará cuenta, sin sombra de dudas, que está frente a un gigante espiritual, frente a un ser realmente excepcional, fuera de lo común, principalmente en lo que tiene que ver con el uso de su facultad intelectiva puesta al servicio de la Verdad mediante el cultivo de las letras, y esto ya no en sentido figurado sino muy literal y real. Tal cosa no sucede con frecuencia.

Gilbert nació un 29 de mayo de 1874 en Londres, fue escritor y periodista. Tocó los más variados temas, presentándolos con humor, claridad, ironía, inteligencia, sagacidad, y profundidad. Atento a los tiempos que corren, se me ha ocurrido transcribir algunos de sus pensamientos, relativos sobre todo a la mujer y los niños, pensamientos que, al tiempo que prueban la talla del escritor, vienen bien como si fuera un oxígeno puro para el alma, ante tantísima hediondez que emana de ideologías que intentan dominar las sociedades actuales.

Como el escritor británico brilla con su sentido común, para el propósito que busco, vengamos a uno de sus puntos de partida.

“La tesis es esta: que la emancipación moderna en realidad ha sido una nueva persecución del Hombre Común (…). Lo único que ha prohibido es el sentido común, como lo hubiera entendido la gente común (…). El hombre común de ninguna manera quiere fundar una secta. Es mucho más probable que quiera, por ejemplo, fundar una familia. Y es exactamente allí donde es muy posible que los emancipadores modernos comiencen a frustrarlo en nombre del progreso, en nombre del infanticidio” (Chesterton, G. K., El Hombre Común, ed. Lumen, Buenos Aires, 1996, p. 5). Teniendo en cuenta su planteo, desarrollemos más sus ideas.

Ese prohibir el sentido común conduce inevitablemente al desvarío: “la marca principal y elemental de la locura (…) es la razón utilizada sin raíces (…). El hombre que comienza a pensar sin los primeros principios adecuados se enloquece; comienza a pensar en el final equivocado” (Chesterton G.K., Ortodoxia, ed. San Pablo, Buenos Aires, 2008, p. 34).

Una buena parte de los llamados políticos van permanentemente contra esta máxima chestertoniana: “Nadie debe cometer una inmoralidad con la esperanza de salir beneficiado” (Chesterton, G. K, La Mujer y la Familia, ed. Styria, Barcelona, 2006, p. 97). Cuántos han vendido su alma para obtener viles votos que les aseguren por un tiempo más sus cargos y beneficios económicos, lo que incluye pactar contra la vida de los más indefensos.

Nosotros que defendemos a los niños (¡a todos los niños!, lo cual significa que incluimos a aquellos que acaban de ser recién concebidos pues tienen vida y vida humana), tenemos estas magistrales y emocionantes palabras del preclaro Chesterton: “Tratemos con respeto a los niños porque atisbamos la trascendencia en lo que son y en lo que hacen, cosa que no sentimos respecto a los adultos. La misma pequeñez de los niños hace posible que les miremos como si fueran prodigios maravillosos. Nos da la impresión de que estamos tratando con una raza nueva que sólo se puede ver con microscopio. Al contemplar vidas tan humanas y sin embargo tan pequeñas, sentimos como si nosotros mismos nos hubiéramos inflado hasta alcanzar dimensiones vergonzosas (…). Tal vez su aspecto gracioso es el vínculo más atractivo de todos los que mantienen unido el mundo” (ob. cit. p. 81). Realmente son prodigios maravillosos, y, cuando descendemos en esa pequeñez, nos queda solo el anonadamiento; hasta incluso la humillación, pues, con toda verdad, el microscopio es un invento que revienta la soberbia, ya que introduce a la inteligencia humana en todo un mundo que revela sin margen de dudas la huella de una Inteligencia Divina.

Chesterton tenía extremadamente calibrada la idea de lo que implica ese advenimiento al mundo de un ser humano: “La creación de un nuevo ser, de un foco independiente de conciencia, de experiencia y de alegría, es un acto inmensamente más grande y divino que el mismo amor entre hombre y mujer. Y mucho más grande que una satisfacción física que apenas dura momentos. Si crear otra persona no es algo noble, ¿por qué va a ser más noble la pura indulgencia en el placer? (ob. cit. págs. 77 y 78).

El circo político que es brindado a las sociedades, ocasionalmente, como ahora pasa en Argentina, decide no tratar el tema del aborto porque no les conviene meterse con él en momentos electorales, debido a que, como se sabe, eso hace peligrar los votos que pretenden. El voto para ese circo es una suerte de principio vital que deben defenderlo sea como sea, y, desde luego, vale más para el circo el voto que la vida de un niño. Ello prueba que es todo un camelo cuando en otros momentos no electorales saltan con el tema del aborto invocando a la pobreza de los pobres. Mentiras, viles mentiras. Se acuerdan de la pobreza para justificar al aborto, no porque les importe los pobres. El aborto no es deseado por los pobres sino por los más adinerados, y por eso también ahí tienen ustedes esos videítos cretinos y circunstanciales, hechos por millonarios a favor del aborto y que aparecen con sus trilladas estupideces para soliviantar una masa que en una fecha fijada debe presentarse a levantar un pañuelo verde y vociferar a favor de la maniobra asesina. La pobreza viene bien como argumento para intentar dar cabida a los intereses macabros de organizaciones asesinas. Estamos en presencia de seres que, también como es sabido, juegan a ser dioses, omnipotentes, metiendo las narices en lugares prohibidos. No solo por dinero baila el mono, sino que también por él matan los monstruos. Y son esos políticos quienes, como en otras oportunidades lo hicimos ver, pretenden venir a educar a los niños. Ellos, obligando a tragar el veneno de la llamada ESI, que ayer, 28 de marzo de 2019, se la introdujo conjuntamente (no podía ser de otra manera), en la basura del llamado Proyecto de Ley Interrupción Voluntaria del Embarazo. De la mano. Pensar que Chesterton decía que lo “único esencial de un autor para niños es que no se rebaje al escribir para ellos” (El Hombre Común, ed. Lumen, Buenos Aires, 1996, p. 196). Ahora se rebajan no solo para rebajarlos, sino para destrozarlos: para enseñarles, por ejemplo, que son dueños de poder matar en el vientre de la mujer, y también para darles textos pervertidos donde abunda lo contranatural como algo bueno. Porque “cuando uno comienza a pensar en el hombre como en una cosa oscilante y alterable, siempre es fácil para el fuerte y el astuto meterlo en nuevos moldes para toda clase de propósitos antinaturales” (Chesterton, G.K., El Mundo al Revés, ed. La Espiga de Oro, Buenos Aires, 1945, p. 255). Díganme qué pensar hoy, si ya, antes de 1945, la brillante mente de Chesterton sostenía: “La educación moderna significa implantar las costumbres de la minoría y desarraigar las costumbres de las mayorías” (ob. cit. p. 244).

Parece que nuestro gran amigo Gilbert no quiso ni imaginar la aberración que con el devenir temporal hemos venido a conocer como ideología de género. Él dejó anotado, también antes de 1945, que “nadie podría pintar la obscenidad y brutal tragedia que implicaría ese monstruo que sería el hombre nacido del hombre” (ob. cit. p. 173). Hoy no solo lo pintan, sino que lo proponen como avance “científico”. Pero: “¿No ves que el hecho primordial de toda identidad cosiste en el límite impuesto a todo ser viviente? ¿No lo comprendes?” (Chesterton, G. K., La Taberna Errante, ed. Acuarela, España, 2009, p. 273). ¿Lo ponemos con otras palabras? Va: “Esperan de la naturaleza cosas que ella no prometió jamás, y se empeñan en destruir lo que realmente les ofrece” (ob. cit. p. 83). Al moderno revolucionario esto no solo no le importa, sino que lo ve como algo digno de ser atacado. Solo puedes “liberar a las cosas de leyes extrañas o accidentales, pero no de las leyes de su propia naturaleza (…). No obres como un demagogo, alentando a los triángulos para que se suelten de la prisión de sus tres lados. Si un triángulo reniega de sus tres lados, su vida llega a un final lamentable” (Chesterton G.K., Ortodoxia, ed. San Pablo, Buenos Aires, 2008, p. 49).

Chesterton fue un gran luchador contra el feminismo, el cual ya amenazaba la vida del hogar con sus retorcidas ideas, atacando principalmente al ama de casa y a los niños. El genio enseñaba: “No hay duda de que hay razones para criticar la vida en familia y razones para elogiar la vida en un hotel. Pero a menudo se hace la increíble y extraordinaria sugerencia de que la ruptura de un hogar supone una liberación. Se nos presenta el cambio como favorable a la libertad. Sin embargo, para cualquier persona capaz de pensar, tal ruptura representa exactamente lo contrario. Como todo lo humano, la familia no es perfecta y no alcanza una perfecta libertad, algo bastante difícil de conseguir y hasta de definir. Pero es simple cuestión de aritmética ver que logra la mejor forma de organizar libremente al mayor número de personas (…).

Cualquiera que sale por la puerta de su casa está obligado a entrar en una procesión donde todos caminan de la misma manera y muchas veces llevan el mismo uniforme. El mundo de la empresa, sobre todo de las grandes empresas, está organizado como un ejército. Es un militarismo sin derramamiento de sangre, pero cien empleados de un banco o cien azafatas están sometidas a mucha más disciplina y control en su trabajo que en su casa, decorada con sus cuadros y colores favoritos (…). Por eso quienes hablan contra la familia son poco inteligentes: no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen” (ob. cit. p. 54). Insistirá Gilbert sobre eso, y afirmará sin rodeos: “De todas las modernas ideas engendradas por la riqueza, la peor de todas es la idea de que la vida de familiar es aburrida y sosa. Dentro del hogar –dicen- no hay más que rutina, y fuera están la marcha y la variedad. Es la opinión de los ricos, claro. Del que sabe que su casa descansa sin problemas sobre su fortuna. Su dinero le permite vivir como vagabundo, si le da la gana. Pero su aventura más arriesgada acabará en un restaurante, mientras que la aventura más inocente de un vagabundo puede acabar en la comisaría. El rico tampoco sabe que, para la gente moderadamente pobre, el hogar es el único sitio donde se respira libertad (…). Fuera del hogar hay que aceptar las reglas estrictas de la empresa (…). Pero en la propia casa uno puede comer en el suelo si le apetece. Yo mismo lo hago a menudo: da una sensación de picnic extraño, infantil y poético. Si lo hiciera en una cafetería provocaría un desagrado considerable. Un hombre puede ir por su casa en bata y zapatillas, pero eso no se lo permitirían en su oficina” (ob. cit. págs. 50 y 51).

“En su hogar –dirá el escritor-, una mujer puede ser decoradora, cuentacuentos, diseñadora de moda, experta en cocina, profesora… Más que una profesión, lo que desarrolla son veinte aficiones y todos sus talentos. Por eso no se hace rígida y estrecha de mente, sino creativa y libre. Ésta es la sustancia de lo que ha sido el papel histórico de la mujer. No digo que muchas no han sido maltratadas e incluso torturadas, pero dudo que jamás hayan sido torturadas tanto como ahora, cuando se pretende que lleven las riendas de la familia y, al mismo tiempo, triunfen profesionalmente (…). Los bebés no necesitan aprender un oficio, sino que se los introduzca a un mundo entero. El niño es un ser humano capaz de hacer todas las preguntas posibles, y muchas de las imposibles (…). Cuando la gente dice que esa tarea femenina no solo es cansada sino trivial y odiosa, se me hace imposible entender lo que quieren decir (…). Porque decidir y organizar casi todo; ser ministro de economía que invierte y compra ropa, libros, sábanas y pasteles; ser Aristóteles que enseña lógica, ética, buenos modales e higiene… Todo esto puede dejar a una persona exhausta, lo que no puedo imaginar es cómo podría hacerla estrecha y limitada. La manera más breve de resumir mi postura es afirmar que la mujer representa la idea de salud mental, el hogar intelectual al que la mente ha de regresar después de cada excursión por la extravagancia” (ob. cit. p. 34. Y algo parecido dice en su obra El Mundo al Revés, ed. La Espiga de Oro, Buenos Aires, 1945, p. 178).

Contra lo anterior está el discursito que aun, tristemente, no pasa de moda: eso de que el escape del hogar a toda costa es algo bueno. Como si se tratase tal ámbito de una cárcel, de un infierno. Bueno es saber que es una moda y no una verdad, y “los que abandonan la tradición de la verdad, no escapan hacia algo que llamamos libertad. Huyen hacia algo diferente que llamamos moda” (Chesterton G.K., El Pozo y los Charcos, ed. Agape (segunda edición), Argentina, 2007, p. 78). Viene mal la cuestión: “El mundo está en marcha, pero en otro sentido” (ob. cit. p. 48).

Hay quienes engañan a las familias presentándoles inverosímiles felicidades mediante inverosímiles derechos. Pretenden que pueden alumbrar usando lo que no alumbra, a lo que podríamos responder con la ironía pronunciada por el personaje Syme, de la novela El Hombre que fue Jueves: “No estoy seguro de que pudiera usted ver el farol a la luz del árbol” (Chesterton G.K., ed. Crónica, Colombia, 1994, p. 29).

Habrá quienes no comprendan lo que ha dicho Chesterton; puede pasar. Habrá quienes no coincidan con él en alguno de sus planteos; puede pasar. Habrá quienes tras haber conocido ahora una pequeña parte de sus pensamientos, pasen a detestarlo; sé que sucederá y ya sabemos quiénes serán de ese proceder. Estos últimos saltarán y vociferarán diciendo que todo esto es discurso viejo y ya caduco, irrealizable y dogmático. Tienen las cosas tan claras que su fundamento es lo turbio, y están tan inamovibles con la idea de su constante devenir que no pueden advertir su dogma. No debe alterarnos el grito de la masa: “Una cosa muerta puede ser arrastrada por la corriente, pero sólo algo vivo puede ir contra ella” (Chesterton, G.K., El Hombre Eterno, ed. Cristiandad, España, 2011, p. 331).

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