De la demagogia y otros demonios

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Hoy hago mi primera publicación en este importante medio de difusión, y les compartiré parte de mi historia de vida y como logré romper con tantas cadenas de las cuales vivía preso desde muy temprana edad.

Siempre he sentido la necesidad de encontrarle sentido a la forma en la cual funciona el universo, y ello se debe a muchas razones que habitan en lo más profundo de mi ser, pero una de ellas radica en el hecho de que “soy gay”. Yo necesitaba saber el por qué de mis gustos y preferencias, y entre más pasaba el tiempo, más atraído me sentía por las personas de mi mismo sexo y yo no encontraba razón de ser ante ello.

Crecí en una ciudad de provincia de Colombia llamada Manizales, perteneciente a una región del país que en su mayoría se conoce como el “Eje Cafetero”, en el seno de una familia fervorosamente católica cristiana y que nunca ha podido entender que el hoy jamás debe ser juzgado con el criterio del ayer; eso obviando el hecho de que la sociedad de la ciudad en mención es además extremadamente conservadora. El ser gay para mi familia era entendimiento de algo muy negativo, porque según la palabra de Dios, ante sus ojos es una terrible abominación y ninguna persona así jamás podrá heredar el reino de los cielos y la vida eterna una vez deje de respirar. Pese a todo, algo dentro de mí me llamaba a rasgar con la idea de que Dios castiga implacablemente a las personas que tenemos esta condición humana. Ese fue mi primer demonio.

Sumado a eso, mi hogar ha tendido a estar asediado por las deudas, debido quizás a una mala mayordomía y administración de los bienes o un mal aprovechamiento de las oportunidades; y por ese mismo saber es que siendo muy joven formé la conciencia de que para garantizar una buena educación, no había otra persona distinta a mí que podía hacerlo. A partir de los ocho años me esforcé incesantemente por ocupar los primeros lugares en las instituciones educativas en las cuales estuve matriculado, tanto así que tuve la fortuna de estudiar en colegios privados por cuenta de ellos. No obstante, sobre un menor de edad aún no recaía totalmente la sostenibilidad económica de un hogar, y enfrentamos un giro bastante complejo, que produjo incluso que debiéramos dejar Manizales. Es así como emprendimos un éxodo hacia un municipio del mismo departamento de Caldas llamado Anserma, un lugar aún más conservador, menos desarrollado y en el que preocuparte y apersonarte de tu educación resultaba algo descabellado. Por fortuna, la realidad de dicha población hoy en día no es así, pero en aquel entonces ser buen estudiante y evitar congregarte con los más populares y los más desadaptados –los que particularmente me parecían muy básicos y que exponían a cabalidad una realidad en la forma de contemplar el mundo que aún persiste en nuestra cultura–, no era visto positivamente. El reto ahora fue ser autodidacta, y salir adelante a como diera lugar para ingresar a una institución educativa de calidad superior que valiera la pena y que además no constituyera mayores costos y gastos a mí y a mi hogar.

Es así como ingresé a la Universidad Nacional de Colombia Sede Manizales en el año 2004 a la edad de 15 años. Era muy joven para enfrentarme al ambiente de una universidad pública estatal, pero a pesar de eso, desde que inicié en el pregrado de Ingeniería Electrónica me destaqué también como buen estudiante y logré graduarme dentro de los cinco años establecidos para estudio de la carrera. No habían transcurrido siquiera 15 días de haber comenzado mi primer semestre de clases y el cuento de “van a privatizar la U” ya comenzaba a rondar por todas partes. Los programas de Ingeniería Física, Matemáticas Puras y Construcción, ante la poca demanda que tenían de ingreso por semestre, fueron anualizados. Muchos de los estudiantes de dichos programas se sintieron indignados por tal situación y convocaron a una “Asamblea Permanente”, con el argumento de que la anualización de una carrera era el primer paso para que la universidad pública estatal fuera privatizada y muchos perdiéramos la posibilidad de formarnos a través de ella. El haber ingresado como uno de los diez mejores exámenes de admisión de mi carrera, me permitió pertenecer a un programa que promovía no recuerdo que organización privada, el que yo no tuviera que pagar ningún costo de matrícula mientras mantuviera mi promedio acumulado por encima de 4.0. En aquel entonces yo desconocía que sin importar que la universidad fuera pública estatal, todos sin excepción debíamos renovar el ingreso a ésta semestre a semestre. Desconocía además que muchos de mis compañeros de programa pagaban hasta dos o tres millones de pesos de matrícula, y eso se debía a los efectos de declaración de renta de ellos mismos o de sus apoderados; por lo que el cuentito de la “gratuidad en la educación pública estatal” en realidad no aplica. Todos los estudiantes sin excepción pagamos matrícula, y entre otros, conceptos como la sistematización de datos son cobrados. Con ello reafirmé mi criterio de que todo en la vida siempre viene pagado de algo o por alguien, y que todo, aunque sea inmaterial, implica un valor. De cinco años que estudié en la Universidad Nacional de Colombia Sede Manizales, cuatro se vieron interrumpidos por dinosaurios socialistas que promovían el cuento de “van a privatizar la U” y no es conveniente que migremos a una nueva reglamentación del modelo educativo institucional actual. Estos eran adultos que rondaban los 30 años de edad pero que llevaban como diez o más siendo alumnos, y fuera de ser pésimos estudiantes que se iban en contra de las reformas que afectaban su permanencia en la universidad; lo único que hacían era satisfacer sus insaciables deseos sexuales con las primíparas en alguno de los potreros de la U al son de Silvio Rodríguez o cualquier exponente de “Música Protesta”, después de consumir un sancocho condimentado con cilantro salvaje (marihuana) o de tomar un canelazo. Entonces claro, jóvenes inmaduros cómo yo, comprometidos con “El Cambio”, pero no tanto como para atrevernos a arrebatarle la vocería a estos “Líderes de la Causa Universitaria”, nos encargábamos de hacer voluntariado por el bien de esta; pintando murales y pancartas, marchando por las calles de la ciudad y recogiendo colaboraciones en los eventos convocados por la “Asamblea Permanente”. Creíamos en que nuestro aporte a la cultura transformaría el mundo. Ese resultó ser mi segundo demonio.

Con el pasar de los años, conforme se ampliaron mis conocimientos y fueron creciendo mis vivencias y experiencias, y a su vez me desarrollé como profesional y empresario, además de que me mudé a la Capital de la Montaña “Medellín” (ciudad en la que actualmente continúo residiendo); maduré, y descubrí que ser gay no era algo de lo cual yo debía sentirme avergonzado, y que mucho menos era condenado por Dios como una enfermedad o una perversión. Descubrí también que mi trabajo, colectas y esfuerzos “revolucionarios” en la época universitaria fueron invertidos por sus sediciosos cabecillas y todo su círculo de influencia en sexo, drogas y alcohol. Para desgracia de las nuevas generaciones, los loables “Líderes de la Causa Universitaria” permanecen allá en la universidad; pero ahora como padres y docentes impartiendo el caduco “Sermón Socialista del Amor por la Igualdad”. Comprendí que la ideología política de la revolución socialista es un fracaso y que se encuentra inmersa en niveles de corrupción mayores que los que tiene el capitalismo. Basta con observar naciones tan bellas y que llegaron a ser ejemplo de desarrollo en otra época como Argentina, atascada en la pobreza por cuenta del enriquecimiento ilícito del matrimonio Kirchner-Fernández. Basta también con observar a Venezuela, quizás el país que goza de mayor cantidad de recursos explotables en Latinoamérica, pero dirigida por una secta de cerdos mezquinos que han acaudalado sus arcas a costa del empobrecimiento masivo de su pueblo.

Estas son lecciones que yo como hombre gay y exalumno de una universidad pública estatal con ideales de “cambio”, tarde que temprano aprendí.

Aún así, dentro de mí todavía habitaba un demonio que requería cuanto antes ser exorcizado: “La Demagogia”, que también podría llamar “Engaño Populista”. Por mucho tiempo no me sentí plenamente identificado con una corriente política, ya que percibía en los servidores públicos colombianos los más oscuros sentimientos; sentimientos que iban desde el odio, la envidia, la ira y la arrogancia; hasta posturas tan viles como la necedad de colocarse siempre por encima de otros, la violencia disfrazada de servicio social y la falsa filantropía; aunado todo esto además al discurso de promesas ilusorias. Es por ese motivo que no señalo a los jóvenes que han caído en el juego del socialismo en el pasado ni en el hoy, porque son tan ingenuos como lo fui yo y porque están indignados por las inconsistencias y putrefacción de nuestra clase política. Pese a que la falta de conocimiento no exime a nadie de la culpa, este fenómeno resulta ser producto del desconocimiento de nuestro egoísmo como seres vivientes que somos, de nuestra falta de conciencia de desarrollo como personas y como nación, y del sucumbir ante las motivaciones reales del poder que cubre su conveniencia con la máscara del altruismo. Durante mucho tiempo, opté por las opciones menos malas entre las peores, o por individuos que a mi consideración se acercaban un poco a lo que yo realmente buscaba en quienes manejan el Estado. Como creo en el individuo, creo que existen personas que se encuentran en el lugar equivocado, creo que muchos no deberían estar dónde están; y creo que son mucha persona, mucha mente y mucho profesional para el partido político en el cual militan.

Así, gracias a esa motivación constante que mencioné al principio, de prosperar desde mi conocimiento y querer encontrarle sentido a todo, he sido libre de todos mis demonios. Gracias al descubrir personajes como Frédéric Bastiat, Alexis de Tocqueville, Friedrich Hayek, Ayn Rand, y desde luego Ludwig von Mises; estoy plenamente convencido que el capitalismo y el liberalismo clásico son los únicos vehículos que permiten justicia social real y crean condiciones aptas para que todos podamos lograr nuestros anhelos. Hoy en día, me admito cien por ciento libertario.

No me cabe duda alguna que los libertarios somos el único movimiento civil en Colombia y Latinoamérica que está en función de garantizar el ejercicio pleno de las libertades individuales, civiles, políticas y económicas de nuestra especie.

Sigo creyendo en Jesucristo, pero no soy ni religioso, ni fundamentalista bíblico y mucho menos fanático (ni de Él ni de nadie); y creo en que nadie tiene el derecho de imponer su visión de Dios, y de cómo fue erigido y ha evolucionado el universo por encima de otras personas. Aparte de, contemplo la ciencia como motor de avance del ser humano.

Soy empresario, y tengo a mi cargo un instituto de educación extra-curricular que se dedica a la formación de mentes pensantes e inquietas mentalmente y promuevo en mis alumnos la defensa de su libre pensamiento y la conducción autónoma y comprometida sobre uno mismo con la consigna “Todo me es lícito, más no todo me conviene, y yo no me dejo dominar por nada”. Ellos con esto han aprendido que ser libre, es ante todo ser responsable.

Estoy a favor de que cada persona maneje sus gustos, sus preferencias y sus sexualidad y auto-percepción de género como mejor se sienta; incorporado al total reconocimiento y respeto de mi población “la población LGBT”, como ciudadanos de bien y que contribuyen al progreso de un lugar en el cual todos podamos hacer lo que queramos sin afectar al otro; y anhelo con que en todos los rincones del planeta pueda producirse la unión civil entre este tipo de parejas y que si desean adoptar también puedan hacerlo. Mi población me duele más de lo que ellos y muchos alcanzan a dimensionar.

Entre otros, no me opongo a la legalización de las drogas, de la prostitución y del aborto, porque independiente de mis creencias, estoy encaminado hacia que cada persona sabe ejercer su soberanía sobre sí mismo, sabe que decisiones y opciones tomar, sabe qué manejo quiere darle a su cuerpo, y sabe hasta dónde puede llegar; y eso ni el Estado ni ninguna Iglesia pueden decidirlo.

Por todo esto, no puedo compartir ideas con ningún mecanismo de orden social y económico proteccionista y colectivista, excedido en burocracia, que supone que lo mejor para el pueblo es ampararse en lo que diga el Estado, y que suscite que la riqueza deba ser transferida cuando ésta en realidad se crea; arrastrando a su vez más demonios como lo son la deuda y la inflación.

Sueño con una Colombia en donde las personas conciban que la igualdad no existe -salvo sólo si es ante la ley- y que debemos aprender a valorar la diferencia. Sueño con que aquí haya pluralidad de oficios, profesiones, gustos, preferencias, credos y pensamientos; donde todos los habitantes tengamos la conciencia de que debemos ser esforzados y valientes en lo concerniente a nuestra salud, educación y consolidación del patrimonio; y que además de eso la ley permita que así sea, con empleos, posibilidad de emprendimiento, mercados abiertos y tácito respeto a la propiedad privada.

Sueño con una nación que comprenda que no es conveniente acometer a que otro nos cargue o que otro nos debe dar, o que para llegar a donde queremos debemos recurrir a trampas, asesinatos o estafas; y que desista de la idea de depender del Estado –pues sin importar sus leyes, éste suele ser ineficiente–.

Sueño con que dejemos de cultivar esos sentimientos oscuros dichos antes, en donde a nadie le interese si el otro tiene más que él; sino que se concentre en hacer lo que desea y en donde no le hagamos a otro lo que no nos gustaría que nos hicieran. Sueño con que algún día los colombianos razonemos que el Estado es solamente un órgano regulador, o como diría la admirable Gloria Álvarez –“Un arbitro que sirve para vigilar nuestro juego en la cancha”–.

Sueño con que por fin despertemos del letargo en el que estamos, y entendamos y pongamos por obra que los únicos que realmente garantizamos el impulso de una nación, somos nosotros los ciudadanos.

ing.cristiandgilt@gmail.com | + posts

Ingeniero Electrónico de la Universidad Nacional de Colombia Sede Manizales (Manizales Caldas, Colombia), y Especialista en Gerencia de Proyectos de la Escuela de Ingeniería de Antioquia (Envigado Antioquia, Colombia).

Socio y Administrativo de una franquicia educativa que imparte una metodología como complemento para que los alumnos mejoren su nivel académico. Facilitador calificado en la educación de jóvenes, niños y adultos en el área de las matemáticas. Promotor del desarrollo del potencial humano en términos de autodidactismo, autonomía, capacidad de trabajo, creatividad, defensa de los ideales, efectividad, atención, cálculo mental, síntesis, análisis, raciocinio y pensamiento lógico. Colaborador permanente de "The Mises Report", y en otras oportunidades del portal "MÁS+ Libertad".

Defensor de la libertad influenciado por las ideas de pensamiento desarrolladas en la "Escuela Austríaca de Economía"; cuyos máximos referentes son Ludwig von Mises, Carl Menger, Friedrich Hayek, Murray Rothbard, Hans-Hermann Hoppe, Jesús Huerta De Soto, Miguel Anxo Bastos, Daniel Lacalle, Juan Ramón Rallo, Peter Schiff, entre otros.

Miembro de "Libertarios de Antioquia" y "Antioquia Libre y Soberana", movimientos de inspiración libertaria para conseguir la independencia de Antioquia (Colombia) por medios pacíficos. Miembro a su vez de la Fundación Internacional Latinoamérica Libre, con sede en la ciudad de Quito (Ecuador), organización internacional privada, apartidaria y sin fines de lucro; cuya misión es la difusión de los beneficios éticos, jurídicos y económicos de la libertad en las Américas, con la visión de alcanzar una sociedad de personas libres, emprendedoras y responsables.

1 comment

  1. Igor Williams De Castro 24 mayo, 2018 at 00:43 Responder

    Salvo lo del aborto porque estás lesionado derechos de otros, coincido en su totalidad con el escrito !!!

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