crítica a la propiedad privada

Crítica a la propiedad privada: lo que no te cuenta Marx

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La vida humana no supone felicidad perfecta. No vivimos, desde luego, en terrenal paraíso. Es erróneo, sin embargo, responsabilizar a las instituciones sociales de tan indudable realidad. Gustan las gentes, no obstante en tal sentido lucubrar. Todas las civilizaciones, incluida la nuestra propia, basáronse en la propiedad privada de los medios de producción. Por eso mismo, quien desea arremeter contra el orden social, comienza siempre atacando la propiedad privada, atribuyendo a la institución dominical cuantos fenómenos sociales le desagradan, incluso aquéllos precisamente provocados por haber sido intervenida y restringida la propiedad, que queda parcialmente esterilizada, no pudiendo, consecuentemente, brindar sus frutos plenos.

Deléitase el crítico imaginando cuán maravilloso sería todo si pudiera él desarrollar su personal plan. En tales ensoñaciones, elimina al disidente, erigiéndose él, o persona que como él piense, en rector supremo del mundo. Ahora bien; sólo defiende la ley del más fuerte quien de mayor fuerza cree disponer; sólo aboga por la esclavitud quien jamás en el estado servil espera caer; sólo apoya la intolerancia religiosa quien piensa será su propia creencia la prevalente; sólo patrocina el gobierno oligárquico quien supone formará parte de la correspondiente oligarquía; y sólo admira la dictadura y el despotismo quien es lo suficientemente inmodesto como para abrigar la esperanza de que él podrá llegar a ser el déspota o dictador ilustrado de turno o, al menos, el déspota o el dictador del correspondiente dictador. Nadie, desde luego, desea ser el débil, el esclavizado, el sometido, el subprivilegiado o el ciudadano sin derechos.

El socialista y al crítica a la propiedad privada

Por eso, el socialista, en su imaginaria construcción, invariablemente aparece como el supremo rector o, en todo caso, como el mentor de tal rector. No hay, consecuentemente, vida más digna de ser vivida, piensa siempre el partidario del socialismo en sus fantásticas lucubraciones. En aquella tan manida distinción entre la rentabilidad crematística y la productividad económica básase por entero la literatura anticapitalista. Contrástase, invariablemente, en ella, lo que acontece en el sistema capitalista con lo que, de prevalecer los deseos del autor, sucedería en la ideal sociedad socialista de que se trate. Califícase de improductivo cuanto en esta última imagen no aparezca.

Considérase como la gran falla del sistema capitalista el que lo rentable para el individuo no tiene por qué ser rentable también para la sociedad. Se va, sin embargo, últimamente, reconociendo, cada vez con mayor amplitud, que, en la mayoría de tales supuestos, el orden socialista procedería muy similarmente a como el capitalismo lo hace, y, aun en aquellos casos en que efectivamente pudiera darse esa imaginada oposición de intereses, no hay razón alguna para suponer que la sociedad socialista hallaría invariablemente la solución correcta, debiendo ser condenado el capitalismo cuando de otra suerte procede. Porque la productividad es siempre un concepto de condición subjetiva, en el que crítica alguna de tipo objetivo pueda jamás apoyarse.

No vale la pena, por tanto, que nos ocupemos de los ensueños de nuestro quimérico dictador. Si bien onírica visión dícele que todos, bajo su mandato, serán obedientes y voluntariosos, actuando con absoluto conocimiento y precisión, muy distintas resultarán las cosas en una no imaginaria, sino efectiva, sociedad socialista. Es falso suponer, como las más simples estadísticas demuestran, que la igualitaria distribución del total producto capitalista bastaría para asegurar los necesarios medios de vida a la sociedad entera.

Fragmento del libro Liberalismo de Ludwig von Mises.

 

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Es el editor general The Mises Report y el anfitrión del podcast de the Libercast's show.

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