Comentario a la trilogía burguesa de Deirdre McCloskey

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La trilogía burguesa de McCloskey explora las causas que subyacen en la Revolución Industrial y las enormes mejorías que esta provocó.

Nada moldea tanto nuestra visión política como nuestro entendimiento de la historia. Tal vez el libro más influyente de toda la tradición socialista es The Condition of the Working Class in England [La situación de la clase obrera en Inglaterra] (Engels, 1845). En ese trabajo, publicado en el momento en que empezaba la asociación entre Marx y Engels, Engels puso la base para un buen pedazo de la historiografía futura. Engels, un burgués alemán, había sido sacudido por las condiciones de vida de los pobres en Londres y los inmortalizó.

En el tercer libro de su trilogía acerca de los valores burgueses, la historiadora económica Deirdre McCloskey reconoce que trabajos como el de Engels fueron una forma de “desgarre saludable”: “Quienquiera que lea tales libros es desgarrado de una ignorancia confortable acerca de la otra mitad.”

No obstante,

“despertarse no implica desesperarse o proponer el derrocamiento del Sistema, si el Sistema, en el largo plazo, está enriqueciendo a los pobres o, en todo caso, enriqueciendo a los pobres mejor que otros sistemas que han sido tratados de tiempo en tiempo. (McCloskey, 2016, 42).

La trilogía de Deirdre McCloskey (Bourgeois Virtues; Bourgeois Dignity; Bourgeois Equality) nos recuerda incesantemente la excepcionalidad del crecimiento económico. Los tres libros comprenden una aventura intelectual, que busca responder al gran acertijo de los historiadores económicos contemporáneos: ¿por qué el crecimiento económico moderno precisamente lo hizo cuándo y dónde se dio? ¿Por qué en Inglaterra? ¿Por qué en el siglo XVIII?

La respuesta de McCloskey es en la actualidad bien conocida. Su trabajo es monumental, al comprender 2.000 páginas en tres volúmenes. Pero, en adición, ella ha presentado sucintamente su caso en muchas entrevistas, conferencias, y cantidad de artículos de opinión. En resumen, su tesis es que fue la cultura lo que se necesitaba que cambiara, para que pudiera hacerlo la economía. La riqueza podía ser creada en un grado mucho mayor que nunca antes, pero sólo en el tanto que la creación de riqueza dejaba de ser considerada como un objetivo indecente.

Esto difícilmente significa que el mundo cambió de celebrar guerreras y santos al tipo de apreciación de los hombres de empresa como héroes, que usted puede encontrar en Atlas Shrugged [La rebelión de Atlas] de Ayn Rand. Sin embargo, el espíritu burgués -un entendimiento más discreto del trabajo, la experimentación, de mejorar la parte de uno por medio de la compra y la venta- en algún momento despegó y se convirtió en parte de la cultura general.

El primer libro de la trilogía, Bourgeois Virtues [Las virtudes burguesas: Ética para la era del comercio] (McCloskey, 2006), preparó el terreno, al lograr que el lector entendiera que el sistema de mercado tiene un fundamento ético. Ponga atención al verbo: tiene, no que necesita. Una economía de mercado floreciente no se desarrollará sin una sociedad que aprecie las virtudes de la burguesía, no sólo aquellas del caballero. Esto, por supuesto, significa, prudencia: el atributo central del comerciante que calcula. Pero no sólo prudencia, pues la búsqueda de la innovación también requiere de coraje.

El segundo y el tercer libro de la trilogía, Bourgeois Dignity and Bourgeois Equality, son aún más evidentemente dos partes del mismo proyecto. Aquí McCloskey enfatiza la importancia de transacciones “dignificadas” al edificar el gran enriquecimiento; en efecto, fue un proceso de “igualación” de la dignidad, combinando así dos fuerzas que condujeron a la prosperidad. Eventualmente, las personas tenían un “respeto igual” por sus propias tareas, y éste es uno de los significados en los que McCloskey emplea el término. Ella explica enfáticamente que tal igualdad no tiene nada que ver con la igualdad de resultados, el sello del socialismo, sino más bien igualdad ante la ley: el soberano no debería discriminar, aunque lo hace el mercado. Es la igualdad “Escocesa”, tal como aparece en la Ilustración Escocesa, en vez de la Ilustración Francesa, y ella tiene “un lado severo, incluso trágico. Conlleva una recompensa igual para un mérito igual en un mercado en donde otros, por la libertad de contratación, pueden también competir.” (McCloskey, 2016, XXXII).
LA MEJORÍA DEL MUNDO

A la vez que McCloskey rechaza la igualdad de resultados, no obstante, ella incansablemente señala que “la idea de igualad de libertad y dignidad de todos los humanos, ocasionó, y luego protegió, un asombroso… progreso material.” (McCloskey, 2016, 403). En estos dos últimos libros, el énfasis de McCloskey acerca de las ideas y la cultura no entran en conflicto con una enumeración paciente y escrupulosa del grado en que “el gran enriquecimiento” llegó, para beneficio de los que no estaban tan bien. Para estar claros, ciertamente hay un grado de redundancia en los dos tomos. No obstante, el lector fácilmente lo perdonará en el momento en que entienda que McCloskey no sólo está proponiendo una tesis; ella está enérgicamente haciendo campaña para un verdadero entendimiento de lo que la Revolución Industrial significó para todos nosotros, en el mundo Occidental y posteriormente alrededor del globo.

Y eso se necesita desesperadamente. La pintura de Engels de muerte y miseria en la sucia vida urbana se convirtió en un cliché acerca de la Revolución Industrial. Su vistazo del capitalismo en su infancia documentó el entendimiento de la economía política de millones. Fue asumido como un truismo que las máquinas eran una tecnología maravillosa, pero encadenaban al pobre a una vida de miseria. Poca gente parecía recordar que la pobreza existía antes de la máquina de vapor. Las consecuencias de esa actitud acerca de la legitimación percibida de la economía de mercado, difícilmente pueden ser sobreestimadas, como bien lo supo F.A. Hayek. En Capitalism and the Historians [El Capitalismo y los Historiadores], él juntó a unos pocos historiadores supuestamente la vanguardia de los historiadores “revisionistas,” quienes pensaron que la Revolución Industrial se merecía que le echaran una segunda mirada.

No fue sino hasta la década de 1970 cuando muchos académicos empezaron a desarrollar un mejor y más justo entendimiento de la Revolución Industrial. A pesar de ello, sus hallazgos son todavía relativamente desconocidos para el gran público. La dependencia en el trayecto es difícil de desafiar cuando se trata de escribir libros de texto.

Un prejuicio profundamente enraizado puede ocasionar que omitamos un cambio sin precedentes en la historia: el moderno crecimiento económico. Este es el tema de los tres libros de McCloskey –el cambio brindado por el crecimiento económico. Antes de mirar con mayor cercanía a sus últimos argumentos, debemos revisar el mensaje de sus libros previos.

“Hace dos siglos, la economía del mundo estaba en el nivel actual de Bangladesh… En 1800, el humano promedio consumía y esperaba que sus hijos y nietos y bisnietos continuaran consumiendo simples $3 al día, quítele o agréguele un dólar o dos. La cifra está expresada a precios de la sociedad moderna de los Estados Unidos, corregida por el costo de vida. Es apabullante.

En contraste, si usted vive en la actualidad en un país básicamente burgués, como Japón o Francia, es probable que usted gaste alrededor de $100 al día. Cien dólares versus tres. Tal es la magnitud del crecimiento económico moderno.” (McCloskey, 2010, 1).

Es producto, a partir de tal entendimiento de la extensión en que en realidad mejoró el mundo, del que McCloskey deriva su actitud hacia la economía política y, por contraste, hacia el socialismo. Fueron Engels y los muchos pronosticadores del fin del mundo, quienes nos dieron la visión de una Revolución Industrial que contaminaba ríos y corrompía las almas, pero “el hecho de que algunas veces la gente se muere en los hospitales, no significa que la medicina deba ser reemplazada por médicos brujos.” (McCloskey, 2016, 43). Cuando se trata de pobreza, el crecimiento económico es la medicina, no la enfermedad.

Clave entre muchas de las enseñanzas de McCloskey, está que un crecimiento económico de esta escala es algo muy nuevo en la historia humana [1]. McCloskey afirma que el Reverendo Malthus estaba en lo correcto, hasta esos momentos de su época, en cuanto a que la producción de alimentos crecía sólo a una tasa aritmética, mientras que la población crecía a una tasa geométrica. En aquel entonces, “regía la suma-cero.” La carrera entre la tecnología y el tamaño de la población, observa McCloskey, citando a los historiadores Voigtlander y Voth, “era la de la tortuga contra la liebre.” En aquel entonces,

“… antes de 1800, la tasa promedio de mejoría nunca fue superior a la mitad de un uno por ciento y, de acuerdo con el economista Oded Galor, más bien como una décima de un uno por ciento, dando cada siglo, como máximo, un alza del 64 por ciento. No obstante, la población podía crecer en un 3 por ciento anual, lo cual es de 1.800 por ciento por siglo. La tortuga no tenía chance alguno.” (McCloskey, 2016, 15).

¿Cómo fue que cambiaron las cosas? ¿Cómo fue que se hizo posible el crecimiento económico moderno? Para definir adecuadamente un acontecimiento, usted debería mirar qué es lo que lo hace diferente de otros. La miseria -esto es, miseria de las masas- ha sido la condición natural de la humanidad desde que Adán mordió la manzana. Adam Smith no buscó la causa de la pobreza de las naciones, porque difícilmente la pobreza requería de una explicación. Ese masivo incremento en la riqueza es lo que necesita ser explicado.

¿COLOCANDO LADRILLO SOBRE LADRILLO? 

La respuesta de McCloskey es doble Por una parte, ella mantiene que la “innovación (no la inversión o la explotación) ocasionó la Revolución Industrial.” (McCloskey, 2010, 6). Ella asevera que la acumulación de capital, colocando ladrillo sobre ladrillo, no era nada nuevo. Usted siempre tenía a la prudencia, el ahorro –y la avaricia, si es el caso. Pero, en cierto momento, la acumulación varió de hacer capital para comprar villas lujosas y fincas cada vez más extensas, a financiar maquinarias y fábricas. El capital fue utilizado para suplir un flujo sin fin de novedades, para beneficio de un número siempre creciente de consumidores.

Pero, ¿fue realmente colocar ladrillo sobre ladrillo la característica esencial de este proceso? El crítico más conspicuo del “capitalismo,” Karl Marx, se burló de la “acumulación primitiva,” como algo que “tiene un papel en la Economía Política como lo tiene el pecado original en la teología” (Marx, 1871, 784), al contar una fábula del ahorro que sólo servía para acariciar la auto-estima de las clases altas. Pero, en vez de rechazarla del todo, él desarrolló su propia versión de ella. Para Marx, la verdadera acumulación primitiva sucedía “cuando las grandes masas de hombres eran súbita y obligatoriamente desgarrados de sus medios de subsistencia, y lanzados al mercado del trabajo como proletarios libres y ‘desvinculados’.” (Marx, 1871, 787). Paradójicamente, el profeta del materialismo histórico -que exige que la política y la cultura sean simples mantos de las relaciones de producción- miró la fuente de la acumulación burguesa en la violencia política, desde el tráfico de esclavos a los cercamientos del siglo XV. Desde su punto de vista, cualquier mal que pasara en la historia, hizo posible al mal mayor del capitalismo moderno.

La “acumulación primitiva” de Marx bien puede ser la versión más elaborada de la idea no extraña de que la única forma de hacerse rico es a expensas de alguien más. Ello, obviamente, puede suceder: el mundo nunca ha tenido escasez de ladrones. Pero, ¿fue el surgimiento del capitalismo basado en justamente eso? No para McCloskey. “No es un buen plan de negocios” contar “con los trozos que se ganan cuando se le roba a la gente pobre,” escribió ella en su segundo libro “burgués”. Si lo fuera así, “la industrialización se habría presentado cuando el faraón se robó el trabajo de los esclavos hebreos.” (McCloskey, 2010, 156). Robarles a los pobres nunca “explica el enriquecimiento que se dio por un factor de dieciséis, por no decir de cien.”

El crecimiento sin precedentes que experimentaron los occidentales durante las dos últimas centurias, requiere de una explicación diferente. Se dio cuando las sociedades empezaron a liberar una innovación sin parangón. Ella, a su vez, magnificó la productividad.

“A partir de 1800, la habilidad de los humanos para alimentarse y vestirse y educarse ellos mismo, incluso cuando el número de humanos aumentó en un asombroso factor de siete, se ha elevado, por cada humano, en un factor aún más asombroso de diez… Ahora, nosotros los humanos producimos y consumimos setenta -7 X 10- veces más bienes y servicios en todo el mundo, que en 1800.” (McCloskey, 2016, 6).

Sí, esto significa más cosas. Los individuos estamos mejor en un sentido materialista: ellos pueden descansar en máquinas para lavar sus platos y pueden entretenerse a sí mismos mediante pantallas de televisión de plasma y a través de Spotify. Pero, también viven vidas más saludables; son libres de aguantar hambres por voluntad propia y limitar su dieta a vegetales porque quieren hacer eso y no porque las circunstancias los obligan a hacerlo; han crecido en número; crecientemente aprender a leer, escribir y computar y manejan carros y conducen maquinaria.

Difícilmente este proceso fue anticipado, mucho menos planearlo. Es, en general, resultado de esfuerzos de abajo hacia arriba, practicado por gente cuyo interés primario es mejorar lo propio (“no por la benevolencia del carnicero”). McCloskey aprueba y cita al premio Nobel Robert Lucas, quien hizo la observación de que,

“…para que ocurra el crecimiento del ingreso en una sociedad, una porción grande de personas debe experimentar cambios en las vidas posibles que ellos se imaginan para sí mismos y para sus hijos… En otras palabras,… el crecimiento económico requiere de un ‘millón de rebeliones.’” (Lucas, 2002, 17).

La innovación exitosa es lo que surge de esas rebeliones generalizadas contra el status quo, al resistir ellas la prueba límite más dura -estar sujetas al juicio de los consumidores- tal como se expresa en el mercado. En vez de “capitalismo,” McCloskey llama al crecimiento económico moderno “mejora comprobada en el mercado” o “progreso comprobado en el mercado.” Al así hacerlo, se refiere, al mismo tiempo, al efecto y a la causa: para mejorar y al proceso de experimentación que lo hace posible (algunas veces generando novedades exitosas, algunas veces otras menos atractivas).
LA CULTURA, NO LAS INSTITUCIONES

Pero, más allá de la innovación, lo que McCloskey se propone entender es cómo tal proceso de experimentación fue posible y extendido. El enriquecimiento materialista tiene causas no materialistas. Ella asevera que “la conversación y la ética y las ideas ocasionaron la innovación.” En particular, “la conversación ordinaria acerca de la innovación y los mercados se transformó en algo de mayor aprobación.” (McCloskey, 2010, 7). Su respuesta es por tanto: que la Revolución Industrial necesitaba de una cultura que le diera la bienvenida, lo cual implica una política acogedora, pero que no fuera abrumada por ésta.

Uno de los blancos favoritos de McCloskey es el neo-institucionalismo, que ella considera ingenuo en su entendimiento de las reglas del juego. En respuesta, sus críticos alegan que la cultura es una palabra demasiado vaga, como para convertirse en la piedra angular de una hipótesis científica acerca del origen del moderno crecimiento económico; de igual forma, McCloskey podría responder que lo mismo se aplica para la palabra institución. Las instituciones existen “principalmente debido a la buena ética de sus participantes, a motivaciones intrínsecas poderosamente reforzadas por la opinión ética que la gente tiene entre sí.” (McCloskey, 2016, xxiii-xxiv). Lo que separa a McCloskey de los neo-institucionalistas es su deseo, y tal vez entusiasmo, de considerar datos que otros ignoran deliberadamente: esto es, novelas y drama (no tanto la ópera o la música). Típicamente considerados como que no valen la pena de la atención científica fuera de los límites de las humanidades, McCloskey mantiene que tienen un valor importante como señalización. Son buena evidencia de las preconcepciones y creencias comunes en sociedades particulares y en marcos de tiempo históricos –información que, de otra forma, sería imposible de detectar. Las novelas que la gente lee, las obras de teatro de que disfrutan, los autores que aprecian, nos permiten deducir algo acerca de sus propios puntos de vista y valores.

McCloskey no emplea referencias ocasionales de Austen o Balzac como simple adorno para su trabajo; referencias a la literatura son parte de su propia prueba.

Al discutir el trabajo de McCloskey, Joel Mokyr ha señalado apropiadamente que la “cultura no puede ser entendida sin instituciones, tal como las instituciones no pueden ser entendidas sin cultura” (Mokyr, 2014). La cultura y las normas pueden reforzarse entre sí, pero, para jugar a lo del huevo y la gallina con ellas, usted necesita pensar lo que puede suceder cuando ellas están en desacuerdo. No pocas veces, los hábitos y las costumbres ganan la partida sobre las normas formales. Los muchos fracasos al injertar reglas y procedimientos en suelo extranjero que hemos visto en el pasado -piense, por ejemplo, en los procesos de ayuda externa- parecen apoyar el razonamiento de McCloskey. Así como también el hecho observado, por ejemplo, en mi propio país, Italia, en cuanto a que un conjunto similar de reglas formales puede aun así producir resultados que son muy diferente, en áreas que comparten una proximidad geográfica, pero que se caracterizan por tener un muy diferente “capital cívico” (que es parte de la noción más amplia de “cultura”).

Ciertamente, “cultura” permanecerá siempre siendo un término muy problemático. Parece ser demasiado denso, que cubre tanto como para ser verdaderamente útil para los científicos sociales. Aun así, las “ideas” de McCloskey son enfáticamente no sólo las ideas y actitudes de una élite cultural o política. Un “millón de rebeliones” no es un fenómeno de élites, sino más bien la transformación de actitudes y, en cierto sentido, de “estilos de vida” de modo generalizado en sociedad.

Esto explica la insistencia de McCloskey acerca del uso de una palabra, burgués, que de otra forma sería desechada como un intento de propiamente épater les bourgeois [deslumbrar a los burgueses] para furia de sus lectores. McCloskey cita al académico literario Franco Moretti, quien expone que, en la literatura victoriana, a menudo se da el caso de que dos generaciones se enfrentan la una con la otra, siendo la más vieja los burgueses y, naturalmente, pronta a ser reemplazada y traicionada por los hijos más refinados y humanitarios. (McCloskey, 2016, 62). Burgués usualmente es usado como un término para el vilipendio, denigrado aún más por el adjetivo “pequeño.”
BURGUÉS POR UNA RAZÓN

McCloskey no utiliza el término burgués para involucrarse en habladas de clases: lo hace porque ella identifica al surgimiento de la burguesía con una nueva ola de símbolos e ideas, que eventualmente cambiaron la vida social. Sergio Ricossa, un gran economista italiano, lamentablemente poco conocido internacionalmente, escribió una nota en 1986 acerca de que:

“En la cultura señorial, el héroe era el modelo de perfección y heroísmo que implicaba una dedicación absoluta a la causa de un valor infinito, en comparación, a partir de eso, cualquier cálculo se convirtió en algo pequeño y ruin. En cambio, el burgués era un calculador, asumió riesgos, si bien calculados, y no sacrificó algo que no tuviera como propósito –o esperanza- de lograr un rendimiento adecuado.” (Ricossa, 2006, 58).

Burgués es un término útil porque expresa una actitud equidistante entre dos éticas diferentes y, a la vez, convergentes: la ética del valor aristocrático y la “herejía salvacionista.” [2] La primera considera que el valor económico es nada, debido a que busca un heroísmo por la espada. La segunda está de acuerdo en que el valor económico es nada, porque todos los medios se justifican para el fin de lograr la salvación de la humanidad, la cual se iguala a algún conjunto particular de instituciones políticas.

En contraste, la mentalidad burguesa abraza la racionalidad práctica, los cálculos prudentes y el progreso. El burgués no se alimenta a sí mismo con su espada ni con palabras que anuncian una muy necesitada regeneración del mundo. El burgués obtiene su riqueza logrando mejorías, al ser un mercader, un vendedor minorista, un inventor. En tanto que el noble y el activista rehúsan tener que ver con los pequeños cálculos de la vida económica, el burguésno ve vergüenza en ello. Ella sabe que “una prueba comercial para abastecer el consumo es señalado mediante las ganancias monetarias. Cuando algo que se prueba es popular, gana dinero para alguien.” (McCloskey, 2016, 563). No hay vergüenza alguna con suplirles a las personas con cosas que les gustan.

Esto pone en movimiento un proceso por el cual la gente crecientemente se considera a sí misma como libre para escoger, pero que también son libres para ser escogidos. Son libres para escoger en el sentido bastante obvio de que no son obligados en su voluntad como consumidores, lo cual, lejos de ser algo trivial, es parte de su propia identidad. Como bien sabemos, a menudo estamos en capacidad de deducir cosas tan distintas como preferencias políticas, gustos musicales y la procedencia social por el ropaje de las personas. Al mismo tiempo, al ejercitar más y más su libertad para escoger, crean espacio para ellos mismos de convertirse en oferentes de distintos bienes y servicios. Adam Smith habló de la “división del trabajo siendo limitada por la extensión del mercado.” Entre más se amplía el mercado, más compleja puede ser la especialización. Usted no encuentra cuidadores de perros en las villas pequeñas de las montañas, pero, en la actualidad en las grandes ciudades, algunas personas se ganan la vida paseando los perros de otros. El crecimiento económico moderno es un acertijo complejo, pero, si es que tiene un carácter unificador, lo es por la constante ampliación del rango de elecciones disponibles. En efecto, este es el igualitarismo de la burguesía al que McCloskey se refiere en el título de su libro: una idea de la igualdad de la dignidad, igualdad de oportunidad para tratar de realizarse uno mismo, de buscar su propia felicidad (para citar ese conspicuo documento burgués, la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos).UN CAMBIO EN LA MANERA DE PENSAR

La era burguesa empezó y así se inició la gran ola del moderno crecimiento económico, cuando la gente empezó a pesar que no era vergonzoso suministrarles a otros las cosas que a ellos les gustan. Antes de eso, tal como lo escribió el economista Donald Boudreaux, al resumir el punto de vista de McCloskey:

“A diferencia de guerreros que se ensuciaron las manos honorablemente (en lo específico, con sangre), los comerciantes se ensuciaron las manos deshonorablemente (concretamente, con ganancias). A diferencia de la nobleza que obtuvo sus riquezas honorablemente (en concreto, al recolectar ociosamente rentas de las tierras), los mercaderes obtuvieron sus riquezas deshonorablemente (esto es, con un intercambio activo). A diferencia del clero, que se ganó sus recompensas honorablemente (reflexionando acerca de lo eterno), los burgueses se ganaron sus recompensas deshonorablemente.” (Boudreaux, 2014).

Ese era un “impuesto al deshonor,” escribió Boudreaux, que, como todos los otros impuestos, “desestimula las actividades sobre las cuales recae, al tiempo que hace que las actividades alternativas, no gravadas, se hagan relativamente más atractivas.” (Boudreaux, 2014). En cierto punto de la historia, logra que se reduzcan sustancialmente, sino es que del todo se extinguen. (Haga una encuesta entre sus colegas de la universidad y rápidamente averiguará que mucha gente aún cree que vender y comprar están lejos de ser actividades honorables). Una vez que ya no se les dice más que la vida de un vendedor es la vida de la suciedad, la gente empieza a considerarla de otra forma: gente inteligente y ambiciosa puede pensar que es una profesión que vale la pena proseguir, sin vergüenza alguna.

Considere, en vez del comercio, a la medicina. Por mucho tiempo en la historia, el médico era parte peluquero y parte médico brujo. El cuidado médico era considerado complementario de las oraciones, al ser estas últimas generalmente más efectivas. Las cosas cambiaron cuando los instrumentos mejoraron, la medicina se convirtió en una ciencia, el cuidado fue “industrializado” en los hospitales. Pero en sí todo esto provocó una apreciación social de los médicos, que es lo que hace que las madres destellen de felicidad cuando sus pequeños hijos anuncian que quieren ser médicos. La apreciación social es importante, al proveer a la escuela de medicina una amplia oferta de estudiantes inteligentes, quienes, a su vez, pueden llegar a ser practicantes o científicos brillantes.

En mi propio país, Italia, los intelectuales tradicionalmente han tendido a valorar a las humanidades por encima de las ciencias duras. Las familias tendían a creer que no había futuro para sus hijos si estudiaban matemáticas o ciencia, a diferencia de llegar a ser maestros de escuela (una carrera que no tiene un salario alto). Estos factores pueden tener algo que ver con el hecho de que las universidades italianas tienen números bajos de gente que estudia ciencia, tecnología o matemáticas y que incluso un número aún menor es el que se gradúa. Es tan sólo hasta ahora que nos estamos ajustando a la demanda del mercado de trabajo, en una economía que funciona con base en el software y los robots.

Si la apreciación social de los comerciantes, mercaderes e inventores fue clave para facilitar al crecimiento económico moderno, el último libro de la trilogía de McCloskey inevitablemente debería -y así lo hace- referirse a las fuerzas compensatorias que van en contra de dicha apreciación. McCloskey se da mucha cuenta de que, al predicar que el surgimiento del crecimiento económico descansa en la “cultura,” ella está siendo altamente contra-intuitiva, en el tanto en que la mayoría de la “cultura” en nuestro mundo, parece oponerse al así llamado “capitalismo.” “Algo extraño ha pasado con las mentes de la clerecía,” escribe ella (McCloskey, 2016, 559-568), al referirse a los “artistas, intelectuales, periodistas, profesionales y burócratas.” (McCloskey, 2016, xvi).
UN PROBLEMA DE INTELECTUALES

McCloskey no es la primera persona en apuntar al problema. La pregunta, “¿Por qué los Intelectuales se Oponen al Capitalismo?,” para hacer eco del título de un ensayo de Robert Nozick, (Nozick, 1998), ha sido uno de los topoi [lugares comunes] del liberalismo clásico durante el último siglo. En los cuarteles académicos, los intelectuales liberales clásicos han encontrado amplia oposición a su caso. Sólo un puñado de académicos compartía un aprecio por el sistema de mercado. El capitalismo era visto como un desesperanzador siglo XIX y que una nueva era, liberada de la “anarquía de la producción,” estaba surgiendo. Los académicos liberales clásicos gastaron energías oponiéndose a la mercadofobia, al sospechar que los puntos de vista de los intelectuales a menudo “goteaban” en la sociedad. Querían identificar esquemas que explicaran mejor por qué tantos intelectuales se oponían a la economía de mercado. Algunos de ellos pensaron que el interés propio jugaba un papel en la antipatía de sus colegas hacia las relaciones de los mercados, y otros mantuvieron que los intelectuales estaban motivados principalmente por el resentimiento. McCloskey piensa que ellos realmente no tenían la clave de la explicación.

El primer conjunto de respuestas a la pregunta ¿por qué los intelectuales se oponen al capitalismo?,” puede resumirse con una referencia al artículo de Ronald Coase, “The Market for Goods and the Market for Ideas” (Coase, 1974, 384-391). Los intelectuales constantemente están proponiendo una mayor regulación en el mercado de las “cosas,” pero nunca lo hacen en el mercado de las ideas, a lo cual se oponen totalmente.

“El mercado de las ideas es el mercado en donde el intelectual conduce su oficio. La explicación a la paradoja es el interés propio y la auto-estima. La auto-estima conduce a los intelectuales a magnificar la importancia de su propio mercado. El que otros deban ser regulados parece natural, particularmente en el tanto en que los intelectuales se ven a sí mismos como efectuando la regulación. Pero, el interés propio se combina con la auto-estima para asegurarse que, mientras otros son regulados, la regulación no les sea aplicada a ellos.” (Coase, 1974, 384-391).

Milton Friedman arguyó en una vena similar y expuso que las soluciones coercitivas son siempre más fáciles de vender a los intelectuales públicos, que las basadas en el mercado. “La respuesta colectivista es sencillamente una. Si hay algo malo, pase una ley y haga algo respecto a eso” (Cobb, Machan, Raico, 1974), y una respuesta más simple vende libros y revistas mucho mejor que las complicadas.

El segundo conjunto de respuestas fue cultivado por pensadores tan diversos como Joseph Schumpeter, Ludwig von Mises y Robert Nozick. Para Nozick, los intelectuales esencialmente son personas que eran estudiantes exitosos en los salones de clases, en donde las recompensas son distribuidas de acuerdo con un patrón claro definido por la autoridad central. Una vez que se terminaban las clases y entraban en el mercado de trabajo, se vieron sacudidos, pues se recompensa a habilidades muy diferentes de las que ellos poseen y para las cuales se entrenaron.

“El intelectual quiere que toda la sociedad sea una escuela por siempre, que sea como el ambiente en el cual él se desempeñó tan bien y por lo cual fue muy apreciado.” (Nozick, 1998, 10).

Tanto Schumpeter como Mises nos recordaron que la cornucopia generada por el capitalismo hizo posible la educación masiva, por primera vez en la historia. A su vez, la educación masiva crea un exceso de intelectuales, quienes difícilmente pueden encontrar trabajo según sus expectativas. Por tanto, ellos sistematizan su resentimiento por medio de su anti-capitalismo. Su evolución anti-capitalista se modera por el hecho de que los partidos políticos y las burocracias están entre los muy pocos empleadores interesados en el tipo de artífices, que la educación moderna produce en abundancia.

A una edad avanzada, Mises se dedicó a escribir The Anticapitalist Mentality [La Mentalidad Anticapitalista], un panfleto breve e iluminador. Reconoció que los intelectuales se impactaron ante la pobreza del gusto de las masas, y que ellos crucialmente dejaron de lado el hecho de que:

“El capitalismo podría hacer que las masas fueran tan prósperas que comprarían libros y revistas. Pero no podría dotarles con el discernimiento de Mecenas o de Can Grande della Scala. No es una falla de capitalismo que el hombre común no aprecie los libros poco comunes.” (Mises, 1956, 52).

Note que el problema no es simplemente la ceguera de los intelectuales hacia la virtud del libre intercambio en el mercado, sino su disgusto por el acontecimiento histórico del crecimiento económico moderno, que nos dio la producción en masa y que nos convirtió más en una así llamada “sociedad de consumo.”

McCloskey asume una visión benévola de sus oponentes. O, al menos parece benévola en una primera mirada. Ella ve que el “anti-capitalismo surgió por muchas razones,” incluyendo psicológicas: “Escasamente hay un intelectual inglés o francés en el siglo XIX que no fuera simultáneamente el hijo de un burgués y fuertemente hostil a todo lo burgués.” (McCloskey, 2016, 592). Como Schumpeter, ella sabe que la “clerecía es un apéndice de la burguesía.” (McCloskey, 2016, 597). Pero, el “anti-capitalismo vino en parte también porque las pruebas propias del comercio disturbaban a la sociedad, sin que al principio enriquecieran grandemente a la gente común.” (McCloskey, 2016, 595).

Que el mundo se acababa de escapar de una trampa maltusiana no era muy claro en la época en que Engels escribió The Conditions of the Working Class in England [La situación de la clase obrera en Inglaterra]: los ingresos reales estaban aumentando pero no “disparándose hacia arriba, como finalmente lo hicieron en el tercer cuarto del siglo XIX.” (McCloskey, 2016, 608). Ese cuadro de miseria excitó la fantasía de los historiadores y fue inmortalizado por novelistas, pintores y fotógrafos.

Pero, en última instancia, arguye McCloskey, los intelectuales anti-capitalistas no entienden de lo que están hablando. “Los economistas y en especial los historiadores económicos lo saben, en su forma cuantitativa.” (McCloskey, 2016, 26). Tienen un sentido del alcance en que se reduce el analfabetismo (“de cerca del 90 por ciento de la población adulta del mundo en 1850 a un 20 por ciento en el 2000”), de cuánto “se han disparado… los años de vida… desde una expectativa al nacimiento, en todo el mundo, de menos de treinta años en 1800 a cincuenta y dos años en 1960 y a setenta años en el 2010, incluyendo a lugares muy pobres” (McCloskey, 2016, 26-27), de cómo el “acceso al agua potable ha mejorado dramáticamente.” (McCloskey, 2016, 27).

Es cierto que intelectuales, de derecha y de izquierda, se han quejado interminablemente acerca “del carácter masivo de la sociedad moderna” (McCloskey, 2016, 25), como si la producción masiva redujera el entendimiento, la cultura o la moral. McCloskey está de acuerdo con George Stigler (quien no era su colega favorito de Chicago), cuanto este último señaló que las críticas de los intelectuales a la sociedad de masas era “equivocada y en ciertos momentos hipócrita.” (Stigler, 1967, 5). Stigler dijo que:

“La mayoría de las sociedades han sido juzgadas por sus aristocracias culturales –de hecho en períodos anteriores, la vasta mayoría de la población ni siquiera se le consideraba como una parte de la cultura de la sociedad, debido a que esa vasta mayoría era analfabeta, guiada por la tradición, con la mayor parte de las personas viviendo brutalmente en chozas de campesinos. Los gustos de nuestra sociedad se juzgan por aquellos de la vasta mayoría de la población, y esa mayoría hoy es generosa, insatisfecha consigo misma, y trabajadora tenaz, con números enormes, sin precedentes, involucrados en una educación propia mayor o con entusiasmo estimulando las artes.” (Stigler, 1967, 5-6).

Las sociedades más ricas, amistosas hacia el mercado, más “burguesamente iguales” tienden a ser más justas. “La globalización y Milton Friedman han sido buenos para los pobres, en una moda sin precedentes.” (McCloskey, 2016, 73). ¿Por qué la clerecía no puede leer los datos?
EN LA REALIDAD NO SON UNA MERITOCRACIA

La respuesta de McCloskey es que ellos se convirtieron en “seudo-neo-aristócratas” que creen en el “mérito,” pero juzgando al mérito únicamente en términos no-monetarios. (McCloskey, 2016, 124). En cierta forma, sus puntos de vista son similares a los de Nozick: los intelectuales resienten a las sociedades de mercado debido a que ellas no valoran sus esfuerzos en la forma en que ellos creen que debería serlo. Pero, ella expande el punto de vista de Nozick, al señalar que los intelectuales consideran al “mérito” con la vara de medir de los tiempos aristocráticos. Resienten una característica clave de las sociedades de mercado: el cambio, del tipo que observamos cuando cambian los productos y los hábitos, el que a menudo convierte en obsoletas a las viejas jerarquías, incluyendo a las jerarquías de mérito.

De hecho, el crecimiento económico moderno fue “la gran transformación” (McCloskey, 2016, 543) [3]; implicó un movimiento del “estatus hacia el contrato.” Esto significa una mayor movilidad social, pero también una erosión de la jerarquía. Ha sido una historia galvanizadora (en tres generaciones, gran parte de nuestras familias pasó de campesinos a profesionales educados en universidades), pero, también, es una que asusta. Estar atado en una posición social puede ser una maldición, pero es psicológicamente reconfortante. Pase lo que pase, se puede culpar de ello al nacimiento y al destino. Una sociedad basada en el contrato es una en la cual la gente es recompensada por su habilidad de llenar las necesidades de sus congéneres.

“Ciertamente, podemos estar seguros, que ciertas personas se ven afectadas por la aplicación de la regla de la ganancia, en particular, el dueño de un restaurante que pensó que era buena idea abrir un lugar de mala comida que, tristemente, resultó ser una mala idea, socialmente hablando.” (McCloskey, 2016, 568).

McCloskey lo sabe bien, y lo enfatiza con fuerza, que una sociedad burguesa no es estrictamente hablando una “meritocracia,” que los consumidores pueden no tener gustos buenos y los hombres de empresa tener más suerte, en vez de ser “mejores” que sus competidores. Aun así, esa no es la razón para la que sirven los mercados: no existen para recompensar al mejor, no importando cómo se defina eso, sino para darle a la gente las cosas que ellos quieren. En tal sentido podemos comprender lo que McCloskey llama el “acuerdo burgués,” el pacto social imaginario entre innovadores y hombres de negocios y el resto de nosotros:

“Déjenme creativamente destruir las viejas y malas formas de hacer las cosas, las guadañas, las carretas de bueyes, las lámparas de aceite, los aviones de hélices, las cámaras de tomar películas y las fábricas que carecen de robots de alta tecnología, y yo haré que todos ustedes sean ricos.” (McCloskey, 2016, XXXIII).

Por supuesto que nadie, en vez alguna, participó conscientemente de tales acuerdos: pero en las sociedades burguesas este es el common sentire [sentimiento en común]. Un entendimiento mutuo de que “millones de rebeliones” deber ser celebradas. Tal actitud es, francamente, más común en los Estados Unidos que en países europeos, en donde un número más pequeño de éxitos empresariales empieza en el garaje de un innovador.
LOS LIBROS POCO COMUNES

Los libros de McCloskey son poco comunes en el sentido de que son leídos fácilmente por no especialistas. Su estilo rapsódico, en Bourgeois Equality, así como en los libros que le precedieron, lo involucra a uno y es accesible para el laico. He aquí al economista que puede escribir y que también vale la pena leer. Sus lectores de muchos años no se sorprenderán, dado que, entre otros esfuerzos más académicos, ella en una ocasión publicó un divertido librito acerca de la forma apropiada de escribir para los académicos (McCloskey, 1999). Aun así, McCloskey ciertamente es culpable de una generosidad excesiva hacia los autores que ella admira. El lector es obsequiado con nombres y referencias de los que algunas veces podría dispensar. McCloskey está obsesionada con darle a todo mundo lo que es debido y no evitará mencionar y alabar a académicos menores, si le brindan a ella información útil. Tal generosidad es notable y noble, pero, a menudo, sobrecarga a las que, de otra manera, serían bellas páginas. Y de bellas páginas es algo de lo cual estos libros no carecen. McCloskey abruma al lector con hechos, perspectivas, estilo.

Difícilmente se puede exagerar la importancia del trabajo de Deirdre McCloskey. Si usted pone en Google “Deirdre McCloskey bourgeois,” se despliegan 215.000 resultados. Su trilogía ha sido ampliamente comentada y extensamente discutida. Más importante, con su prédica incansable a través del mundo, ella está ayudando a cambiar la retórica de académicos individuales y de centros de pensamiento que tienden a adherirse al lenguaje tradicional del liberalismo clásico, del gobierno limitado, de los mercados libres. El “Acuerdo de McCloskey” radica en enfocarse en los beneficios materiales indisputables que esas ideas han producido para las masas, en los pocos casos en los cuales ellas fueron puestas en práctica. Le recuerdan a la audiencia la magnitud de los cambios para bien, que ellos han experimentado desde que James Watt perfeccionó la máquina de vapor. Aprender a apreciarlos ayudará a evitar que ellos sean puestos en peligro.

Recientemente McCloskey se ha referido a su enfoque como un “libertarianismo humano.” (McCloskey, 2017, 1). Todas las etiquetas son necesariamente imperfectas, y esta también lo es. Por una parte, el libertarianismo, como una teoría política, es acerca de humanos, no de aves o rebaños. Por otra parte, el liberalismo clásico ha sido humanitario desde su concepción histórica: ha sido acerca de limitar el poder absoluto, abolir la esclavitud, permitir a la gente que haga lo que ella quiere con sus cuerpos y sus cosas. Que el liberalismo clásico pone “a las ganancias antes que las personas” es una caricatura, como bien lo sabe McCloskey.

El mayor valor de la obra de McCloskey es que enfatiza un punto que algunas veces se toma como dado por los liberales clásicos. El liberalismo clásico es una filosofía para el hombre común. No se interesa mucho en las visiones (aristocráticas) de grandeza y heroísmo y no es apasionado acerca de las cruzadas (izquierdistas) en favor de la humanidad, que no toman en cuenta los pormenores de las vidas de los individuos. Abraza al gran enriquecimiento, precisamente porque trajo una prosperidad sin precedentes, a un número sin precedentes de personas.

McCloskey le ha dado un fundamento nuevo, más sólido a la súplica hecha por el economista Ludwig von Mises, cuando, en los años de 1920, básicamente era el único promotor liberal erudito que había del liberalismo clásico. Los demagogos, escribió Mises, pintan a la Revolución Industrial como si “todo el progreso en las técnicas de producción redundara en beneficio exclusivo de unos pocos favorecidos, mientras que las masas se sumen aún más profundamente en la miseria.” Pero,

“…se requiere de una mínima reflexión para darnos cuenta de que todos los progresos técnicos e industriales se orientan hacia el progreso en la satisfacción de las necesidades de las grandes masas. Todas las grandes industrias de bienes de consumo trabajan directamente para su beneficio e indirectamente trabajan para él las industrias que producen maquinarias y productos semi-terminados. Los enormes progresos industriales de las últimas décadas, así como los del siglo XVIII y los de la -con frase poco certera- llamada “Revolución Industrial,” invariablemente han resultado en una satisfacción mejor de las necesidades de las masas. El desarrollo de la industria textil, la mecanización del calzado, las mejorías en la conserva y el transporte de los alimentos, han beneficiado, por su naturaleza, a una clientela cada vez más amplia. Es así, gracias a estas industrias, como las masas hoy en día están mejor vestidas y comen mejor que nunca. No obstante, la producción en masa no sólo procura comida, habitación y vestimenta para los más humildes, sino también atiende muchas otras necesidades de la multitud. La prensa y el cine gratifican a muchos; el teatro y otras manifestaciones artísticas, antes sólo de minorías, se han transformado en espectáculos de masas.” (Mises, 1927, 10-11).

En una era que encarecidamente añoraba a los grandes hombres, Mises recordó a los pequeños. Por mucho tiempo este punto ha sido dejado de lado. Se han propuesto esquemas para “exprimir al rico,” sin considerar los efectos posibles sobre la innovación y la productividad. Se ha distinguido analíticamente entre la “producción” y la “distribución” de la riqueza, como si lo último nunca pudiera afectar lo primero. El consumismo ha sido culpado por el decaimiento moral y se ha pagado poco respeto a la libertad de la gente para escoger.

A menudo, las pocas voces disidentes han carecido del entendimiento histórico que las hubiera hecho más poderosas. Una mejor apreciación de Bourgeois Era puede envalentonarlas en algún grado. El liberalismo clásico como una filosofía del hombre común, es lo que McCloskey perfeccionó con su estupenda trilogía.

Este comentario aparecerá en la revista Man and the Economy

NOTAS AL PIE DE PÁGINA
[1] McCloskey brinda una crítica detallada de los “continuistas”, quienes consideran a la Revolución Industrial nada más como una continuación de ingresos que estaban aumentando modestamente en Europa. (McCloskey, 2016, 533). Debe mencionarse que la propia McCloskey ha sido una de las más destacadas críticas de las presuntas “discontinuidades,” concretamente, del comportamiento de los señores y los campesinos antes y después de los cercamientos. McCloskey pensó que la dispersión de parcelas ayudó a los agricultores, al minimizar el riesgo de un fracaso de su cosecha y, por tanto, salir de ese sistema se hizo racional sólo cuando las posibilidades técnicas permitieron una concentración de tierras sin un riesgo mayor. Así, no fue el cambio institucional lo que hizo que el comportamiento racional fuera mágicamente posible, sino la tecnología y las condiciones económicas cambiantes. Ver McCloskey (1991).
[2] Tal como se utiliza en Minogue (1963).
[3] En Bourgeois Equality, McCloskey discute extensamente la influencia que Karl Polanyi ejerció sobre la clerecía (McCloskey, 2016, 543-552).
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Stigler, George. 1967. The Intellectual and the Marketplace. Chicago: University of Chicago Press.


Traducción por Jorge Corrales.

Author profile
Alberto Mingardi

es Director General del Instituto Bruno Leoni, el grupo de pensamiento sobre libre mercado de Italia.

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