Clase de economía para el presidente socialista de México

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En vez de proseguir con la producción, importación, almacenamiento y distribución de la gasolina mediante PEMEX, Andrés Manuel López Obrador debería retirar al estado del negocio de la gasolina.

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador -conocido como AMLO- se encuentra en curso de colisión con los estragos del populismo y del estatismo.

Para financiar el incremento de los programas redistributivos, sin dañar a las finanzas públicas, AMLO se decidió a combatir el robo de gasolina. Para él, los impuestos sobre la gasolina son una fuente de ingresos; su gobierno adelantó un aumento en el ingreso relacionado con los combustibles, a fin de financiar parcialmente su altruismo social. Por tanto, se hizo necesario terminar con el “huachicoleo,” que es como llaman al robo de hidrocarburos, valorado en alrededor de $10 millones al día.

Procedió a clausurar algunas tuberías claves que distribuyen el combustible y las reemplazó con camiones cisternas protegidos por los militares. ¿El resultado? El caos general en diversos estados, incluyendo a los más productivos, con filas interminables en las gasolineras que se formaron debido a las escaseces, a dificultades crecientes para que los minoristas compren sus productos y a un descenso en la actividad económica.

Aquí es en donde entra el curso intensivo en mercados libres para AMLO. PEMEX, el conglomerado petrolero propiedad del estado, que monopolizó toda la energía en México, hasta que una reforma limitada abrió, con diversas restricciones, el sector al capital privado hace pocos años, no tiene camiones cisternas para cubrir más de un 10 por ciento de la demanda. ¿Por que? Ya lo habrá adivinado, PEMEX es un desastre porque ha sido un monopolio estatal durante décadas: endeudado masivamente, descapitalizado, burocratizado y desconectado de la realidad; no tiene incentivos, recursos o visión para responderle al mercado; esto es, a la vida diaria de la gente.

La cuestión empeora: al permanecer monopolizando gran parte de las actividades relacionadas con la gasolina antes y después de la limitada reforma, PEMEX es también responsable del hecho de que, por varias décadas, no se hayan construido nuevas terminales de almacenamiento, de forma que ahora no hay lugar en donde descargar la gasolina que se importa, la cual se encuentra flotando en barcos varados en diferentes puertos alrededor del país, esperando que las tuberías sean reabiertas, las terminales descongestionadas y que, de nuevo, fluya el sentido común.

El costo de mantener esos barcos a flote y de transportar la poca gasolina que puede distribuirse en camiones cisternas (mucho más altos que distribuir el combustible por medio de tuberías que, incidentalmente, en su momento, costaron mucho construirlas), es comparable con el robo que el gobierno buscaba prevenir. Sin mencionar que, al vender mucha menos gasolina y subvertir la actividad económica, los menores ingresos relacionados con los impuestos a la gasolina, que se suponen se usarían para financiar los programas de beneficencia de AMLO, no le van a ayudar al presidente a cumplir con su promesa de aumentar el gasto, sin agregar a la deuda o a expandir el déficit.

Tomando en cuenta la rica experiencia de Latinoamérica con el estatismo y el populismo, existe un peligro predecible de que el mercado negro prospere, que los precios se disparen debido a la escasez, que la actividad económica continúe su declinación y que, enfrentado con el desastre total, AMLO acuda a culpar a la comunidad empresarial y al capitalismo por sabotear desvergonzadamente a su administración. (En la realidad, lo opuesto es lo cierto: entendiblemente, casi todo mundo está tratando de llevarse bien con él, para que así no caiga en la tentación de expropiar lo que es de ellos).

En vez de proseguir con la producción, importación, almacenamiento y distribución de la gasolina mediante PEMEX, AMLO del todo debería retirar al estado del negocio de la gasolina. Habiendo sido educado acerca de las consecuencias del estatismo populista, debería dirigir sus energías hacia una justicia social, que no deje a la gente sin hidrocarburos.


Traducción por Jorge Corrales.

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