Carta a los contribuyentes

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Uno de los mayores insultos a la inteligencia que puede existir es el de confundir una contribución con un impuesto. La contribución es efectivamente una ofrenda que a forma de tributo o donación busca darle sustento a alguna iniciativa que se estime de interés común y cuya urgencia u ociosidad la han hecho provisional y voluntaria. Contrario a ello, el impuesto es un carga forzosa y onerosa que suele justificarse con los mismos argumentos de la contribución, pero sin sus principales características, de manera que suele ser de naturaleza permanente y obligatoria. Bajo esa confusión es que se les ha querido expropiar parte de los beneficios adquiridos por ustedes en su naturaleza como empresarios, propietarios y consumidores, para finalmente premiarlos como leales “contribuyentes”.

Ahora bien, esa confusión no proviene de ustedes los contribuyentes, pues no han sido pocas las veces en que han querido aclarar el asunto bajo métodos incluso poco ortodoxos. No es otro el caso de las innumerables veces en las que ustedes se han rebelado contra toda imposición exigida como contribución por demostrar tanto la falsedad de una petición de esa naturaleza como del cinismo de hacerla bajo el bien de ustedes. No otra razón fue la que llevo a uno de ustedes hace varias décadas a arrancar el edicto de impuestos con el que se gravaba sus actividades comerciales para financiar los costos de una guerra justificada para la “protección” de ustedes. La valentía de Manuela Beltran, una de esas tantas mujeres que demuestran porque la libertad tiene cara de mujer, fue crucial para demostrar que la lealtad no se logra por la fuerza sino por el consentimiento, que de ser real, es efectivamente voluntario, como lo tiene que ser toda genuina contribución. Así fue que al grito de “¡Viva el Rey y muera el mal gobierno!” los antepasados de ustedes, profundamente creyentes y devotos, dejaron en claro que cuando se le da a Dios lo que es de Dios no queda nada para el César, ya que buscando su justicia (la de Dios) lo demás vendrá por añadidura…

Desde aquel entonces hasta el sol de hoy, ustedes solo cedieron al chantaje de los impuestos por estimar más oneroso el resistirse al mismo que resignarse a aceptarlo, lo cual incubo la lógica perversa de que, si se hace a nuestro nombre, lo mejor es exigir todo lo que se pueda de dicha extorsión profundizándola aún más al lema de “que paguen los que tienen”, y sobre todo, los “que tienen más”. No otra cosa es la que inspiro a los precursores del comunismo a exigir un único impuesto de naturaleza directa, universal y progresiva, que, si bien suponía una “contribución” igual para todos, a la larga no era sino la coartada perfecta para legitimar la expropiación como fórmula de progreso…

Con semejante legado, ustedes podrán debatir el por qué de sus contribuciones y así negociar el cómo, el dónde y el cuándo, pero lo importante resulta es, ¿para qué contribuir? “Para poder participar de los beneficios obtenidos con el resultado de nuestras contribuciones” dirían más de uno de ustedes con acierto, pero, como vale la pena recordar, no estamos hablando de contribuciones sino de impuestos, lo que a la larga hace que sus aportes siempre terminaran beneficiando a los que menos aportan respecto a los que más, y peor aún, incentivando a muchos a financiar con predilección sus iniciativas a costa de dichos fondos “comunes”. Proliferarán entonces los gorrones y los rentistas que querrán vivir a costa de ustedes, como de hecho lo hacen los estatistas, aquellos consumidores netos de impuestos que, siendo incapaces de poder servir a sus prójimos por el comercio y la libre empresa, los quieren gobernar.

Ustedes queridos contribuyentes, no pueden darse el lujo de prolongar que dicha confusión de la que venimos hablando siga arraigando entre ustedes al hacer de los impuestos un problema de grado y no de principio, pues lo verdaderamente grave no es lo “poco” o “mucho” que les quitan, sino que efectivamente no tienen por qué quitárseles nada. Si el precio a pagar por aceptar los impuestos así sea a regañadientes, es el de que gane la lógica del dar menos y pedir más, simplemente están es difiriendo los costos que estimaron más onerosos como consecuencia a rebelarse a la injusta disposición de lo impuesto, para tener que, peor aún, entregar la conciencia de ustedes en tributo a sus explotadores.

La rebelión a una situación como la anteriormente descrita pasa por que ustedes se reconozcan como lo que son, contribuyentes, es decir, quienes de forma voluntaria y bajo su consentimiento dan de lo que tienen para preservar de lo que disponen o aumentarlo, pero nunca para disminuirlo. Dicho reconocimiento supone precisamente que de principio a fin ustedes son dueños de sus aportes y que los derechos a que ello les da lugar no por ser delegados son suplantados, como de hecho ustedes mismos lo dieron a entender hace mucho tiempo con aquello de que “no hay impuestos sin representación”. Lógica similar inspira a cualquier sociedad que se constituye, ya sea con carácter limitado o anónimo, para dotarnos de aquello que queramos y con independencia de si se hace con o sin ánimo de lucro, pues nadie lo hace con ánimo de perdida.

Solo con un reconocimiento como el anterior, ustedes pueden decir con toda tranquilidad y autoridad, que los impuestos son un robo, pues no proceden con otra lógica diferente a la de la extorsión ni tiene consecuencias diferentes a la del hurto. Que el ladrón esté dispuesto a compartir con ustedes lo que les ha robado no lo hace menos oneroso sino más grotesco, pues como juzga el dicho popular: “tras de ladrón, bufón”. No duden entonces en tener la confianza de defender lo que les es legítimo ni de ofrecer lo que estimen oportuno, porque de ello depende que lo que exigen es lo justo. Si en el empeño hay que volver a denunciar el mal gobierno de nuestros opresores, no duden en hacerlo bajo la premisa de que la ley no riñe con la justicia mientras sea fiel a la verdad.

¡Viva la ley y abajo el mal gobierno!

lozanoeastman@gmail.com | + posts

Periodista, ministro, banquero, abogado, economista, tolimense y caldense. El último de los republicanos y el primero de los anarquistas.

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