Carta a los consumidores

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No existe poder más desconcertante e impredecible que el de ustedes los consumidores. Con el simple ejercicio de sus preferencias, hacen que propietarios y empresarios no solo los cortejen con disposiciones tales como las de “atención al usuario” sino que incluso se presten a darles la razón en todo solo por ser sus “clientes”. Un poder como el que ustedes ejercen no requiere de la elaboración de complicadas estrategias ni de refinadas herramientas para ejecutar sus designios: basta con dejarse llevar del instinto y la convicción del propio juicio para manifestar toda su fuerza.

Paradójicamente, quienes son más conscientes de dicho poder no son precisamente ustedes sino todos aquellos que se prestan gustosos a servirlos, ya que de ello derivan sus beneficios. Anticipando sus deseos y necesidades es que cientos y miles de personas arriesgan su patrimonio y capital para proveerlos de los bienes y servicios que de otra manera tendríamos que producir por nuestra propia cuenta. Por supuesto, nada de lo que ellos les ofrecen es gratis, pero dado que lo que les ahorra es más de lo que ustedes deben invertir para satisfacer sus gustos, está más que compensado los intereses en juego.

Tan asombroso es el resultado de la concurrencia a la que ustedes son citados, que la realización de su voluntad se vuelve un plebiscito diario con el que ratifican quienes merecen su aprobación, y por supuesto, su dinero. No otra cosa explica el asombro y hasta la indignación con que muchos califican este hecho como “sociedad de consumo”, pero dado que nadie puede negarse a consumir, por más que se descalifique nuestra propensión natural al consumo como un afecto desordenado a satisfacer nuestras necesidades, la realidad se impone como una catedral: el fin último de toda industria y de todo comercio es el consumo.

Que los propietarios y empresarios estén sujetos al mandato de la soberanía de ustedes los consumidores lo han comprendido perfectamente nuestros gobernantes, quienes para supuestamente prevenir el fraude a dichos mandatos procuran salir en defensa de ustedes. Bajo la consigna de “la defensa del consumidor”, el Estado ha pretendido que ustedes no pueden valerse solo de su propio criterio para discriminar los defectos de calidad y consecuencias no previstas de los bienes y servicios que demandan, de forma que profiere disposiciones a diestra y siniestra con las que busca protegernos de nuestras propias decisiones y del uso “indebido” que de ellas harían quienes satisfacen nuestras exigencias.

Lo que inicialmente tiene la buena intención de protegerlos contra el fraude de empresarios y propietarios facinerosos, resulta terminar en la protección a ellos de la competencia y en contra de ustedes. Así lo pude atestiguar en las reiteradas campañas contra la chicha para protegerlos del “embrutecimiento” que dicha bebida supuestamente les causaba, que finalmente termino siendo en favor de los cerveceros que querían aumentar sus ventas. Análoga situación se dio cuando se les obligó a usar papel moneda de curso forzoso emitido de forma monopólica por un banco central, ya que un bien tan crucial no podía dejarse a privados inescrupulosos….

Ahora bien, como sabemos que juzgar por las buenas intenciones y no por los resultados es una condescendencia que no nos podemos dar el lujo de dar sino a costa de nuestro bienestar o decirnos mentiras, debemos reconocer que las disposiciones del Estado suelen producir efectos adversos a sus iniciales objetivos. La regulación de los precios suelen ser una buena demostración de ello. Si fijando un precio máximo por debajo del de mercado se los beneficia inicialmente a ustedes porque les aumenta la provisión del bien intervenido al comprarlo más barato o de su dinero al requerir menos de él para comprar la cantidad necesaria, a la larga desincentiva a sus queridos servidores, los empresarios y propietarios que no ganaran lo mismo que antes y que por ende algunos renunciaran a servirles. A la larga, se producirá menos del bien con una demanda aumentada, lo que generará escasez. Por contra, si se fija un precia mínimo por encima del precio de mercado, los productores ofrecerán mucho más, pero excluyendo a muchos de ustedes del consumo del bien afectado, ya sea porque compran menos del mismo o lo reemplazan con otro ante la subida de precio. Lo que se logra en últimas es que la relación armoniosa entre ustedes (los consumidores) y sus respectivos mandatarios (empresarios y propietarios) se convierta en un antagonismo instigado precisamente por quienes lo querían evitar.

A todas luces, es evidente que el Estado suele desconocer que el efecto que en la reputación tiene quien los estafe a ustedes los consumidores es mil veces más disuasivo para corregir el fraude que las medidas adoptados por ellos. Un desconocimiento de dicha magnitud pareciera que es un lujo que solo se puede dar el Estado, pues es el único que a pesar de la desaprobación y mala fama que pueda tener entre los sujetos a sus leyes, se desentiende de la opinión pública para llevar a cabo sus cometidos. No otra cosa es lo que lo mantiene en su empeño de defenderlos a ustedes de todos, salvo del Estado mismo claro…

El problema radica entonces, mis estimados consumidores, en que la voluntad de ustedes es caprichosa y como resultado no podemos saber con exactitud que, como y cuando quieren lo que quieren. El esfuerzo por saberlo suele oscilar entre la subasta y el sorteo. Así como dan, quitan, y lo que gustan hoy no necesariamente es lo que querrán mañana. La propensión que tengan en revelar en mayor o menor grado sus preferencias es lo que hace que se prolongue o no en el tiempo la gratificación a sus demandas y que sus reclamos sean atendidos por la justicia del mercado. Nunca ha habido un soberano más difícil de complacer y a la vez tan generoso una vez complacido. Larga vida a su mandato.

lozanoeastman@gmail.com | + posts

Periodista, ministro, banquero, abogado, economista, tolimense y caldense. El último de los republicanos y el primero de los anarquistas.

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