Camino de servidumbre internacional

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Cuando un cuerpo gubernamental global es la autoridad definitiva, en vez de múltiples naciones soberanas que sirven como frenos y contrapesos entre sí, la oportunidad para el abuso está madura.

En el capítulo previo de Camino de Servidumbre, F.A. Hayek expuso sus inquietudes acerca de los problemas que encaran los Estados Unidos con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial. Alejándose del tema de la política doméstica, en el capítulo 15, “Las Perspectiva de un Orden Internacional,” Hayek discute acerca de los graves problemas asociados con la gobernanza global.

Sin esforzarse mucho por restarle importancia al tópico de la política externa, dice Hayek:

“En ningún otro campo ha pagado el mundo tan caro el abandono del liberalismo del siglo XIX como en aquel donde empezó la retirada: en las relaciones internacionales.”

Hayek ha dedicado la mayor parte de su libro a explicar por qué las economías planificadas en una escala nacional están destinadas a fracasar. Entonces, usted podrá entender su frustración cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, se presentó una presión mayor para una gobernabilidad internacional.
LA GOBERNABILIDAD GLOBAL NO ES LA RESPUESTA

Cosa comprensible es que hubiera un enorme deseo de asegurarse que las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial nunca se permitieran que alguna vez pudieran repetirse. Dado que el sentimiento nacionalista alemán le había aislado del resto del mundo antes de la Primera Guerra Mundial, había un sentimiento de que una globalización obligada brindaría la seguridad que se requería.

Escribe Hayek:

“No es ya menester subrayar cuán pocas esperanzas quedan de armonía internacional o paz estable si cada país es libre para emplear cualquier medida que considere adecuada a su interés inmediato, por dañosa que pueda ser para los demás.”

Era fácil, después de todo, que el Tercer Reich tomara el control pleno de la economía de Alemania, cuando todas las influencias externas fueron cortadas.

“En realidad, muchas formas de planificación económica sólo son practicables si la autoridad planificadora puede eficazmente cerrar la entrada a todas las influencias extrañas; así, el resultado de esta planificación es inevitablemente la acumulación de restricciones a los movimientos de personas y bienes.”

Pero, la planificación internacional no era la respuesta al problema que enfrentaba el mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Al suponer que se trate a cada nación como un actor en la economía global, en vez de darse cuenta de que cada nación está compuesta por actores individuales, el mundo ahora encaraba nuevos problemas.

Así lo explica Hayek:

“Menos obvios, pero no menos reales, son los peligros que para la paz surgen de la solidaridad económica artificialmente reforzada entre todos los habitantes de un país cualquiera, y de los nuevos bloques de intereses opuestos creados por la planificación a escala nacional. No es ni necesario ni deseable que las fronteras nacionales marquen agudas diferencias en el nivel de vida, o que los miembros de una colectividad nacional se consideren con derecho a una participación muy diferente en la tarta que la que les ha correspondido a los miembros de otras colectividades.”

Continuando con su señalamiento de los peligros asociados con esta línea de pensamiento, escribe Hayek:

“Si los recursos de cada nación son considerados como la propiedad exclusiva del conjunto de ésta; si las relaciones económicas internacionales, en vez de ser relaciones entre individuos, pasan cada vez más a ser relaciones entre naciones enteras, organizadas como cuerpos comerciales, inevitablemente darán lugar a fricciones y envidias entre los países.”

Pero, aun así, permanecía esta creencia de que una autoridad global se necesitaba para promover las transacciones entre diferentes naciones, todo en nombre de mantener la paz y reducir las instancias de desacuerdo. Pero, este no es justamente el caso, como lo explica Hayek.
“Una de las más fatales ilusiones es la de creer que, con sustituir la lucha por los mercados o la adquisición de materias primas por negociaciones entre Estados o grupos organizados, se reduciría la fricción internacional.”

Cuando un cuerpo gubernativo global es la autoridad final, en vez de las múltiples naciones soberanas que sirven como frenos y contrapesos entre sí, la oportunidad para el abuso está madura. Usted efectivamente deja vulnerable al mundo ante un totalitarismo de una escala más grande que la que jamás se haya visto. Y, en donde hay totalitarismo, existirá un conflicto perpetuo al intentar los balances del poder balancearse a sí mismos.

Escribe Hayek:

“Las transacciones económicas entre organismos nacionales, que son a la vez los jefes supremos de su propia conducta, que no se someten a una ley superior y cuyos representantes no pueden verse atados por otras consideraciones que el interés inmediato de sus respectivos países, han de terminar en conflictos de fuerza.”

Incluso Hayek formuló la hipótesis de que, si esta presión hacia una autoridad internacional hubiera sido tomada más seriamente en los años que condujeron a la Segunda Guerra Mundial, tal como era la esperanza de Wilson con la Liga de las Naciones, nos podríamos haber encontrado en una situación peor que la que en realidad sucedió.

Dice:

“Si no hiciéramos de la victoria otro uso mejor que el impulso de las tendencias existentes en este campo, demasiado visibles antes de 1939, pudiéramos encontrarnos con que habíamos derrotado al nacionalsocialismo tan sólo para crear un mundo de múltiples socialismos nacionales, diferentes en el detalle, pero todos igualmente totalitarios, nacionalistas y en recurrente conflicto entre sí.”
ENTRE MÁS GRANDE LA JURISDICCIÓN, MÁS DIFÍCIL PLANIFICAR

Planificar las economías de entidades pequeñas viene con su propio conjunto de desafíos y falacias económicas. Pero, imagínese cómo se magnificarían en una escala global. Esta es la razón por la cual Hayek y otros economistas de libre mercado creen que el individuo es la única entidad capaz de planificar su futuro financiero.

Para que haya gobernabilidad, como lo argüiría Hayek, se necesitaría que fuera tan pequeña y contenida como fuera posible. Gran parte de la razón para ello es porque, al ser unidades pequeñas, como las familias y las comunidades, hay ciertas tradiciones y objetivos mutuos que nos unen y que hacen que sea mucho más fácil estar de acuerdo con los resultados económicos.

“Pocas dificultades debe haber para planificar la vida económica de una familia, y relativamente pocas para una pequeña comunidad. Pero cuando la escala crece, el nivel de acuerdo sobre la gradación de los fines disminuye y la necesidad de recurrir a la fuerza y la coacción aumenta. En una pequeña comunidad existirá unidad de criterio sobre la relativa importancia de las principales tareas y coincidencia en las normas de valor, en la mayoría de las cuestiones. Pero el número de éstas decrecerá más y más cuanto mayor sea la red que arrojemos; y como hay menos comunidad de criterios, aumenta la necesidad de recurrir a la fuerza y la coerción.”

El individuo es ya una entidad amenazada con ser fácilmente engullida por el colectivo. Imagínese lo que sucedería se ese individuo fuera uno entre muchos en una escala internacional.

Cuando, durante la época de la guerra, se les pidió a los estadounidenses que hicieran sacrificios en nombre de la seguridad nacional, fue más fácil poner en práctica esas políticas de racionamiento debido al disfraz de un aislamiento nacional. Pero, cuando se les pidió que hicieran sacrificios para gente desconocida en un país extranjero, cuyo nombre usted ni siquiera puede pronunciar, aquello se convierte en una tarea mucho más difícil.

Escribe Hayek:

“Se puede persuadir fácilmente a la gente de cualquier país para que haga un sacrificio a fin de ayudar a lo que considera como ‘su’ industria siderúrgica o ‘su’ agricultura, o para que en el país nadie caiga por debajo de un cierto nivel de vida. Cuando se trata de ayudar a personas cuyos hábitos de vida y formas de pensar nos son familiares, o de corregir la distribución de las rentas o las condiciones de trabajo de gentes que nos podemos imaginar bien y cuyos criterios sobre su situación adecuada son, en lo fundamental, semejantes a los nuestros, estamos generalmente dispuestos a hacer algún sacrificio.”

Expandiendo brillantemente sobre esto, dice Hayek:

“¿Quién se imagina que existan algunos ideales comunes de justicia distributiva gracias a los cuales el pescador noruego consentiría en aplazar sus proyectos de mejora económica para ayudar a sus compañeros portugueses, o el trabajador holandés en comprar más cara su bicicleta para ayudar a la industria mecánica de Coventry, o el campesino francés en pagar más impuestos para ayudar a la industrialización de Italia?”

Y para aquellos que apoyan con mayor fervor la idea de un orden internacional a pesar de sus muchos obstáculos, Hayek explica que esas simpatías usualmente surgen porque ellos se ven a sí mismos tomando las decisiones en este nuevo orden:

“Si la mayoría de las gentes no están dispuestas a ver la dificultad, ello se debe sobre todo a que, consciente o inconscientemente, suponen que serán ellas quienes arreglen para todos estas cuestiones, y a que están convencidas de su propia capacidad para hacerlo de un modo justo o equitativo.”

Y, dado el hecho de que la mayoría de los individuos no estaría de acuerdo con los sacrificios que se les solicita que hagan por el bien del orden global, no les dejaría a aquellos que están en el poder otra oportunidad más que la de gobernar por la fuerza.

Escribe Hayek:

“Imaginarse que la vida económica de una vasta área que abarque muchos pueblos diferentes puede dirigirse o planificarse por procedimientos democráticos, revela una completa incomprensión de los problemas que surgirían. La planificación a escala internacional, aún más de lo que es cierto en otra escala nacional, no puede ser otra cosa que el puro imperio de la fuerza; un pequeño grupo imponiendo al resto los niveles de vida y ocupaciones que los planificadores consideran deseables para los demás.”

Pero, tal como la historia nos ha mostrado recientemente, en el mundo del día de Hayek, los alemanes no eran singularmente malvados. No obstante, ellos adoptaron un sistema que abrió sus brazos a una política de “por los medios que fueran necesarios,” la que era perversa como tal.

Dice Hayek,

“Es un error considerar la brutalidad y el desprecio de todos los deseos e ideales de los pueblos pequeños, mostrados por los alemanes, simplemente como un signo de su especial perversidad; es la naturaleza de la tarea que se atribuyeron lo que hacía inevitable estas cosas.”

Pero, aun si usted cree que su camino es el correcto, como sin duda lo hicieron muchos alemanes, una vez que usted ha cruzado la línea entre consentimiento y coerción, no pude existir moral en su aventura:

“Emprender la dirección de la vida económica de gentes con ideales y criterios muy dispares es atribuirse responsabilidades que obligan al uso de la fuerza; es asumir una posición en la que las mejores intenciones no pueden evitar que se actúe forzosamente, de una manera que a algunos de los afectados parecerá altamente inmoral.

Eso es cierto, aunque supongamos que el poder dominante es todo lo idealista y altruista que quepa imaginar. ¡Pero cuán escasas probabilidades hay de que sea altruista y a cuántas tentaciones estará expuesto!”
EL INDIVIDUALISMO ES LA RESPUESTA

No obstante, tal como es tan típico de Hayek, él concluye este capítulo explicando el individuo es la alternativa sustancial capaz de frenar efectivamente al autoritarismo. Sin reconocer el papel que actores individuales juegan en limitar el poder, dice Hayek, “Nunca evitaremos el abuso del poder si no estamos dispuestos a limitarlo en una forma que, ocasionalmente, puede impedir también su empleo para fines deseables.”

Mientras que los fines del estado algunas veces pueden incluir prospectos que pueden beneficiarnos, la consistencia es de la máxima importancia. No podemos condenar al estado sólo cuando actúa en formas contrarias a nuestros propios beneficios. Porque, una vez que dejamos que el estado entre en algún tema, pronto invadirá tantos como factiblemente pueda salirse con la suya.

Es por esta razón que Hayek les implora a sus lectores que consideren las opciones que se presentan frente a nosotros y que se den cuenta de que el camino sea claro:

“Nuestro objetivo no puede ser ni un super-estado omnipotente, ni una floja asociación de ‘naciones libres,’ sino una comunidad de naciones de hombres libres.”

En un mundo conformado por actores individuales, ciertos acontecimientos son inevitables. Haremos lo mejor siguiendo la regla de oro y hacer todo aquello que hayamos prometido hacer, pero, tal vez, nunca estaremos en capacidad de prevenir que ocurran guerras y ejemplos de gran violencia. No obstante, como advierte Hayek:

“Aunque tenemos que hacer todo lo posible para evitar futuras guerras, no debemos creer que podemos montar de un golpe una organización permanente que haría enteramente imposible todo conflicto en cualquier parte del mundo.”

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