¡Brexit!

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El resultado del referendo acerca del Brexit, que se llevó a cabo el 23 de junio del 2016, por el cual el Reino Unido votó por salir de la Unión Europea, tomó por sorpresa a los comentaristas. No lo fue para mí, debo decirlo, tal vez porque soy un veterano en asuntos de los Británicos. Hasta aposté acerca del resultado y gané un poquito de dinero. Aun así, en el Continente, el voto pro-Brexit estalló como una bomba; y en el Reino Unido causó el tropiezo de muchos. El sentimiento general entre aquellos que miran al mundo en términos de poder y de organizaciones grandes, es que el Brexit es malo para la Unión Europea, pero ciertamente una catástrofe para el Reino Unido. No necesariamente. Creo que el Reino Unido, libre de ataduras que lo amarran a la Unión Europea, puede convertirse en un ejemplo entre los países que no buscan abrigo en alguna estrecha bahía política, sino que se atreve a viajar a mares abiertos y a confiar en su buena fortuna y habilidades.

El Brexit podría dañar al Reino Unido, si el nuevo gobierno trata seriamente de aplicar políticas públicas que reducen la productividad y que protegen de la competencia a franjas amplias del país. Sin embargo, cualquier cosa que el nuevo Primer Ministro pueda haber dicho en su primer día en las gradas del 10 de la Downing Street [la casa presidencial del Reino Unido], la necesidad de sobrevivir por sí mismo en un mundo difícil, con suerte mantendrá al Reino Unido lejos de cometer los peores errores. El orgullo de una independencia ganada de nuevo, endulzará los sacrificios iniciales. Drake ha chamuscado la barba del Rey de España. [1] La prosperidad resultante puede, al final de cuentas, reconciliar una opinión popular, generalmente anti-capitalista, con las ventajas del libre mercado.

Muchos ven al Brexit como un ejemplo más de la difusión del populismo en nuestras democracias. Presentan al resultado como la reacción en contra de la globalización por parte de una mayoría grosera de gente que odia a los extranjeros, quienes deberían de haber escuchado el buen consejo de los expertos urbanos, quienes les estaban diciendo que permanecieran unidos. No hay duda de que existe un grado de desilusión con nuestros acuerdos políticos y económicos, pero, es crucial que lo diagnostiquemos apropiadamente. Las democracias liberales han prometido en demasía. Le hemos fallado a la gente, porque el estado de bienestar que la intelligentsia liberal [estatista] ha edificado en los países de Occidente en el siglo XX, es insostenible.

Bajo los mismos lineamientos, la comunidad Europea, que los expertos han venido juntando desde el Tratado de Roma en 1953, está perpetuamente en peligro de disolverse. El remedio propuesto por las élites es siempre el mismo: mayores impuestos para financiar lo que ya está estropeado, más centralización para pegar lo que ya está desbaratando. No es de extrañar que la gente ordinaria tenga sospechas y se rebele. Por supuesto que las soluciones populistas no funcionarán, pero nosotros, los llamados liberales, deberíamos de tener el coraje de explicar, que una democracia no puede descansar en la ilusión de que, al mismo tiempo, las personas son libres e irresponsables –educados, cuidados y gobernados desde lejos, por un gobierno de un puñado de administradores que todo lo saben. Un Reino Unido independiente podría mostrar a los ‘populistas’ que un sistema social, basado en la confianza individual propia, puede brindar la prosperidad y la libertad que el paternalismo y la centralización no pueden dar.

POLÍTICAMENTE CORRECTOS EN ROMA

Es concebible que la Unión Europea, teniendo a la vista el éxito económico Británico después de su divorcio, ¿se alejaría de la centralización siempre creciente hacia una variedad y competencia entre sus miembros? Me desilusionó una reunión del Instituto Aspen de Italia, realizado en Roma y en el cual tomé parte pocos días después del referendo. No podría uno imaginarse una reunión más desesperanzadora. Había muchas lamentaciones acerca de que los Ingleses trataban, otra vez, de hundir deliberadamente al proyecto de la Unión Europea y alguna esperanza de que, al final de la jornada, se encontraría una manera mediante la cual traer al Reino Unido de regreso al grupo.

Escuchar a los aproximadamente sesenta participantes reunidos alrededor de una mesa, me permitió ver claramente qué tan diferente es la concepción de la democracia en Italia, en comparación con el Reino Unido: En Gran Bretaña es simplemente impensable que una decisión como el referendo del Brexit, vaya a ser revertida o astutamente cambiada, con maniobras detrás de la puerta. [2] Cuando me llegó el turno de hablar, expuse que las autoridades continentales había sino muy mezquinos con el Sr. Cameron. Él fue lo suficientemente serio como para poner su trabajo a disposición. Él necesitaba de concesiones efectivas para elevar su apuesta, en favor de que el Reino Unido se mantuviera dentro de la Unión. Pero, las concesiones no estuvieron disponibles, agregué, porque las demandas para una mayor variedad y competencia en la Unión Europea son simplemente imposibles de que sean otorgadas, al ir a contrapelo de aquello en lo que la Unión Europea se ha convertido –en un estado rudimentario. Sin embargo, lo que realmente me impactó es que cayera en oídos sordos, lo que dije acerca de las buenas razones para el Brexit y el lograr, por sí mismos, un futuro esperanzador para los Británicos: no hubo ni siquiera un comentario en respuesta. En esencia, la discusión nunca se dio en torno a la economía. Todo fue alrededor del poder. Los expertos reunidos vieron al Brexit como un desastre total, debido a que hizo que Europa fuera más débil y enclenque al Reino Unido, en un mundo en donde lo que cuenta no es la libertad y la prosperidad de los individuos, sino ganar peso para abrirse un lugar en la Mesa Superior de la geopolítica mundial. La posibilidad de que la competencia entre el Reino Unido y la Unión Europea pueda ser positiva para ambas partes y para el mundo, no se cruzó por mente alguna.

CORRIENTES CRUZADAS

Este referendo y las reacciones a él, evidencian la lucha de dos concepciones diferentes acerca de la sociedad: una es el punto de vista de las bases, de que la nación debe volver a ganar una dosis de soberanía y regresar a una forma más directa de gobernarse a sí misma; la otra es la visión cosmopolita, de que el mundo estaría mejor si fuera administrado racionalmente por organizaciones transnacionales, debidamente diseñadas por minorías ilustradas. Este cisma, observable en el Reino Unido, en Europa y en los Estados Unidos, está sembrando la discordia en los fundamentos de la democracia liberal. Una de las ondas sísmicas ha sido el descontento popular que salió a la superficie en el Reino Unido, con el referendo del Brexit. Otro es el respaldo generado por Donald Trump en su carrera hacia la presidencia de los Estados Unidos. En la Unión Europea tenemos ejemplos de numerosas revueltas en contra del “Establishment”, para usar una palabra lanzada por los ‘jóven es furiosos’ de Inglaterra durante los sesentas: España y su extendido partido leninista; Italia con un comediante a punto de encabezar al gobierno; Hungría usando alambres de púas para detener a refugiados desde Siria; partidos nacionalistas en Austria, los Países Bajos y en Francia, especialmente. Condenar a estos movimientos como ‘populistas’ y esperar que, con ello, van a desaparecer, es de muy poca ayuda. Pueden ser indefinidos y que se contradicen a sí mismos, pero ellos brotan de un desencanto generalizado con nuestros acuerdos políticos y sociales en Occidente. Las tropas en conflicto están malamente acomodadas: nacionalistas desamparados en contra de liberales comunitarios de izquierda, cuando debería de ser de individuos quienes se gobiernan a sí mismos versus tanto los paternalistas como los comunitarios. El antídoto efectivo sería reexaminar los objetivos de nuestras democracias liberales y purgarlas de fantasías.

Las primeras reacciones ante el Brexit en Inglaterra parecen ser comunitarias, en vez de individualistas. Mucho del voto para el Brexit parece provenir de una parte inconforme de la población, resentida por la presencia de inmigrantes, arduos trabajadores y fuertes ahorradores, provenientes de Europa, así como insatisfecha con la prosperidad financiera de Londres y disgustada con la globalización y el libre comercio. A la nueva Primera Ministra, Theresa May, en su primera declaración, se le escuchó brindar una ofrenda más igualitaria y nacionalista que David Cameron, su predecesor en el cargo. Ella habló de restaurar la justicia social, de detener el influjo de inmigrantes de la Unión Europea y de reindustrializar a Gran Bretaña. Incluso mencionó poner más representantes de los trabajadores en las juntas directivas de las empresas y de limitar los emolumentos y beneficios de los jefes de las empresas. Ella parecía hacer eco de la protesta populista, en contra de los distantes políticos profesionales, trabajadores extranjeros, importaciones baratas, la magia financiera –cualquier cosa que hiciera ‘injusta’ a la sociedad. Esta parece ser la voz de un ‘Pequeño Parroquiano Inglés’, para usar la expresión de Cameron para definir a quienes proponían la salida del Brexit, aunque Cameron estaba siendo injusto con los ‘Pequeños Anti-imperialistas Ingleses’. [3]

Si les ponemos atención a las reacciones en la Unión Europea, la instantánea es descorazonadora. El llamado a una Europa en crisis es ‘Más Europa’. El presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, al ver resquebrajarse su casa hecha de legos, inmediatamente declaró que no sería un divorcio amistoso, pues no había sido un matrimonio por amor: la separación del Reino Unido debería ser rápida y dura, lo dijo implícitamente, de manera que ella no estaba en medio del camino para una unión más estrecha entre los pueblos de Europa. Últimamente ha suavizado su tono, tal vez después de ver a la Alemania de Angela Merkel tomar una posición más acomodadora. Sin embargo, François Hollande, el presidente de Francia, ha resultado ser más intransigente, por buenas razones domésticas: él no quiere que el líder y los votantes de la derecha extrema, el “Frente Nacional” piensen que dejar el euro y la Unión Europea es algo fácil y sin costo. Las reacciones en la Unión Europea, hostiles o no, muestran que las lecciones de la salida de un miembro tan importante como el Reino Unido, pueden haberse perdido en el resto.

LA ECONOMÍA AL RESCATE

En el Continente, los oficiales usualmente están fuera de sus marcas en lo que tiene que ver con el Brexit, debido a que no empiezan con un buen análisis económico. Principalmente discuten acerca de revertir o diluir el referendo Británico, cambiando tratados para hacerlos más incluyentes, creando una Confederación Europea, convirtiendo a Europa en un gran poder, o reformando a la Comisión, al Consejo, al Parlamento Europeo, a la Corte de Justicia, al Banco Central, a la totalidad. Todos son asuntos legales y políticos, lo cual, en efecto, puede ser de alguna importancia, pero que los ciudadanos comunes y corrientes no los conectan con sus vidas personales. Hay dos formas principales mediante las cuales se puede unificar a los Europeos: armonización y competencia. Tal como ha evolucionado el proyecto, la uniformidad ha estado teniendo la delantera. La posibilidad de que diferentes formas de hacer las cosas nos puedan unir mejor que con la regulación, no parece ocurrírsele a los reguladores Europeos. Un ejemplo destacado es cómo les fue forzado el euro, lo quisieran o no, a los países miembros, tan sólo para que fracasara notablemente. Las propuestas de la Unión Europea acerca del empleo, la productividad, la creación de riqueza, el comercio, el medio ambiente, son usualmente para que las autoridades hagan algo: lanzando fondos de inversión para obras públicas, manteniendo reglas claras, niveladas para controlar una ‘competencia dañina’, rompiendo oligopolios (los privados; no los públicos), parando la evitación del pago de impuestos, protegiendo al medio ambiente, administrando la globalización o redimiendo al euro de su pecado original. Todo es tratar de hacer por hacer, que las cosas se hagan, en vez de dejar hacer. Parece que no saben que, para luchar en contra del desempleo, incrementar la movilidad social, administrar el ciclo y usar el dinero para reiniciar la economía, son simplemente algo imposible de lograr por la vía de la acción política directa. En todo, su punto de vista es mercantilista y constructivista –cómo domar los mercados y cómo ayudar para que Europa sea una confederación.

Siempre les sorprende a los políticos y a los burócratas ver cómo los incentivos económicos trascienden los planes administrativos mejor propuestos. El campo de los que quieren ‘que permanezcan’ y expertos opinando, hicieron mucha bulla acerca de la posibilidad de una recesión en el Reino Unido, si éste dejaba a la Unión Europea. ¿Cómo lo supieron? Esta predicción se basaba en la idea de que, con el Reino Unido fuera de la Unión Europea, era de esperar numerosas reacciones negativas: se reduciría la demanda de bienes raíces; se pondrían aranceles sobre las exportaciones Británicas al Continente; los bancos domiciliados en Gran Bretaña serían privados de sus “pasaportes” para poder operar libremente dentro de la Unión Europea. Mayormente, la Ciudad de Londres, perdería grandes porciones de sus negocios de seguros y financieros y todo el negocio alrededor del euro, en favor de Frankfurt o París. Los individuos y las empresas reaccionan de maneras extrañas. Después de un corte limpio con la Unión Europea, Gran Bretaña podría convertirse en una Noruega o una Suiza o, en grandes palabras, un Singapur o un Hong Kong.

Estoy argumentando en contra de negociaciones amistosas para ‘contener el daño’ causado por el Brexit. Imagínenlos sentados para jugar jueguitos con el movimiento de las personas entre la Unión Europea y el Reino Unido; acerca de la permanencia del Reino Unido en un Mercado Único, especialmente para operadores financieros; acerca de políticas agrícolas y de pesquerías; acerca del control del clima; acerca de la defensa y la diplomacia, sin dejar de mencionar los interminables cuarenta años de legislación. Todo esto podría significar la posposición del Brexit, en mucho para furia de todas las partes. Hay peligro, tanto para el Reino Unido como para la Unión Europea, de involucrarse en extensas negociaciones en torno a demandas complicadas acerca de concesiones mutuas. Este tipo de disposición diplomática ha causado retrasos interminables para la firma del Acuerdo Transpacífico y ahora está convirtiendo en algo interminable a la discusión del Acuerdo para la Inversión y el Comercio Transatlántico entre Europa y los Estados Unidos. Ya sea con Donald Trump o Hillary Clinton en la Casa Banca, ambos acuerdos parecen estar condenados al fracaso. La libertad de Gran Bretaña para edificar y vender podría terminar siendo restringida y encadenada.

Aún más, un corte limpio podría ser lo mejor para la armonía a través del Canal y para la prosperidad general. La economía Británica podría sorprender si el nuevo gobierno le permitiera abrir sus alas. El Brexit puede ser para el bien, tanto del Reino Unido como de Europa, como un todo, si el Brexit no es diluido o tomado como rehén por los socialistas y si la conmoción de la separación despierta al resto de Europa ante los beneficios de la competencia legal, monetaria y comercial. Bien podrá terminar yéndole bien a todos, debido al referendo de junio.

EL REINO UNIDO POR SÍ SOLO

La pregunta es, ¿por qué la gente está desencantada con la democracia liberal? Después de la Segunda Guerra Mundial, nosotros, en Occidente, construimos un estado que es cada vez más invasivo, basados en la seguridad de que proveerá los bienes que la gente desea. A los individuos se les dice que ellos están en libertad de conducir las vidas que prefieren, pero, sus decisiones más importantes son tomadas en sus nombres por los poderes de las autoridades. La salud, la educación, las pensiones para la ancianidad, el seguro de desempleo y las condiciones de trabajo, todos, están fuera de sus manos. Asimismo, que su esperanza de vivir una vida cada vez más próspera sin mucho esfuerzo, es frustrada por la competencia desde tierras lejanas, por la llegada de inmigrantes y por crisis imprevistas en la economía. ¿Serán estos sentimientos extendidos una excusa del gobierno de Theresa May para voltear a Gran Bretaña hacia adentro, después del Brexit?

Hay dos fuerzas que están tirando del gobierno del Reino Unido, una hacia un acomodo con Europa; la otra, un alejamiento de la Unión Europea. Desde mi punto de vista, lo mejor sería ignorar por completo la llamada para acomodarlo a las condiciones Europeas. Un corte limpio permitiría a los Británicos y a los del Continente encontrar soluciones espontáneas a los problemas que brotan como hongos. Como economista, agregaría que la mejor política debería ser olvidar acerca de la reciprocidad y escoger el comercio libre unilateral, tal como se hizo en el siglo XIX. Por supuesto, habrá protestas de gente que tendrá que adaptarse a la competencia doméstica y externa, pero, al final de cuentas, el proteccionismo comercial daña al país que lo impone. E igual de mal para la gente del Continente, si ellos hacen que los bienes Británicos sean más caros en Europa, [4] e, igual de mal para ellos, si deciden separarse de uno de los tres grandes mercados financieros del mundo.

El peligro es que una combinación de nacionalismo comunitario y de ‘conservadurismo de una nación’, [5] condene al Reino Unido a convertirse en una marisma de la economía mundial. La tentación será mantener, al nivel pre-Brexit, a las mismas regulaciones que existen acerca de horas de trabajo, salud y seguridad, alimentos genéticamente modificados, la fracturación hidráulica y cosas similares. Está muy bien tratar y acatar sentimientos comunitarios pasados de moda, pero llega un punto en que imitar la co-determinación alemana o Mitbestimmung, minará lo que puede hacer en el mundo un país de un tamaño mediano, como el Reino Unido, con montones de talento y energía.

La composición del gabinete de Theresa May indica que ella no intenta dejar que las cosas se queden merodeando por allí. Ella ha organizado un equipo fuerte de euroescépticos, a fin de tratar con el Brexit. [6] El Reino Unido no debería ser forzado a pagar un precio alto por permanecer en el Mercado Único. Afortunadamente, Theresa May puede encontrar que eso es casi imposible de obtener. La catástrofe no está a la vuelta de la esquina. El Brexit no necesita causar otra recesión al Reino Unido. Fuera del Mercado Único, los Británicos tendrán que vender sus bienes y servicios al mundo entero. El arancel ponderado de la Unión Europea que Inglaterra tendría que encarar, se ha calculado de varias formas entre un 4 y un 5 por ciento, un sobreprecio que la industria británica puede digerir fácilmente. Los Europeos pueden tratar de cerrar sus puertas a los servicios financieros originados en Londres, pero la City [centro financiero de Londres] logrará la atracción si escapa de la manía regulatoria del Continente. [7] No sería la primera vez. En los años sesentas y setentas, el gobierno de los Estados Unidos puso un tope al interés pagado por cuentas domésticas de cheques, como una forma de separar las tasas de interés y la inflación; esto condujo a que las compañías estadounidenses depositaran sus dólares en Londres, a fin de escapar de la regulación: así fue cómo nació el Mercado del ‘Eurodólar’ (ninguna relación con el euro de hoy en día), el cual creció a un tamaño neto de un trillón de dólares [en Costa Rica, un billón de dólares]. Frankfurt y París no desplazarán un mercado tan experimentado como el de la City. No hay nada más conveniente que haya un “mercado negro” grande, cuando los reguladores pierden sus modales.

Pronto el gobierno Británico será conducido por la competencia extranjera, a reducir los impuestos a las empresas, al valor agregado y al ingreso personal. La responsabilidad presupuestaria elemental conducirá a una revisión del gasto público y a evitar trabajos públicos Keynesianos. El estado de bienestar tendrá que ser reformado, al menos con base en los lineamiento del sistema de bonos [vouchers] de Suecia. Podría suceder que los Británicos escojan una política migratoria sensata, a fin de mejorar su productividad. Todo esto no son ilusiones: es simplemente mi creencia de que la realidad obligará a Inglaterra a convertirse en un éxito.


NOTAS AL PIE DE PÁGINA
[1] Esta frase burlona se refiere al ataque del pirata Francis Drake, en contra de las fuerzas navales en la Bahía de Cádiz, en 1587. Gran parte de la flota española fue destruida o capturada, retrasando en más de un año los planes de España para invadir a Inglaterra.
[2] La Unión Europea tiene una historia de revertir referendos: Dinamarca rechazó el Tratado de Lisboa en 1992 y lo aprobó en 1993; Irlanda rechazó el Tratado de Niza en el 2001 y lo aprobó en el 2002; Francia y Holanda rechazaron el borrador de la Constitución de Europa, pero la aprobaron mediante un proceso parlamentario, después de metamorfosearlo dentro del Tratado de Lisboa; luego, Irlanda rechazó el Tratado de Lisboa en el 2008 y lo aprobó en el 2009.
[3] La expresión “pequeño parroquiano Inglés” fue acuñada durante la Segunda Guerra de los Bóer de 1899-1902, para arremeter en contra de aquellos que se oponían a la guerra de conquista de África del Sur. Evoca a la época del inicio de la expansión del Imperio Británico, en los años de la década de 1850. Los liberales de Manchester, encabezados por librecambistas como Cobden y Bright, consideraron a las colonias como un campo de caza costoso para los vástagos de la aristocracia. Esta facción librecambista, Paz y Racionalización del Partido Liberal, gozaba de la simpatía de William Gladstone, el político liberal y primer ministro, cuyo reticente imperialismo, sin embargo, agregó el protectorado de Egipto al Imperio, a fin de mantener abierto el Canal de Suez. La Guerra de los Bóer, con su política de tierra arrasada y campos de concentración, no fue uno de los momentos más gloriosos de la historia imperial Británica. Al menos, fue investigada y objeto de una comisión oficial, compuesta sólo por mujeres, y encabezada por la Dama Millicent Fawcett.
[4] Un arancel proteccionista sobre las importaciones también disminuye el grado de competencia doméstica y hace que las exportaciones propias sean más caras, en el tanto en que los exportadores necesitan de insumos extranjeros.
[5] Fue Benjamin Disraeli (1804-1881) quien se llamó a sí mismo ‘Conservador de Una Nación’. David Cameron trató de cambiar a su partido conservador [tory] de ser el ‘Partido Repugnante’ al “Conservador de Una Nación’. Theresa May apeló, de nuevo, a un ‘conservadurismo de una nación’, inmediatamente después de asumir su cargo.
[6] Boris Johnson, Ministro de Relaciones Exteriores, David Davis, Ministro para el Brexit y Liam Fox, Ministro de Comercio Internacional. Ella los ha puesto en el mismo nivel –al punto en que los tres comparten, de igual manera, el uso de la casa campestre “Gracia y Favor” ¡para sus fines de semana! Boris Johnson puede ser el más visible por su aspecto despeinado y Liam Fox no es precisamente versado en los complicados acuerdos comerciales. Sin embargo, de los tres, la personalidad imponente es la del Ministro para el Brexit, David Davis. Hijo de madre soltera, creado en una urbanización subsidiada, que surgió de una escuela secundaria para ir a las Universidades de Warwick y Londres, es un conservador de posición firme, quien renunció a su asiento en el Parlamento para oponerse a medidas incrementadas de vigilancia en contra de terroristas, y que posteriormente fue reelecto. Como legendario defensor de los derechos civiles, favorece la pena de muerte para asesinos en serie. Defensor por largo tiempo del Brexit, no será un pelele en las negociaciones.
[7] A la posibilidad de que las casas financieras puedan operar en la totalidad de la Unión Europea se le conoce bajo el nombre de ‘pasaporteo’. El otorgamiento de tales permisos de parte de la Comisión Europea, fue, en realidad, un reconocimiento para que los diferentes centros financieros dentro de la Unión Europea acataran las regulaciones que garantizaban buenas prácticas financieras, para los clientes que eran servidos por aquellos. El pasaporteo no es una barrera proteccionista, tal como puede verse por el amplio otorgamiento de permisos a firmas domiciliadas fuera de la Unión Europea, con base en las ‘provisiones de equivalencia’ incorporadas en los acuerdos comerciales. No hay dificultades para otorgar la ‘equivalencia’ a empresas de la City, si no es que encuentran que esas reglas son demasiado onerosas.

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