Bancos, mentiras y estafas piramidales

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—No habrá morosos, İhanet, puesto que no estoy prestando el dinero de mis clientes —respondió, esta vez en serio.

—No, peor aún, estás dando en intereses el dinero que se supone que tus clientes han guardado. ¿Y qué les vas a decir si vienen a retirarlo todos a la vez, que ya se lo entregaste el mes pasado a otros en un sobrecito?

Mr. da Morte le sonrió, acariciando su pelo como si fuese una niña pequeña defendiendo que el valor de una barra de pan se establece en función del dinero que la gente está dispuesta a pagar por ella. Aunque algunas personas defendían aquella idea, todos los banqueros de prestigio —como él— sabían que era errónea. El valor de cualquier bien, decían, dependía únicamente de lo que costase producirlo —de modo que si exigía más esfuerzo los compradores tendrían que pagar más por él—, y decir lo contrario eran  gilipolleces.

Por supuesto, ni Crucius ni el resto podían explicar por qué entonces 3 barras de pan costaban solo 6 espurias, y en cambio había que pagar 60 por un autógrafo de Mr. da Morte, que costaba unos dos segundos producir. Pero ante la duda, resolvieron que aquella cuestión respondía a otro tipo de criterio (sin determinar bien a cuál) y obviamente continuaron manteniendo su postura, porque para eso eran economistas escornios con una ilustre firma por delante.

(…)

—No te preocupes, amor, que eso no sucederá nunca —respondió el banquero pensando que, efectivamente, jamás se daría la fatal coincidencia de que todos sus clientes quisieran llevarse sus ahorros a la vez.

—¿Cómo estás tan seguro?

El Señor da Morte volvió a esgrimir esa elegante y seductora sonrisa de superioridad que hacía pensar que tenía depositada más confianza en el banco que todos sus clientes juntos.

—Cielo, soy Crucius da Amarte, el gran magnate de los ahorros.

—Querrás decir mangante de los ahorros. Ya verás cuando la gente te acuse.

—La gente ya me acosa.

—Crucius, entregar como interés los ahorros de tus clientes a tus otros clientes es un suicidio, porque sabes que no te los van a devolver. ¿Qué harás si quieren recuperar su dinero todos a la vez? —insistía İhanet, con su tono burlón ya crispado ante la inquebrantable determinación de da Morte.

A Crucius le encantaba verla así de alterada y de preocupada por él, ante lo que podría sucederle en el imposible caso de que se descubriera la estafa piramidal.

—İhanet, amor, para que todos mis clientes quieran recuperar su dinero a la vez, tiene que suceder nada menos que una catástrofe económica; que tal y como van las cosas, es imposible que ocurra. Antes que eso, yo me esperaría incluso que tu hermano se presentara por aquí con mi dinero y una cajita de bombones —bromeó el banquero alegremente y sin darle la menor importancia al tema del robo porque, ahora que incluso el antiguo Banco de Escornia se estaría escornando por salir adelante y fusionarse con el suyo, evidentemente ya no la tenía—. Y si lo de tu hermano ya sería raro que sucediera, pues imagínate una desgracia económica del calibre de la que yo te digo.

Por supuesto, relacionaba la expresión «catástrofe económica» y «desgracia económica» con la salida de Escornia del pozo de hambre y miseria en el que se hallaba inmersa. El Señor da Morte sabía que, como gracias a Dios tal emersión no iba a ocurrir de la noche a la mañana —y ni en siglos a ese paso—, los muertos de hambre seguirían eternamente dejando sus gags en el banco para algún día verlos convertidos en espurias y así tener un aliciente por el que conservar sus tristes vidas; si es que alguna vez eran capaces de esperar a tan ansiada conversión, y de no gastarse sus certificados de depósito al momento de recibirlos.

—Crucius, por favor… —le abrazó İhanet entonces, acariciándole por primera vez, a ver si así le convencía.

Al sentir el roce en su cuello, el Señor da Morte se estremeció y la abrazó a su vez.

—Visto lo visto, estoy casi por subir aún más los intereses a los depositantes y empezar a dar préstamos a los mendigos… —bromeó Crucius.

—¡Huy, no, por Dios…! ¿Por qué limitarte a darles solo préstamos que luego tendrán que devolver, cuando directamente puedes regalarles el dinero? —respondió İhanet sarcásticamente, soltándole al ver que esta vez las caricias no funcionaban para convencerle—. ¡¿Te imaginas luego qué emoción cuando todos tus clientes quieran liquidarte en la Plaza Mayor?!

—¡Ya lo creo, querrán «liquidar» sus deudas! ¡Joder, entonces la única pega que veo en todo esto es que al final voy a regalar tanto dinero que no me va a quedar ni para mí…! —exclamó Mr. da Morte, siguiendo con la broma.

—Eso es precisamente lo que trataba de decirt…

—¡Tendré que crear mi propia moneda, el…!

—¡El Crucio! —se le adelantó İhanet—. Para que, si en algún momento el Banco de Escornia tiene que imprimir billetes nuevos para prestártelos, y que de ese modo puedas devolver el dinero a tus depositantes después de habérselo regalado a los mendigos; que al menos la gente sepa a por quién tiene que ir cuando empiecen a subir los precios y quiera devolverte el regalito…

Mr. da Morte soltó una sonora carcajada.

—¿Subir los precios, İhanet? ¿Quién te ha dicho tal cosa? Cuando se imprime dinero y se pone en circulación, no necesariamente tienen que subir los precios. Solo suben si aumenta más la cantidad de dinero en circulación que la cantidad de bienes. Si en un principio hay diez espurias, y diez panes, valdrá una espuria cada pan. Si luego hay veinte espurias, y veinte panes, seguirá valiendo una espuria cada pan. El precio del pan no aumenta, amor.

—¿Y si antes había 10 espurias y 10 panes; y ahora hay 20 espurias porque el Banco de Escornia o el gobierno ha tenido que crearlas por tu culpa, y sigue habiendo solo 10 panes?

—Entonces cada pan valdrá 2 espurias.

—¡Vaya, no me digas! ¿Y eso no es subir los precios?

Crucius volvió a reírse.

—A ver qué culpa tengo yo de que la gente no haga más pan para que siga habiendo 20 espurias y 20 panes —respondió.

—O igualmente podría seguir habiendo 10 espurias y 10 panes, ¿no?

Fragmento de la novela “Copia de un libro para enfermos” (Unión Editorial). 

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Sara de Mingo Fernández escribe desde los 16 años. Es autora del ensayo titulado "Mitos de la creación de dinero en la Escuela Austríaca"; y de la novela "Copia de un libro para enfermos", publicada por Unión Editorial.

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