América Latina es pobre y quiere más cuarentenas

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A estas alturas del tiempo de la pandemia, estoy seguro de que tienes un amigo y amiga que se contagió con el virus o un familiar enfermo, o un amigo que lo está pasando mal, o algún pariente que lo haya vencido, o alguna persona muy querida que se haya ido.

¡Qué impotencia! No puedes salir corriendo a ayudarles porque no sabes cómo hacerlo; no puedes ir a abrazarlos para consolarlos porque ellos mismos te piden que te cuides; no puedes ir a visitarlos al hospital donde están internados porque está prohibido el ingreso; no puedes ir a sus casas a cuidarlos porque temes volver con el virus a tu hogar y contagiar a tus familiares en la franja de vulnerabilidad.

¡Qué impotencia! El virus nos impide abrazos y besos de amor cuando más los necesitamos.

Al menos si sólo fuera tema de dinero, lo podemos resolver en medio de nuestras necesidades. Pero No. No es sólo dinero porque así tengas un millón de dólares no consigues una cama de terapia intensiva en ningún hospital privado o público en La Paz. Para lo peor, no hay medicinas. No hay oxígeno. No hay Sedes. No hay Estado. Sólo queda la familia, los amigos y uno que otro vecino que se arriesga a preparar mates de wira wira, malvas, jengibre, manzanilla, eucalipto o kichita y llevarlos a casa del enfermo.

Los pobres y grupos poco informados sufren el virus en la absoluta orfandad y silencio. Primero, no creen porque alguien les dijo que no existe. Ante los primeros síntomas no se quejan porque temen que sus vecinos los rechacen y expulsen de su casa. Cuando la enfermedad empieza a avanzar, recurren a la medicina tradicional; cuando ya no hay nada que hacer, a Dios. Y si llega la muerte, el entierro es la expresión de una soledad más abrumadora que la desolación.

No quiero caer en teorías de conspiración, me quedo con la versión de científicos que aseguraron que el virus no fue diseñado en un laboratorio de China. Sin embargo, no puedo evitar pensar que la mayoría de las víctimas de la enfermedad sean hombres y mujeres de la tercera edad, jubilados o personas con enfermedades de base, que significan cada vez más un alto costo social para los Estados porque las parejas tienen cada vez menos hijos y la población trabajadora envejece y vive más años.

En el #TinkuVerbal del pasado 5 de abril, escribí sobre el dilema que los bolivianos teníamos que enfrentar en algún momento: ¿seguimos en cuarentena para salvar vidas y matar la economía o dejamos la cuarentena para salvar la economía y sacrificar vidas? En ese momento, amigos, conocidos y personas de cuya existencia me enteré ese día me dijeron casi en coro: las vidas. Cuatro meses después, la percepción cambió un poco.

En junio pasado, leí unas declaraciones del Nobel de Química 2013, Michael Levitt. “Estoy seguro de que el confinamiento pudo haber salvado vidas en el corto plazo, pero el daño económico costará vidas. El confinamiento estricto es el que es peligroso”, indicó aquella vez, en una conversación con la BBC.

Levitt se refirió a las graves consecuencias sociales que causará la crisis económica en las futuras generaciones. Basado en modelos matemáticos y métodos informáticos para analizar las curvas de contagio en distintos países del mundo, cuestionó la cuarentena rígida. Entre “tres a cuatro semanas (el virus) empieza a desacelerarse”, dijo aunque advirtió que no hay certeza total.

Quizá tiene razón. En Bolivia, aunque carecemos de pruebas y los resultados se conocen con días de retraso, el virus afectó primero a Santa Cruz, luego causó pánico y caos en Trinidad, después Cochabamba y en los últimos días, La Paz.

El Nobel de Química comparó el número de muertos entre países que adoptaron la cuarentena rígida y los que fueron más flexibles y descubrió que las cantidades de muertos fueron similares, lo que significa que la cuarentena rígida da tiempo a los Estados a acondicionar hospitales, pero no evita que los asintomáticos sigan contagiando.

Es dolorosa la partida de seres queridos a causa de la Covid-19, pero es igual de doloroso que los pacientes con otras patologías estén abandonados; y pueden ser más dolorosos los efectos que causará el colapso económico en los niños y jóvenes del país.

¿Qué hacer ante esta situación? Ya no hay tiempo para hacer hospitales. Hasta que lleguen los respiradores, quizá habrá llegado otro virus. Otra cuarentena rígida ayudará a ganar tiempo, ¿para qué? ¿Para hacer en dos semanas lo que no se pudo en 14 años o cuatro meses? Creo que queda dirigir la inversión de gobiernos municipales a comprar medicinas para el tratamiento oportuno, distribuir barbijos seguros, instalar pilas de agua pública, jabón, distribuir alcohol e insistir con el distanciamiento social.

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Andrés Gómez Vela

Es periodista y abogado.

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