Alexandria Ocasio-Cortez, un gran peligro para los EEUU

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Considerar que el “socialismo es un fracaso”, es uno de los puntos que más me aleja de libertarios, paleolibertarios e incluso de muchos conservadores. Ese error nace de juzgar el socialismo desde la óptica economicista, pero un fenómeno tan complejo no puede ser analizado solo desde ese plano.

José María Iraburu, en su libro Evangelio y Utopía señala tres características de todos los movimientos utópicos.

Primero, rechazo absoluto a la realidad del hombre, considerando inadmisible la presencia de defectos y males humanos. Segundo, la búsqueda de un mundo “mejor” y un hombre “nuevo”. Y tercero, la fe ciega en los hombres que asumen el liderazgo de los movimientos. Lastimosamente, esta última característica es el germen para el nacimiento de personajes como Stanlin, Hitler, Evo Morales o Hugo Chávez.

El escritor argentino Agustina Laje, en El Libro Negro de la Nueva Izquierda señala: “Muchos sectores del mundo libre descansaron en ese triunfalismo que brindaba la sensación de que la utopía colectivista había perdido para siempre”, explica el autor, para luego añadir: “Pero pocos años después, abrazando nuevas banderas y reinventando su discurso, el hoy llamado neocomunismo (o progresismo cultural) no sólo pasó a dominar la agenda política sino, en gran medida, la mentalidad occidental”.

Entonces, y considerando los aportes de ambos pensadores, podemos afirmar que la utopía socialista no está muerta y, al estar vigente en todos los espacios culturales y de transmisión de conocimiento, tampoco es un fracaso.

Por ejemplo, cuando el 13 de julio del año 2013 la prensa estadounidense abrió sus titulares con la quiebra del municipio de la ciudad de Detroit, sitios como Twitchy Who Say What?, pagina que sigue tendencias en Twitter, mostraba como el 94% de los usuarios de esa red social culpaban al capitalismo de los problemas en la ciudad. Ninguno de los Twitteros indagó que las leyes que pusieron a La Capital del Automóvil al borde de la quiebra desde iniciados los años 80, fueron promulgadas por el partido Demócrata con un claro sesgo socialista y bajo la fantasía de la “justicia social”.

La segunda campaña presidencial de Barack Obama giró alrededor de la palabra cambio y un plan económico claramente socialista como subir impuestos a las utilidades y “redistribuir” la riqueza.

Pero como Obama, a pesar de ser socialista y negro sigue siendo hombre, un problema en una época de tanto feminismo, había que buscar una nueva figura mediática que refresque la imagen del partido Demócrata, y para eso nadie mejor que Alexandria Ocasio-Cortez. La joven neoyorquina es mujer, es latina, su piel es de color aceituna, maneja hábilmente las redes sociales y está mucho más a la izquierda que cualquiera de los candidatos (debemos reconocer que los socialistas son muy hábiles en la comunicación política).

Hay dos cosas que son preocupantes de la figura de AOC. Uno, el crecimiento de su figura política, por ejemplo, muchos millennials la ven como la futura presidente de los EEUU y la necesaria renovación de los “viejos” políticos americanos. Y dos, la falta de liderazgos jóvenes entre los sectores conservadores de la sociedad americana.

¿Cuál es la solución? En ocasiones intentamos buscar soluciones en el presente, cuando en muchas ocasiones nuestros antepasados ya nos dejaron sabias enseñanzas. Para combatir el populismo de izquierda, los conservadores debemos hacer populismo de derecha. De hecho, Thomas Paine fue el gran divulgador del espíritu de la independencia americana, con un estilo directo, usando muchos pasajes bíblicos y renunciando al latín y al lenguaje filosófico conectó la fe protestante y la identidad americana, hasta el nombre de su folleto es revolucionario “Sentido Común”. El folleto fue una de las fuentes de inspiración para la redacción de la Declaración de Independencia. Hoy, nos toca tomar ese ejemplo del uso eficiente de los recursos políticos.


 

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HUGO BALDERRAMA ES ECONOMISTA MASTER EN ADMINISTRACIÓN DE EMPRESAS Y PHD. EN ECONOMÍA

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