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Alemania Unificada: origen del conflicto germano-francés

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Los antiguos monarcas absolutos padecían insaciable afán de conquistas territoriales, pues éstas ampliaban su esfera de poder y, al tiempo, incrementaban las propias rentas pecuniarias. Jamás considerábanse aquellos reyes suficientemente ricos ni poderosos.

Necesitaban la fuerza para mantenerse en el trono, disuadiendo el ataque de sus enemigos interiores y exteriores, y precisaban de dinero para pagar a sus ejércitos y mantener el boato de la corte. La ampliación o retracción de las fronteras tiene, en cambio, para el estado liberal, nimia trascendencia. La integración de una nueva provincia no incrementa la riqueza de nadie; sus, digamos, «rentas» han de dedicarse a la administración de la misma. Los gobiernos liberales, nunca agresivos, no ven razón alguna que abogue, en circunstancias normales, por incrementar el poderío de las fuerzas armadas. Los parlamentos de la época liberal, por eso, oponíanse siempre al reforzamiento del potencial bélico de la nación, rechazando igualmente toda aventura guerrera y toda política anexionista.

La política liberal de paz que, al menos en Europa, a lo largo de los años sesenta del siglo pasado, parecía ya haberse impuesto —es precisamente la época en que el liberalismo, de victoria en victoria, progresa de modo impresionante— basábase en el presupuesto de que todas las gentes libremente podrían decidir el estado político al que deseaban pertenecer.

Alemania Unificada: origen del conflicto germano-francés

Preveíase, todavía, la posibilidad de algunas guerras y ciertas revoluciones antes de conseguir la autodeterminación para todos los pueblos, puesto que el absolutismo no estaba, desde luego, dispuesto a renunciar voluntariamente a sus prerrogativas. Había casos, como la expulsión de Italia de los ejércitos extranjeros, la defensa de los alemanes del Schleswig-Holstein amenazados de absorción, la liberación de los polacos, por un lado, y los eslavos del sur, por otro, que sólo apelando a la fuerza era pensable resolver; la liberal Inglaterra de aquellos años permitió la autodeterminación de las islas jónicas.

La pugna por una Alemania unificada dio origen al conocido permanente conflicto germano-francés; el problema polaco no tuvo arreglo por cuanto los zares violentamente sofocaban, uno tras otro, todos los intentos liberadores; en los Balcanes, las cosas sólo a medias se compusieron; y la imposibilidad de resolver los problemas nacionalistas del imperio austro-húngaro, por la oposición de los Habsburgo, dio lugar al incidente que desencadenó la gran guerra.

El moderno imperialismo se diferencia de las tendencias expansionistas del régimen absolutista en que su impulso no brota ya de las dinastías o de las aristocracias, ni siquiera de los cuerpos administrativos o los generales, jefes y oficiales del ejército; ninguno de tales estamentos desea hoy la guerra de conquista simplemente para beneficiarse con el correspondiente botín, como ayer sucedía.

Ahora, en cambio, son las masas mayoritarias las que apoyan tales aventuras, por entender constituyen la forma más apropiada para salvar la independencia nacional. Vano es, desde luego, el pensar puedan hallarse soluciones, no ya perfectas, sino ni siquiera medianamente satisfactorias, a los problemas políticos de las zonas plurinacionales, dentro de esa compleja red de medidas antiliberales, hoy prevalentes, que han ampliado de tal forma la intervención estatal en todo, que ya prácticamente no hay actividad alguna libre de injerencia administrativa.

Mientras no se adopte una política liberal a ultranza en tales zonas, no cabe esperar ni mera aproximación a una igualdad de derechos entre las diversas nacionalidades. Según están planteadas las cosas, no puede haber más que unos que manden y otros que obedezcan. Se es o yunque o martillo.

Fragmento del libro Liberalismo de Ludwig von Mises.

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Es el editor general The Mises Report y el anfitrión del podcast de the Libercast's show.

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