ALAN GARCIA Y EL SUEÑO DE LA MUERTE.

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Era un brillante planificador. Tan premeditada y bosquejada tenía su muerte, con carta fúnebre, que escogió una semana vital para opacar toda festividad religiosa. Semana santa del 2019. Su revólver, fue el socio personalísimo y oculto que, con paciencia freudiana, esperaba el momento preciso para ser gatillado en acto estratégico y trascendental para prevalecer legendario en la contemporaneidad.

Ese mismo compañero, Colt, fue co-participe y aliado, para abrirse paso contra un grupo de militares, que intentó apresarlo en 1992. Sus últimas declaraciones presagiaban un tufillo mortal. Su carta póstuma confirma su voluntad inquebrantable de abrazar la muerte. Sus alumnos, antes del allanamiento horas antes del fatal suceso, escucharon de sus labios una exposición casi fúnebre sobre Augusto B. Leguía, y la planificación obituaria con una didáctica sombría, muy aproximada a despedida eterna. Su entorno, conocía con exactitud sociológica que un suceso así, no sorprendería a los más íntimos. Su discurso memorable luego de un largo exilio, también versaba sobre el compromiso de estar con el pueblo después de su muerte. Una constante en su narrativa.

Alan García Pérez: Dos veces Presidente Constitucional. Extraordinario orador, de verbo flamígero, especialista en el discurso, la retórica, la arenga, la disertación. Experto en encandilar masas, prolífico en ademanes, y cadencias de voz; Diestro en señas, gestos, lenguaje corporal y posturas histriónicas; Inteligencia brillante, y carisma inigualable. Envidiado y odiado por muchos ante ese rosario de atributos. Tenía evidentemente una herida profunda en el corazón.

Un periodista peruano comentó, en añeja entrevista que él, se traumó profundamente de niño al ver a su padre en prisión luchando contra la dictadura y eso deja huella. El refugio colombiano, el asilo frustrado en Uruguay y el balazo en la sien confirman el terror psicológico a pernoctar en celda permanente como reo estigmatizado por la sociedad. Algunos líderes históricamente, debido a la facilidad de alcanzar el poder y ser el centro de culto y atención perpetua de sus respectivas sociedades, se convencen que son predestinados y que su imagen debe ser aposento permanente de la historia. Esta autopercepción podría generar el paradigma de poseer atributos de inspiración celestial. Presuntamente predestinados y elegidos.

Está claro, que el poder político, los entornos ayayeriles, las ovaciones populares, y los halagos excesivos, contribuyen a que el endiosamiento sea inexorable hasta fronteras inimaginables. Por ello, toda apología y ensalzamiento a cualquier líder es muy peligroso políticamente, pero ayuda a acrecentar sostenidamente la mitología entorno a él.

Pero cuando la humana realidad los confronta, los carea, los coteja, los examina, los discierne, los allana, los presiona y desnuda cual radiografía intima de sus imperfecciones y defectos, los hace descender bruscamente del panteón del Olimpo social al charco de la mortalidad histórica y les genera grave pesadilla, convirtiéndose en potenciales candidatos a muerte abrupta. Sólo el martirologio los encumbra a la grandeza, a la supervivencia eterna y los muta en leyenda para trascender a la posteridad.  La religión aprista peruana llena de mártires, pero opacada electoralmente, sacralizó este suceso y lo pontificará constantemente. Maquillará sus errores y lo exaltará. El tiempo, será un fiel aliado para restañar odios y beneficiar su memoria.

Borges, decía que la muerte tiene un sabor especial. Alan Garcia tuvo el escondido sueño de la muerte y el sueño de la tercera presidencia y superar republicanamente a otro ex-presidente, Augusto B. Leguía. Pero como cuando citó en memorable discurso a Calderón de la Barca:  “La vida, es un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción, y los sueños, sueños son…”

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Abogado. Analista Político y Comunicador. Estudió Desarrollo Económico en Israel . Columnista en medios de comunicación y Analista en Digital TV Mundo y BHTV. De Lima.

alberto.bajak@gmail.com

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