A propósito de la escuela de Frankfurt

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En épocas de “marxismo cultural”, la llamada Escuela de Frankfurt se ha puesto en boca de muchos libertarios. Particularmente llama la atención la manera en que se hace referencia a dicha escuela como una “conspiración”, tratando de descalificar la supuesta paranoia con que la “derecha” y los conservadores califican a dicha escuela como una amenaza a la civilización. Lo curioso de esa forma de asumir el tema es que se asume correctamente que las ideas pueden surgir para satisfacer un mercado del poder siempre hambriento de aquello que justifique su inevitable arbitrariedad, para lo cual detenernos un poco en la historia de la misma Escuela de Frankfurt permite entenderlo mejor. Veamos por qué.

El Instituto de Investigación Social de la Universidad de Frankfurt fue fundado explícitamente como un centro de estudios para el marxismo y al menos esa fue la voluntad que así manifestó su primer director, Carl Grünberg, un historiador del derecho que de hecho fue profesor de Mises en la Universidad de Viena. Creado en 1923 dicho Instituto, por casi una década se encargó dentro de su principal publicación, Archivos para la Historia del Socialismo y el Movimiento Obrero, de llevar estudios de ciencias sociales bajo las premisas del “materialismo histórico”, así como de llevar de la mano del Instituto Marx-Engels de Moscú la edición de las obras completas de Karl Marx y Friedrich Engels, proyecto que por cierto sigue en curso bajo los auspicios de la fundación Internationale Marx-Engels Stiftung, perteneciente a un instituto heredero de dicha tradición de Frankfurt como es el Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam, y que pretenden a 2030 completar la edición de 120 volúmenes conocidos como proyecto MEGA (Marx-Engels-Gesamtausgabe).

No quisiera ahondar más en la rica historia de la llamada Escuela de Frankfurt más allá de destacar que su vida activa llega casi a la centuria y desde sus inicios ha servido como activo intelectual del movimiento comunista internacional. Ahora bien, ¿esa complicidad con el comunismo internacional la hace una “conspiración”? Si por conspiración entendemos lo que efectivamente su raíz latina de “conspirare” sugiere, que traduce algo así como “respirar juntos”, estamos efectivamente ante una comunión de interés lo suficientemente estrecha y comprometida para tener objetivos comunes dentro de una estrategia especifica. Si a ello le sumamos que desde que el mismo Marx y Engels redactaran el Manifiesto del partido comunista en 1848, ambos consideraban que “los comunistas repudian el ocultamiento de sus puntos de vista y de sus intenciones”, de manera que sus propósitos revolucionarios siempre han estado explícitos y a la vista de todos, incluyendo a sus adversarios por supuesto. Lo que efectivamente ha pasado es que todo intelectual honesto, y debemos reconocer que entre los marxistas los hay y ha habido, sabe que la libertad y capacidad de crítica que requiere una investigación seria hace que mantener una unidad coherente entre la acción política y la investigación académica en una misma organización sea insostenible. El mismo Mises lo entendió así cuando reconoce que el político es un hombre de acción cuya preocupación es estimular la voluntad mientras que el académico es un hombre de conocimiento cuya preocupación es hallar la verdad. En el caso del Instituto de Frankfurt, lo que se dio es que sus integrantes se abstuvieron gradualmente de manifestar un apoyo político explícito a las organizaciones políticas comunistas que en parte le dieron origen, pero sí de mantener una crítica activa al capitalismo y a la que reputaban de “civilización burguesa”, como en efecto lo haría el filósofo Max Horkheimer cuando asumió la dirección del Instituto en 1930 y de ahí en adelante sus integrantes más reconocidos, como Theodor Adorno, Herbert Marcuse y Jurgüen Habermas (este último con quien HansHerman Hoppe hizo su tesis doctoral).

El atractivo que ejerció la tradición marxista de Frankfurt en muchos intelectuales, marxistas o no, es la amplitud con la que estudiaron la producción material del hombre, incluyendo la forma en que se producía el hombre a si mismo al cultivar sus gustos, sus opiniones, deseos y demás. Es por eso, por lo que más que dejar de estudiar la economía como supuesto terreno natural del marxismo, lo que hicieron estos personajes al profundizar el estudio en las artes, las ciencias y la cultura fue precisamente ahondar en las premisas del materialismo histórico y su clásica “critica de la economía política”. Marx y Engels mismo inauguraron parte de dicho propósito en sus escritos iniciales, aquellos que precisamente se publicarían bajo la iniciativa editorial del Instituto de Frankfurt en colaboración con el Instituto Marx-Engels de Moscú como los famosos “escritos de juventud”. Aunque dichos escritos se mantenían en el estudio todavía clásico sobre la el poder y la riqueza, propias de la filosofía y el derecho, términos como la “enajenación”, la “ideología” y la “emancipación” eran bastante frecuentes en las reflexiones de Marx (más que de Engels) como para fácilmente extenderse a toda la rica gama de producción material del hombre que supone el desarrollo de su vida misma como individuo y como ser social.

Con aquellas premisas es que fácilmente Adorno hace sus reflexiones estéticas sobre el arte y la individualización del mismo, Marcuse ahonda en la producción unilateral del “hombre unidimensional” o Habermas comprende el lenguaje como “acción comunicativa”. No son sino reflexiones de como el hombre se produce a sí mismo en sociedad más allá de simplemente transformar las cosas. De manera que a estos personajes les es indiferente que sus escritos sirvan de insumo para una estrategia de toma del poder, entendiéndose este poder como la “abolición” del Estado con la instauración “provisional” de la dictadura del proletariado, tal como el marxismo lo venía procurando desde Marx a Lenin, sino entendiendo el poder como la forma en que las personas se producen a sí mismos en sus hábitos y costumbres. Algo de ello ya estaba sugerido precisamente en la instituciones educativas y culturales que servían de extensión a las actividades proselitistas de los partidos socialdemócrata alemán, austriaco y ruso, por mencionar a los más importantes de la época, en donde sus “juventudes” y organizaciones de “mujeres”, además de sus sindicatos, se proponían recrear el socialismo en el mundo del ocio y la familia. La diferencia ahora es que no se hacía desde un partido político sino desde institutos universitarios, donde precisamente cada vez más jóvenes y mujeres ingresaban a las aulas, ahorrándose así la creación de “juventudes” comunistas u otro tipo de agrupaciones de ese orden dentro de los partidos comunistas.

El “marxismo cultural” es la identificación de un hecho evidente y es el de que las universidades, que nunca como en el siglo XX y lo que va del XXI han sido tantas, han tenido una población tan grande de estudiantes y a la par de unas poblaciones receptoras de sus ideas por cuenta de su alfabetización masiva, han ido gradualmente adoptando, dentro de las llamadas “ciencias sociales”, un anticapitalismo explícito y una crítica cultural activa que en buena medida se le atribuye a la labor investigativa de un Instituto como el de Frankfurt, como naturalmente del proselitismo del comunismo internacional. A pesar de que pocos son los políticos que abiertamente hoy admiten una vocación comunista aún reivindicando su legado –lo cual indignaría al mismo Marx y Engels que como citábamos anteriormente creían que los comunistas no tienen nada que ocultar–, como muchos los intelectuales y académicos que dan por superado el marxismo –aun cuando mantienen las premisas del marxismo en muchos de sus razonamientos–, las críticas al capitalismo como un proyecto civilizatorio destructor del medio ambiente y cosificador de la identidad humana bajo categorías de género y raza, se mantiene como un legado fundamentalmente aportado por la Escuela de Frankfurt.

El “marxismo cultural” no es un chivo expiatorio de la “derecha”, sino el resultado efectivo de una estrategia deliberada de los comunistas y demás críticos del capitalismo por hacernos vivir una economía de libre mercado con complejos de ser “consumistas” y cómplices de nuestra propia “explotación” y “opresión” al disfrutar los éxitos del capitalismo y la economía de libre mercado. Mi recomendación es no caer en el polilogismo, aquella epistemología mediocre que Mises criticaba por considerar que la lógica del razonamiento de las personas varía según el grupo al que pertenezcan, en este caso por ser de “izquierdas” o de “derechas”, lo cual no es hacerle sino el juego a la idea de que la verdad simplemente es un producto de las relaciones de poder y ahondar el relativismo que precisamente impide el dialogo y el aprendizaje verdadero. Por lo demás, está bien no caer en la paranoia del conservatismo respecto al legado activo de la Escuela de Frankfurt y sus amenazas a la civilización, pero tampoco en la ingenuidad del progresismo que le da la bienvenida a todo lo que aparente novedad como un ejercicio de libertad, que como sabemos solo tiene un límite: la responsabilidad.

Bibliografía:

-Anderson, Perry. Consideraciones sobre el marxismo occidental, trad. del inglés por Néstor Míguez, Madrid, Siglo XXI, 1979, 153p.

Hobsbawn, Eric. Cómo cambiar el mundo: Marx y el marxismo, 1840-2011, trad. al castellano de Silvia Furió, Buenos Aires, Editorial Crítica, 2011, 490p.

-Mises, Ludwig Von. Gobierno omnipotente: en nombre del Estado, trad. del inglés de Pedro Elgoibar, Madrid, Unión Editorial, 2002, 414p.

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Curioso de la libertad y escéptico del poder. Historiador de formación. Actualmente es Director Regional de Estudiantes Por la Libertad en Colombia.

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