25 Aniversario del final de la Unión Soviética

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El 24 de diciembre del 2016 marcó el 25 aniversario de la terminación formal de la Unión Soviética, como entidad política en el mapa mundial. Hace un cuarto de siglo, se corrió la cortina del experimento de 75 años de “construcción del socialismo”, en Rusia, en el país en donde todo comenzó después de la Revolución Bolchevique, conducida por Vladimir Lenin, en noviembre de 1917.

Algunos historiadores han estimado que tantos como 200 millones de personas en todo el mundo, podrían haber muerto como parte del sueño del siglo XX de crear un colectivista “paraíso en la tierra”. El intento de establecer un sistema socialista que abarcó muchas partes del mundo durante los últimos 100 años, ha sido uno de los más crueles y brutales episodios de la historia humana. Construir un “mundo mejor” se hizo para significar la exterminación, liquidación y asesinato masivo de todos aquellos, que los líderes socialistas revolucionarios declaraban eran “enemigos de la clase,” incluyendo a familias e incluso a los hijos de los “enemigos del pueblo.”

LA RUTA SANGRIENTA PARA HACER UN NUEVO HOMBRE SOCIALISTA

Se calculó, en la década de 1990, por historiadores rusos y de Occidente que tuvieron acceso limitado a los archivos secretos del Partido Comunista de la Unión Soviética y de la KGB (la policía secreta Soviética), que tantos como 68 millones de inocentes, hombres desarmados y mujeres y niños, pueden haber sido asesinados tan sólo en la Rusia Soviética durante esos 75 años de gobierno comunista.

La maldad del sistema Soviético consiste en que no era crueldad por la crueldad en sí. En vez de ello, era la crueldad con un propósito –construir un nuevo hombre Soviético y una nueva sociedad Soviética. Eso requería la destrucción de todo lo que había pasado antes e implicó la creación forzada de una nueva civilización, tal como fue conjurada en las mentes de aquellos quienes se autonombraron como creadores de este valiente nuevo mundo.

En las mentes de aquellos como Felix Dzerzhinsky, socio cercano de Lenin y fundador de la policía secreta Soviética, la violencia era un acto de amor. Tanto amaron a la visión del maravilloso futuro comunista que habría de venir, que estaban dispuestos a sacrificar todas las concepciones tradicionales de humanidad y moralidad, a fin de llevar su utopía a su realización.

Así, en una publicación emitida en 1919 por la recién formada policía secreta Soviética, la Cheka (luego la NKVD y después la KGB), se proclamó lo siguiente:

“Rechazamos los viejos sistemas de moralidad y ‘humanidad’ inventados por los burgueses para oprimir y explotar a las ‘clases inferiores.’ Nuestra moralidad no tiene precedentes y nuestra humanidad es absoluta, porque descansa en un nuevo ideal. Nuestro objetivo es destruir todas las formas de opresión y violencia. Para hacerlo, todo es permitido, porque somos los primeros en levantar la espada, no para oprimir a las razas y reducirlas a la esclavitud, sino para liberar a la humanidad de sus cadenas…

¿Sangre? ¡Dejen que la sangre fluya como el agua! ¡Dejen que la sangre manche la bandera negra del pirata desplegada por la burguesía y dejen que nuestra bandera sea por siempre del rojo de la sangre! Pues solo con la muerte del viejo mundo, podemos liberarnos por nosotros mismos del regreso de esos chacales.”

MUERTE Y TORTURA COMO HERRAMIENTAS DEL SOCIALISMO VICTORIOSO

En 1920, el famoso sociólogo Pitirim A. Sorokin era un joven profesor en Petrogrado (luego Leningrado y ahora San Petersburgo), en momentos en que la Guerra Civil Rusa estaba llegando a su fin. Mantuvo un recuento de la vida diaria durante esos años, que luego publicó muchos años después bajo el título Leaves from a Russian Diary –and Thirty Years After [Hojas de un Diario Ruso –y Treinta Años Después] (1950).

He aquí una de sus entradas provenientes del año 1920:

“La máquina del Terror Rojo funciona incesantemente. Todos los días y todas las noches, en Petrogrado, Moscú y en todo el país, la montaña de los muertos crece más alta… En todo lado la gente es fusilada, mutilada, barrida de su existencia…

Cada noche escuchamos el traqueteo de camiones llevándose nuevas víctimas y a menudo algunos de nosotros escuchamos desde las cunetas, adonde los cuerpos son arrojados, gemidos débiles y llantos de aquellos que no murieron al instante bajo las balas. La gente que vivía en las cercanías de esos lugares, empezó a irse. No podía dormir…

Al levantarse en la mañana, ningún hombre o mujer sabe si estará libre para la noche. Cuando se sale de la casa, uno nunca sabe si regresará. Algunas veces un vecindario es rodeado y todos los que son capturados fuera de su casa sin tener un certificado, es arrestado… La vida en estos días depende enteramente de la suerte…”

Esta locura asesina nunca terminó. En los años de 1930, durante la época de las Grandes Purgas, instituidas por el dictador Soviético Josef Stalin para aniquilar a todos los “enemigos de la revolución” por la vía de las ejecuciones en masa, millones fueron enviados a las prisiones del Gulag, que estaban por todas partes de la Unión Soviética, para que fueran forzados a laborar como trabajadores esclavos en “construir el socialismo.”

Antes de ser enviados a su muerte o a la los campos de trabajo forzado, cientos de miles serían interrogados y cruelmente torturados, para obtener confesiones de crímenes inexistentes, conspiraciones anti-Soviéticas imaginarias y falsas acusaciones en contra de otros.
Stalin personalmente envió instrucciones a la policía secreta Soviética que afirmaban que, para obtener confesiones de los acusados, “se le daba permiso a la NKVD por el Comité Central [del Partido Comunista] para usar la fuerza física… como un método completamente correcto y oportuno” para la interrogación.

Cuando a Stalin se le dijo que este método estaba logrando los resultados deseados, le dijo a los interrogadores de la NKVD, “Háganles el trabajo hasta que lleguen arrastrándose adonde ustedes sobre sus barrigas con las confesiones entre sus dientes.” Después, en otra purga, ésta después de la Segunda Guerra Mundial, simplificó aún más sus instrucciones: “Golpeen, golpeen y, luego, una vez más, golpeen.”

Miles de las víctimas escribieron cartas a Stalin desde sus exilios y durezas en los campos de concentración, todos los cuales estaban persuadidos de que todo había sino un terrible error. Si tan sólo el grande y buen Camarada Stalin lo supiera, él rápidamente lo corregiría y ellos serían liberados y restaurados como buenos y leales ciudadanos Soviéticos, listos, una vez más, para “construir el socialismo.”

LA MANO PERSONAL DE STALIN EN LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO POR MEDIO DE LA SANGRE

Pero, Stalin sabía. Personalmente firmó cientos de miles de órdenes para matar y decenas de miles más para que se les enviara al horrible destino de los campos del Gulag.

Dmitri Volkogonov, un general Soviético convertido en historiador, durante los años de 1980, tuvo acceso a muchos de los archivos Soviéticos que habían permanecido cerrados y escribió una biografía de Stalin, titulada Triumph and Tragedy [Triunfo y Tragedia] (1991), dando a entender como “triunfo” el ascenso al poder de Stalin y la “tragedia” resultante para el pueblo soviético. Volkogonov le dijo, en aquella época, a un corresponsal de Occidente:

“Regresaría a mi hogar de trabajar en los archivos de Stalin, y estaría profundamente conmovido. Recuerdo venir a mi casa después de leer durante todo el día el 12 de diciembre de 1938. Ese día él firmó treinta listas de sentencias de muerte, para un total de cinco mil personas, incluyendo a muchos que él personalmente conocía, sus amigos…

Eso no fue lo que me perturbó. Resultó que, habiendo leído estos documentos, él fue a su teatro personal muy tarde aquella noche y vio dos películas, incluyendo ‘Happy Guys,’ una comedia popular de esa época. Simplemente no podía entender cómo, después de decidir el destino de varios miles de vidas, podía mirar tal película.

Pero, estaba empezando a entender que para los dictadores la moral no juega papel alguno. Así es como entiendo por qué mi padre fue fusilado, por qué mi madre murió en el exilio, por qué millones de personas murieron.”

La planificación central de los Soviets incluso tenía cuotas del número de tales enemigos del público que serían asesinados en cada región de la Unión Soviética, así como los números requeridos de los que deberían ser arreados para enviárseles a laborar en los campos de trabajo forzado en los páramos fríos de la Siberia y del Círculo Ártico o en los calcinantes desiertos del Asia Central Soviética.

Un abogado ruso. quien tuvo acceso a algunos de los archivos soviéticos previamente cerrados del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, durante los años de 1990, dijo en esa época,

“Recientemente leí un documento del Comité Central de 1937, el cual decía que la policía secreta de Voronezh, de acuerdo con el ‘plan regional,’ reprimía en la ‘primera categoría,’ a nueve mil personas –lo cual significa que esas personas fueron ejecutadas. Y, por supuesto, por ninguna razón.

Veintinueve mil fueron reprimidas en la ‘segunda categoría,’ –lo que significa que fueron enviados a campos de trabajos forzados. A pesar de ello, el primer secretario local [del Partido Comunista], escribe que todavía hay muchos más Trotskistas y kulaks quienes permanecen ‘sin ser reprimidos.’

Él está diciendo que el plan fue cumplido, pero que ¡el plan no era suficiente! De manera que pidió que fuera aumentado por ocho mil. Stalin le responde, ‘¡Ningún aumento a nueve mil!’ Lo enfermizo de ello. Es algo así como si estuvieran jugando a metérselo [y aumentando la apuesta en términos de vidas humanas trágicas].”
LAS VÍCTIMAS DEL SOCIALISMO LITERALMENTE REDUCIDAS A CENIZAS

En los últimos años de la Unión Soviética, un historiador ruso llevó al corresponsal del New York Times, David Remnick, al Monasterio Donskoi en Moscú, el cual fue usado en los años de 1930 como cementerio para los miles regularmente matados bajo órdenes de Stalin en la capital del Imperio Rojo. En su libro Lenin’s Tomb: The Last Days of the Soviet Empire [La Tumba de Lenin] (1993), Remnick narra lo que el experto historiador ruso le explicó:

“¿Ve esta puerta?… Bien, todas las noches camiones repletos de cuerpos regresaban aquí y los lanzaban a un montículo. Ya se les había disparado en la parte atrás de la cabeza –usted sangra menos de esa manera… Ellos los apilaban en antiguas cajas para municiones hechas de madera.

Los trabajadores atizaban los hornos subterráneos -directamente tras las puertas- hasta unos doce mil grados centígrados. Para hacer bien las cosas y de manera oficial, incluso tenían testigos presenciales para que refrendaran los diversos documentos.

Al ser quemados los cuerpos, se les reducía a cenizas y a algunos pedacillos de hueso, tal vez algunos dientes. Luego, enterraban las cenizas en un hueco… Cuando las purgas [de los años de 1930] estaban en su máximo… los hornos trabajaban durante toda la noche y los domos de las iglesias se cubrían de cenizas. Había una delgada capa de polvo de cenizas sobre la nieve.”

El Cementerio Kalitnikovski en Moscú también servía como vertedero para miles de cuerpos torturados y ejecutados en los años de 1930. Ese mismo historiador ruso le dijo a David Remnick,

“Durante las purgas, cada perro del pueblo vino a este lugar. Ese olor que usted huele ahora, era tres veces más fuerte; la sangre estaba en el aire. La gente se inclinaría a través de sus ventanas y vomitaría toda la noche y los perros ladraban hasta el amanecer. Algunas veces, ellos se encontrarían con un perro caminando por el cementerio, asido de un brazo o de una pierna.”

LOS ENEMIGOS DEL SOCIALISMO ERAN ENVIADOS PARA LA TORTURA EN UN ASILO DE LOCOS 

Sin embargo, la pesadilla del experimento socialista no terminó con la muerte de Stalin en 1953. Simplemente su forma cambió en las décadas siguientes. Como jefe de la KGB en los años setentas, Yuri Andropov (quien luego fue Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, después de la muerte de Leonid Brezhnev en 1982), aceptó una nueva teoría de la psiquiatría soviética, que decía que la oposición al régimen socialista era una señal de enfermedad mental.

¿Por qué? Porque sólo los mentalmente disturbados podían resistirse a la lógica y la verdad del determinismo dialéctico marxista y a su “prueba” de que el socialismo y el comunismo eran la etapa superior y más humana de desarrollo social. Aquellos que criticaban al sistema o querían reformar o derrocar al régimen socialista soviético, estaban mentalmente enfermos y requerían de un tratamiento psiquiátrico.

En su libro Russia and the Russians [Rusia y los Rusos] (1984), el antiguo corresponsal en Moscú para el Washington Post, Kevin Close, contó la historia de Alexei Nikitin, un trabajador de una mina de carbón, quien se quejó ante el gobierno soviético acerca de la seguridad y la salud ambiental en las minas de la Unión Soviética. Fue arrestado, juzgado y encontrado culpable de subversión y enviado a una institución mental Soviética.

Se le recetaron diversas drogas, como tratamiento para regresarle a sus sentidos socialistas apropiados. Lo explica Kevin Close:

“De todas las drogas que se le administraron [en la institución mental] para imponer disciplina, la sulfazina se mantuvo en el pináculo del dolor… ‘A la gente a la cual se le inyectaba la sulfazina se encontraba gimiendo, suspirando con dolor, maldiciendo a los psiquiatras y al poder soviético, maldiciendo a todo en sus corazones,’ nos dijo Alexei. ‘La gente entra en esas convulsiones horribles y se desorienta completamente. La temperatura del cuerpo se eleva a 40 grados centígrados [104 grados Fahrenheit] casi instantáneamente y el dolor es tan intenso que no se puede mover de su cama por tres días. La sulfazina simplemente es una forma de destruir completamente a un hombre. Si ellos te torturan y quiebran tus brazos, hay un cierto dolor específico y de alguna manera lo puedes soportar. Pero, la sulfazina es como un taladro penetrando en tu cuerpo, que se pone peor y peor hasta que es más de lo que puedes soportar. Es imposible de superar. Es peor que una tortura porque, algunas veces, la tortura puede terminar. Pero, esta tortura puede continuar por años.

La sulfazina normalmente era ‘recetada’ en un ‘ciclo’ de inyecciones de poder creciente durante un período que puede durar hasta dos meses… Los doctores tenían muchas otras drogas con las cuales podían controlar y penalizar. La mayoría de ellas eventualmente fueron usadas en Alexei… Al final de los dos meses, a Alexei se le quitó la sulfazina, pero dosis regulares de… otras drogas desorientadoras continuaron todo el tiempo en que estuvo en prisión.”

La significancia de estas narraciones no es que sean únicas, sino, más bien, por su repetición monótona en cada país en donde el socialismo fue impuesto sobre una sociedad. En país tras país, la destrucción y la carencia vinieron a partir del triunfo del socialismo. La historia del socialismo es una interminable narración de una tiranía aplastante y de océanos de sangre.

EL SOCIALISMO COMO UNA IDEOLOGÍA DE MUERTE Y DESTRUCCIÓN

Tal como lo dijo en su libro The Socialist Phenomenon [El Fenómeno Socialista] (1980) el matemático disidente soviético Igor Shafarevich, quien pasó muchos años en los campos de trabajo esclavizado del Gulag, por su oposición al régimen comunista:

“La mayoría de las doctrinas y movimientos socialistas están literalmente saturados del estado de ánimo de la muerte, la catástrofe y la destrucción… Uno puede considerar el final de la humanidad como el resultado final al que conduce el desarrollo del socialismo.”

Que el socialismo del siglo XX conduce a nada más que a este resultado, fue entendido al momento de la victoria Bolchevique en Rusia. Fue claramente expresado por el más grande oponente intelectual del socialismo durante los últimos cien años, el economista austriaco Ludwig von Mises. Casi al final de su famoso tratado de 1922, Socialism: An Economic and Sociological Analysis [Socialismo: Análisis Económico y Sociológico], Mises advirtió que

“El socialismo no es en realidad lo que pretende ser. No es el iniciador que abre el camino a un porvenir más bueno y más hermoso; es el destructor de todo lo que penosamente han creado siglos de civilización. Nada construye, todo lo demuele. Si llegase a triunfar debería dársele el nombre de destruccionismo, porque es, en esencia, la destrucción. Nada produce; se limita a dilapidar lo creado… cualquier paso en el camino del socialismo conduce a la destrucción del orden existente.”

Cuando, de nuevo, otra vez se escuchan voces clamando por el socialismo -incluso recientemente hasta un candidato del Partido Demócrata para la nominación como presidente de los Estados Unidos- es importante, no, es crucial, que la historia y la realidad del socialismo-en-la práctica en esas partes del mundo en donde fue más completamente impuesto e implementado, como en la Unión Soviética, sea recordada y plenamente entendida. Si no lo hacemos, bueno, la historia tiene sus propias maneras de repetirse a sí misma.

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es Profesor Distinguido BB&T de Ética y de Liderazgo de Libre Empresa en La Ciudadela en Charleston, Carolina del Sur. Fue presidente de la Fundación para la Educación Económica (FEE) del 2003 al 2008.

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